domingo, 31 de diciembre de 2017




¡Cuántas páginas en desorden!

Noche de la montaña

📚 Serie: Textos Poéticos Marigold Beach
🌿 Subserie sugerida: Crónicas del viento frío / Apuntes del diario de Lissa
✍️ Autora: Elsa Patricia Marinovich Posso

¡Cuántas páginas en desorden!

Estoy cansada, después de un día entero de trabajo difícil. Hacía meses que no escuchaba la respiración de la montaña, ni de la poesía. Cae la noche de la montaña andina, y caen las sombras del bosque de nieblas. Hace una noche fría. Devoramos la sombra de la autopista azuleada de luces y de lluvia. Penetramos por los intersticios del bosque. Está oscuro. Los planetas giran, consumidos por la pasión de los cielos. No hablan.

¡Cuánto pesa la eternidad!

La casa espera: "Quédate conmigo. Cierra la puerta. Esconde la llave. Descorre las cortinas. Haz que vuelva a beber contigo del páramo, en una copa de aire esta noche." Cobro de nuevo una forma parecida a lo clandestino y a la armonía del hechizo que vuelven. Rompo mis envolturas de pieles.

¡Felicidad, ay felicidad!

De pronto, como en una ráfaga húmeda y cálida, me llega esta oleada verde de cipreses, eucaliptus y arrayanes, que rebosa de cuando en cuando desde la primera capa de cenizas que cubre el fuego de la chimenea y se esparce en espirales por los rincones. Me recuerda: "Reflejo del jardín, estoy caminando con los pies descalzos sobre musgos que parecen esponjas guardando enormes cantidades de agua, que se van liberando poco a poco hasta convertirse en fuentes, pantanos y lagunas en medio del silencio de la rana que bebe todo el verde de la montaña, para luego devolverlo en cantos a mi bochorno". Puedo ver, por debajo de los párpados pesados, palidecer las llamas. Un embrollo gramatical de errores es la manera vaga y callada de escribir hasta el fondo de mi cansancio, que me parece estar garabateando estas notas fragmentadas de instante en instante, de pausa en pausa, con aquella tinta de ensueños que me envuelve y me adormece.

El cuerpo está dormido, los ojos cerrados; el alma tiene una misteriosa facultad para penetrar todo los objetos hasta transmutarse en ellos, y mi corazón desnudo y oprimido se ciñe de nuevo a este viejo abrigo de piel.

¿Qué es la fantasía sino soñar que se sueña?


 

domingo, 24 de diciembre de 2017





El  ‘dios consumo’ gira con la tempestad navideña

Crónicas del viento frío

“No te duela estar tan atormentada ni atormentarte tanto.
Y te sabrás libertar. Y cuando quieras ser libre, no tendrás más
que vencerte a ti misma para ir más allá de ti, para subir más alto que tú.”

Cierro los ojos. Me detengo. Estoy en un esplendoroso centro comercial colmado de luces. ¡Ay de mí! Mis pasos abrevian las largas circulaciones. Aromas de ceras derretidas. No sé por qué me disgusta hoy un poco más que otras veces. Por la escalera eléctrica subo hacia las tiendas de ropa. Estoy entre los aparadores. El peregrinar y el bullicio de la gente me atormentan, me penetran a fondo, me revelan que la soledad amarga y mística, y el sacrificio paciente, son mi verdadero destino.

¿Por qué padezco tan profundamente dentro de mí la prueba pagana?

Mi vista queda dominada por la visión: Santa Claus irrumpe en un trineo tirado por ocho renos que parecen colgar del cielo. El hombre alto, blanco, barbudo y bonachón está allí, con vestiduras de héroe. El seductor tiende las manos y se lanza ágil como un duende —aunque gordo— hacia la magia juguetona.

Las vidrieras relampaguean como malignas fuerzas dominantes; se impregnan de rayos multicolores. Otras se doran con un dorado de espiga madura y miel salvaje sobre fondos de oro, como si me sonrieran graciosamente, impacientándome... inspirándome... Al tiempo, imagino hasta qué punto de obsesión aluden a la tentación frenética que me invade y me impulsa a poseerlas.

El cansancio y la tristeza se apoderan de mí. Por fin, sentada en un café Starbucks, exclamo malhumorada:
¡No me reconozco!

Mientras aprieto contra mi pecho los paquetes de compras, cierro los ojos. Ante los párpados cerrados estoy yo, llena de esas cosas de embrujo y perversidad. Y es que, desde la dureza de mi encierro, desde mis deseos e imaginación, ante mí se resquebrajó el eterno estoicismo que no se resquebrajaba nunca.

