lunes, 25 de julio de 2011

Huésped de una REVELACIóN


Cartagena del Mar

Día de Ayer… / Día de Hoy….


Un viento de llovizna silenciosa azotaba el rostro de Lissa, deteniéndola en su paso. Permanecía inmóvil, abrasada por el calor sobre la playa de arenas húmedas.

De pronto, un trepidar de pisadas la alertó: enormes animales corrían despavoridos y se desvanecían ante su mirada curiosa e inquieta. Detrás de ellos apareció su amigo, el “hacedor de puertas abiertas”. Corría desnudo, con una expresión patética. Sin pensarlo dos veces, se lanzó a las cálidas y profundas aguas del mar de siete colores. Sabía que, reacio, impondría su voluntad frente a los designios del destino.

Al volverse, Lissa encontró un rostro gigante, bello y dulce, de expresión ceñuda. Parecía un águila que todo lo ve: profunda, dura y silenciosa. Sin comprender por qué la observaba así, el rostro desapareció. Mientras tanto, su amigo luchaba contra las corrientes, incapaz de avanzar o retroceder.


Noche de Shabbat…

Una señal de escarmiento resonó en la quietud:

“¡Arrojen los ídolos con que están obsesionados!”

Su amigo respondió:

¡Sigo conectado a esta tierra!

Rebelde y obstinado, continuó sus prácticas idolátricas, consultando chamanes y hechiceros, ofendiendo al Eterno hasta el límite de su ira.

Sentencia:

“Abandono por parte del Eterno, expulsión a otras naciones, ceguera espiritual; y, atado, permanecerá con cadenas de bronce.”

Durante el Shabbat, Lissa observó a su amigo enfermo y taciturno, inquieto y nervioso, perdido en su furia y ansiedad. La serenidad que siempre lo caracterizaba parecía haberse resquebrajado, como un barniz antiguo que se desprende, dejando al descubierto su máscara de calma.


Día de Hoy…

Reconcentrada en sí misma, Lissa mostraba su espíritu intenso: temperamental, capaz de emociones furiosas y profundas, dulce y a la vez temerosa de la soledad en la gran casa vacía donde se había encerrado. Sabía que sus caminos y los de su amado eran distintos y que era poco probable volverse a ver.

El calor se extendía cada tarde como humo sobre la hierba amarillenta. Bajo la sombra de un viejo almendro, su amigo observaba el lugar. Encendió un habano Guantanamera y se sentó en una banca para enamorados, mientras la brisa acariciaba sus sienes.

A su alrededor, turistas de múltiples nacionalidades recorrían la plaza. Algunos entraban en la Catedral o en el Palacio de la Inquisición. Sus colores, risas y gestos se mezclaban con la luz dorada del atardecer, creando un mosaico vibrante y armonioso.

En un instante de meditación, su amigo vio reflejada en un estanque la imagen de su vida: un ser vivo y, al mismo tiempo, horrible y fantásticamente muerto. Impulsado por un súbito pánico, dejó caer su habano y se marchó, atravesando las altas casas señoriales. Su sombra lo seguía como la de un lobo de medianoche, hasta llegar a la pensión donde se hospedaba. Allí cayó de rodillas y sollozó, consciente de que El Eterno le impondría una severa penitencia.

—¿Quién eres? ¿Qué te lleva a la fúnebre hoguera? —se preguntó.

Prudente, trató de romper la cábala y, con pasos firmes, rasgó el velo de la luna hasta encontrarse finalmente con Lissa: alta, grácil y magnífica.

¡Esconder la deshonra al Rey es muy difícil!

Pero Él sonreía: había descubierto entre lo corrompido un corazón humano.


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