¡Oh deseo, que te haces realidad, y de la realidad penetras, invades y te conviertes en engañosa dulzura!

En el umbral del café que hierve, ¡qué sombrío ruido de villancicos me domina en este momento, y qué alucinante sigue siendo el esplendor de las luces! Estoy colmada de profanaciones y de melancolía, desbordada de embrujo y desesperación, llena de repugnancia y de ansiedad.

Pero la dulzura de mi pequeña hija, tan querida, me oprime el corazón cuando me toma de la mano cariñosamente, como si adivinara mi caos y quisiera intentar sosegarme. Juntas nos detenemos a mirar una vez más las guirnaldas navideñas.

“¡Oh Dios, trata de aniñarme!”


viernes, 22 de diciembre de 2017




…a veces, en solitario.

Crónica del viento salado (IV) – La última sonrisa

Colección: Textos Poéticos Marigold Beach
por Elsa Patricia Marinovich Posso


Volví al mirador de mi casa del Bosque, en la capital. Una sensación maravillosa de libertad sopló en mi corazón, oprimido por la cautividad.
Era noche de octubre.
Era la noche viva y ardiente donde regresó, y volvió a partir.

Volvió la luna conmigo.
Todas las estrellas volvieron.

¿Cuándo le había visto sonreír por última vez?

¿No dicen que a veces la luna sonríe, reconociéndose bella sobre la Creación?
¿No sonrió él ante la perfección de aquel ocaso taciturno y sin palabras?

Por verme dibujada en su rostro, daría todas las… ¡No preguntar!

La luna sonríe.
Yo sonrío, casi sin aliento, sin tener ánimo para sonreír ni para llorar.

Volvió a partir.
¿Hacia dónde volvió a partir?
Quizá allá lejos, en aquel bote preparado en la playa de Barbacoa, para el viaje sin retorno.
En la ciudad, en la montaña destinada a mi exilio.
Allí estaba él.
Yo estaba allí, aunque también en otra parte.

Me acuerdo:
tenía los cabellos tan alborotados, un traje nuevo,
y un rayo de sol oculto lo atravesaba.

Y fue allí donde vi su última sonrisa.

Amanece…

Bien.
La tingua silba tan fuerte que parece posada sobre el canalón.

¡Esa tingua azul de pico rojo, cómo me molesta!
Canta todo el tiempo sin variar nunca su torpe canción.

Parece una de mis innumerables jueces.

¿Y quién fue nunca, en el mundo, más juzgada y menospreciada que yo?

Que Dios me conceda de tal modo morir,
que los mortales no puedan juzgarme.




lunes, 21 de agosto de 2017






No; no; no te abandones.

No quiero celebrar este día sacro y profano,
de cordura y de demencia,
de rezo y de espejismo.

No; no; no quiero perpetuar su recuerdo
ni con señales de eclipses solares,
ni con redes sociales,
ni con un photobomb.

Ni aunque la temperatura caiga varios grados,
el viento cambie de dirección,
muera el día en la noche
y el sol se vuelva negro como el carbón;
ni aunque hablen del goatality,
ni de los animales que cambian de hábitos.
Aun así, las letras de mi imaginación plástica
no fallarían nunca, clavadas en la retórica mesa
atestada de papeles.
Cada página respira el misterio velado
que confiere al espíritu una gracia semejante
a esa gracia que los teólogos llaman “santidad”.

“Toma los regalos, ábrelos, quítales el celofán y tíralo” —
y luego, entre torpe y sutil
(porque no hay sutileza que no tenga algo torpe),
crecían en mí las ganas de reír,
imaginando la risa extendiéndose sobre el silencio
como aceite sobre el espejo de la mar en calma.

¿Quién de ustedes no recuerda la fecha de su cumpleaños?
Cada año, el nuevo rollo trae la misma frase:
Lissa — “Feliz cumpleaños”.

Es un propósito manoseado
que, de uno y de otro,
se desentierra cada año
con aires de cortesía y regalo.
Lo conocemos bien.
¿Quién, a pesar de todo,
no espera —con ánimo sincero—
la confirmación de los deseos generosos
de amigos y seres amados?
¿No es así?

Si fuera feliz —y no de la feliz vida—,
toda esa tristeza de la vida se disiparía poco a poco.
Pero todos lo sabemos, lo sentimos:
nuestra intuición más profunda advierte
que una felicidad falsa
es peor que una tristeza rebelde.

Lisa, “mujer feliz”,
se convertiría en un antro de oferta y demanda,
entregada a devoradores de carne,
a amigastros que miran y no ven.
Su rostro, tallado por la pasión
y surcado por las lágrimas,
se transformaría en una máscara presumida,
traicionándose a sí misma.

Dímelo:
¿podría traicionarse a sí misma
la que ya fue traicionada?

Respóndeme:
¿podría fallar a su verdad
quien de su verdad hizo
su íntimo secreto?

Habla:
¿podría renegar de su alma
la que hizo de su alma
el fuego impenetrable de su hogar?

De la vida feliz —
ese enemigo de este mundo
que, para alimentar su acción plástica,
codicia, domina, quita
y nos reduce a una jadeante agonía,
aprisionados en un círculo mundano
despiadado, demente y vil.

Turbada y triste,
me pregunto si ha llegado la hora
de precipitarme hacia el porvenir
y creer, aunque sea un instante,
que la felicidad del próximo año
no será una tentativa estúpida y vana.

Bajo el sol del 21 de agosto de 2017.



miércoles, 2 de agosto de 2017

sábado, 22 de julio de 2017





El silencio del cielo – sábado, 22 de julio de 2017

Déjame escribirte una carta. Quizá tus ojos no la lean por venir de la luz.

Mi alma quisiera soplar sobre mi mal como se sopla sobre un tizón para reavivarlo. Los pensamientos, la tristeza, la paciencia, el disgusto, el desaliento, la espera… todo tiene la calidad de lo que hay en mí de lejano y de inalcanzable: abundando en la escasez. Allá lejos, en mi tierra de la Amurallada Ciudad, caminaba a lo largo de una estrecha calle, cuando vi un pedazo de pan dejado sobre el borde de una ventana con panza. Nadie lo cogió al pasar. Tampoco yo lo cogí.

Durante años y años has condenado mi vida a la amargura, sin más calidad humana que la tristeza agrietada dolorosamente a cada esfuerzo vano, como esas hendiduras duras y secas de la tierra árida y sin vida.

Lágrimas sin alma caen hasta mis labios resecos. Los ojos me arden. Tengo un sabor de sal en la boca que trae a mi memoria la repugnancia repentina que sentí un día en mi adolescencia: mientras nadaba en el Caribe, emergía de la ola el sabor amargo de la espuma de la marea, cargada de tóxicos; azotando mi rostro y mi boca a veces entreabierta, me afanaba por vomitarla con un asco mortal.

Pasando del sol a las sombras, tú y yo somos como un solo ser, cómplice de mi libertad sin caminos que alargas hacia mí tu mirada insensible observándome. Buscas la palma de mi mano. Oculto tras tu misterio, no respiras. Tus palabras no tienen los labios abiertos, sino sellados. Bebo; me permites beber del rocío de la noche para purificar mi sangre. El agua me penetra por todas las fibras, invade mis inmensas fatigas. Su frescor desciende a mi alma hasta que mi vida renace en lo profundo. Levanto mi cabeza como si mi cuello fuese un tallo reanimado, pero tu mano suave y opresiva me la vuelve a bajar. Siento tu voluntad sobre mí, como un yugo pesado sobre mi vida sometida.

¿Cuándo tendrá fin esta larga espera?

¡Aire! ¡Aire! Sigo aquí sentada junto al umbral, en el atardecer de perlas entre rojo y dorado, con sus rayos de mis fantasías, portadores de mi felicidad solitaria. Si pudiese de nuevo escuchar tu voz gritar a mi corazón: “¡Vuela! ¡Tienes tu corazón en mi corazón! ¡Vas hacia una extraordinaria felicidad!”… y sentir tus milagros fluir con aquel vigor en esta mísera vida de destierro.

Dejo las letras, atareada por el encuentro de otro arte y dejo de lado, por ahora, mi voluble impertinencia.

Lisa



viernes, 30 de junio de 2017




Tenla en la memoria

¿Qué futuro habrán contemplado los profetas de ligeras vestiduras, 
tendidos sobre las colinas día y noche como centinelas?


Tengo a veces la sensación de mis íntimas lejanías. Una parte de mí duerme aún un sueño profundísimo que me revela, en ciertas noches, señales no interpretadas. En tales andanzas divagaba mi espíritu, en una especie de duerme-vela, donde la imagen de mi abuela como enorme masa de alma, expresaba una grande e indefinible ansiedad. Un ser que parecía mezclarse a la vida, alternando con sombras flotantes al ritmo de mis pensamientos y perplejidad, alternando no sé…, no sé qué vidas pasadas y qué miedos.  Tengo miedo ¿Debo vencer este miedo? ¿Y quién me asegura que me volveré más fuerte?  

Pues bien: cuando sus ojos se abrieron en los míos, el más humano temblor descompuso los rasgos de su rostro espiritual. Luego encontré el aliento suficiente para formular las preguntas, deteniéndome a la muda conversación de su mirada. Entonces, su llanto fue más fuerte que la conversación. ¿Un ser que parece no tener ya rostro tiene aún tantas lágrimas? Aquel sollozo senil, desgarrador como la súplica de un niño era como la voz de mi tragedia de soledad y muerte convertida en voz silenciosa de aquel ser incógnito contenido en mí, como cuando uno solo es multitud y un rostro es como mil.

De pronto las manos de ella estrecharon las mías, sentí su hielo y, sin embargo, conocí un nuevo extremo hasta entonces desconocido porque me sentí besar sus manos, hasta que un torbellino brotado del suelo de aquella habitación tranquila, nos separó. Luego, en la noche sin caminos, todo aquello se entregó a una precipitada fuga que traspasó el umbral del fatal espejo dejando a la zaga a la interlocutora silenciosa de mis diálogos y ese olor a lágrimas de resina, incienso y bálsamo.

Distante y próxima, me sigue espiando a través del espejo de cristal lúgubre,  entre la lámpara, la mesa y la noche, con su mirada atenta, y sus manos llenas de dones encerrados. Lo sé. Algo lejano e inviolable hay en ella, como si el cristal del espejo la protegiera, como si una gran sombra velara su certeza, y, sin embargo, yo te reconozco...

Me encuentro apagada y oprimida. Rara vez mis raíces experimentaron una sacudida tan dolorosa ¿Podré obtener de mi alma la conversación silenciosa de lo que para ella es deshonroso? ¿O no lograré nunca que ella me vuelva a decir lo que allí hablamos?


No morirá. Está en el instante y en la eternidad… Hoy, mañana y siempre.



martes, 20 de junio de 2017






Adivino el día 

¿En un día laboral, estarás condenada, por siempre, a La Capital holocaustada,
la insensible maestra que no perdona nada?

Es lunes 19 de junio. He escapado de la noche. Todas las apariciones de la insomne noche se han disipado en la luz de la mañana. Vuelvo a estremecerme con el primer temblor del alba. La pena de mi insomnio ha sido velada por mis lecturas matutinas, que refrescan el alma. No puedo hacer ya otro trayecto que el de la muerte a la vida, el de la noche a las primeras luces.

Ciertamente, he aprendido a moverme minimizando el esfuerzo de trepar aquí y allá en el tenebroso y profundo cobalto que arrastra la ciudad. Sé absurdamente cauteloso y audaz, porque la prudencia y el coraje son lo que humanamente te protege. No hay manera de enfrentarle, excepto a través del intercambio místico y del mudo sacrificio que traes contigo de otros lugares y que te condujeron allí. Es la única manera de poseerla. Hay caminos secretos en su alma; ve a su encuentro. Contempla sus límites. Para ella, los límites no son un punto extremo al final de sus amplias autopistas; siempre habrá otro más que avanza sin respiración y que asciende desde el bullicio hacia la altura del silencio, donde se alimentará de sus muertos. Encontrarás un espacio verde con sus osamentas de montañas, sus cabelleras de cipreses azules, sus urdimbres de riachuelos donde se refleja en el cielo triste, todos los rostros vueltos ansiosos y lo que en el hombre es vulgar.

Más allá de los rascacielos, centros de negocios internacionales e islas de locales comerciales con sus espirales de parqueaderos y supermercados de la felicidad, detrás de las paredes de zinc corrugado, se oculta el vergonzoso acto de despojarla de la magia y del alma de los viejos barrios. Una grúa se alza y su demoledora bola de acero va destruyendo casas, patios y jardines, satisfaciendo apetitos mercantiles de constructores que exprimen la máxima cantidad de ganancias en superestructuras diseñadas a modo de pilas de diminutos espacios multifamiliares, más muertos que la muerte, con fachadas contra calles más vivas que la vida.

Y más allá de los largos turnos laborales, hacia el mediodía, la gente sale a comer, masticar y rumiar. Algunos desganados y soñolientos. La mayoría, empleados eficientes pero mal remunerados, gente con la cabeza más baja que los pies —¡ay de ellos!—. La mano dura y severa los humilla. Probablemente desplazados del campo, o tal vez nuevas víctimas del posconflicto armado; otros, maestros en manifestaciones callejeras e interminables, se atreven a rebelarse ante el gobierno indiferente.

Me invade un ligero sopor. Los segundos son lentos y veloces. El reloj señala las dos de la tarde. Mis pasos abrevian la calle de camino al trabajo. Como la mayoría de los trabajadores, tengo que trabajar. Nada me hace tanto daño y tanto bien. Nadie me fue nunca tan cercano como me son ellos. Sin embargo, tengo la suerte de poder disfrutar haciendo el trabajo que amo.

Recibo la claridad sobre mis ojos y puedo ver más allá de las bocanadas de humo vehicular la ciudad industriosa que hierve en la tarde que se oscurece. En su palpitación acelerada se empieza a ver la luna nueva como un puñado de azufre que arde, de cuando en cuando la nube negra de la chimenea la esconde, o bien parece arrastrarla como una chispa fugaz en su voluta. Es una tarde severa y cruda. El malvado frío se precipita. La gente vencida se tapa la boca y la nariz con su bufanda. El trueno de motores sacude el atardecer como el viento esparce las cenizas de un tronco que se consume. Una masa gris indistinta penetra la noche para luego desaparecer sobre la autopista, revestida de la cruda blancura de las luces y de autos lujosos sin privilegios, sin más gloria que transitar a un kilómetro por hora, para luego sumergir y emerger de los puentes como si fuera desde el fondo de la mar erizada de asechanzas.

No hay nada que hacer; tranquilo, aceptas tu drama sin expresarlo y decidido a defender tu vida, te cuidas, sin embargo, del otro que de ti mismo. De las horas que siguen, solo queda un camino más allá por el que siempre has transitado y en el que el hombre parece eliminado: el breve momento de la profunda e irrespirable soledad, donde el sombrío ruido es como un sepulcro suspendido sobre un remolino de tinieblas.

Cedo lentamente al sueño, y sé que podría no volver a despertarme.


 



Había abierto su corazón a la sublime indiferencia del universo.


- Albert Camus


domingo, 28 de mayo de 2017







Dolor de la noche

Daniel, "Los hombres se vuelven hermanos allí donde reposan tus suaves alas"
Novena Sinfonía Himno a la Alegría - de Ludwig van Beethoven
https://www.youtube.com/watch?v=sxh1Y0q4lT8

La noche había desfallecido, y todo se helaba. La charca de agua luminosa se nubló. El canal era como un río sagrado donde, al anochecer, una joven vida se diluía entre piedras y malezas. No hubo ráfaga de viento. La tristeza no llegó por el aire, no vino de lo alto. Estuvo acurrucada a sus pies, sin alas.

La luna teñida de rojo, insensible, contemplaba el cuerpo exánime. Los jóvenes estaban allí, ante el amigo que reposaba a sus pies como un ángel. Una voz estalló en sollozos; no lograba dominar el temblor de su boca. La luna descendió para iluminar la palidez de los rostros, tocando con cautela el cadáver y el auto volcado. La voz de una chica persistía en la disculpa. ¡Cuánta tristeza se esparcía sobre cada hora que pasaba!

Fue larga esa noche. Él no se movía. Con su rostro blanquísimo, casi disuelto dentro de aquella claridad de alabastro y la sonrisa feliz, parecía inmortal. De pronto, el aullido lúgubre de la sirena desgarró el silencio.

Los confines del alma se pierden, los del cuerpo se desdibujan. "Daniel duerme bajo otro destino", así pensaba yo.

La Capilla del Colegio estaba llena del crepúsculo violáceo que emergía de los vitrales, tiñendo el aire de un resplandor mágico que parecía hacer flotar cada mirada y cada suspiro. Avemarías. La Madre llora a su único hijo, con una pena que oprime su corazón. Su padre entra sin ruido, con un suspiro de cansancio, se deja caer sobre una banca. Está cansado. Ha transitado por calles, avenidas, hospitales, funerarias, iglesias, camposantos. Sobre su vestido oscuro, fatigado por el perfume fúnebre, se percibe el olor de cera, de flores martirizadas por las espinas, de incienso y mirra. Una grandeza solitaria y mística envuelve la velada de rostros trágicos que parecen levitar entre la luz y la sombra, en un silencio denso y vibrante.

¡Ah! ¿Qué son esos cantos que unas veces sumergen, otras emergen, y otras confluyen deliciosamente en una sinfonía de color? Era la Banda de Guerra, muy varonil, que engalanaba con destreza y majestuosidad el Himno a la Alegría, expresando así la vida de las cosas finitas entre granaderas, liras, timbas, trompetas, tambores y platillos. Mientras, obstinadas como en una batalla sin cuartel, las palomas gritaban para él en los jardines bordeados de pinos tristes. Los campaniles ya tenían voz.

Me tiembla el corazón. Y me vuelve la lejana infancia. El viento me trae la voz de mi hijo llamando a su amigo y compañero de curso: "¡Daniel! ¡Daniel!"

La Capital, Domingo 21 de mayo de 2017.


sábado, 27 de mayo de 2017







Hoy no quiero tener más altar que este 

Te diré algo.
Ya no intento luchar con la vida… ni siquiera la entiendo.
Solo quiero pasar por ella con cierta dignidad, como cualquiera,
en esta mi hora de soledad —una hora generosa—,
vaya yo, que tuve siempre hacia los demás
todas las generosidades y todas las paciencias,
mientras coqueteaba con las afrentas y los maltratos.
No sin lágrimas.

Para cualquiera, mis lágrimas podían ser de dolor,
por la culpa, el remordimiento o el arrepentimiento;
pero no podían tener nada de vanidad,
ni de falsedad, ni de traición.
Las alimentaban tristezas que parecían crispar
la sombra azul celeste hollada
por la sofocada traición del cruel e inhumano,
del de dentro y del de fuera,
por los enemigos domésticos e intrusos,
mientras mi juventud huía.

Y eran lágrimas que podían tener
la misma aptitud solícita
de aquellas derramadas por La Piedad de Miguel Ángel.
¿Cómo hizo Miguel Ángel, desde el fondo de su genio creativo,
para tallar en aquel rostro la profunda tristeza
iluminada todos los días de los futuros siglos?

No, no soy una estatua de mármol,
ni estoy en un museo, ni en un país de veraneo,
ni tengo por delante un horizonte pintado de azul celeste
para las lunas de miel placenteras.

Escucha:
desde hace ya demasiado tiempo oigo la queja
de quien, a lo lejos, sufre el hambre del cuerpo,
el hambre del alma, el humillante abuso
y todos los dolores.

Duerme La Capital ligada a la violencia sin tregua,
donde el espíritu se atormenta en el horror,
y como ayer, sigo llorando de tristeza
ante la soledad implícitamente otoñal.

Pero para ti, aquello no era sino
un lloriqueo de mujer frágil.
¡Y, sin embargo, no me creíste!
¡No me perdonaste!


viernes, 26 de mayo de 2017

sábado, 13 de mayo de 2017


Máscaras, agonías, resurrecciones, destejerán y tejerán mi suerte. 

Jorge Luis Borges








Segunda Piel

¿Cómo está hecha ella, que tanto sabe de las cosas y no sabe cómo está hecha?

La vida es un gran drama falso, con disfraces y mímica; la arrastras, finges, sonríes. Pero unos ojos que te miran de lejos son tan ciertos, que sin decir palabras te confunden los pensamientos y te devuelven a escenas perdidas.
Así, y no de otro modo, es un don del alma: sin límite ni peso, esta afrenta que me haces hoy me servirá para la eternidad.
Y todo es teatro, destino oculto, esclavitud y angustia —una segunda piel que el alma no puede quitarse.



viernes, 5 de mayo de 2017





No tengo la mirada de ayer... pero quiero apartar de mí la tristeza de mis recuerdos y la pesadez de mis deseos.


domingo, 9 de abril de 2017











Me complace sonreír,
o reír a carcajadas,
para hechizar la vida
y también para engañar
esa angustia y desazón
que me embarga
ante ciertos acontecimientos amargos…
¿acaso dulces?


sábado, 8 de abril de 2017





Mi mundo en vilo
¿Estoy abatida y quebrantada?
Que importa, si el cincel me esculpe todavía, revelando mi dolor y mis anhelos.


Ni un golpe, ni mil golpes del hierro cortante del cincel hubiesen podido añadir algo más allá de mis fuerzas humanas, de mi dolor, de mis anhelos; en cualquier tierra, en cualquier altura o en los más lejanos mares.

Hoy, la piedra que me oprime no parece dorada por el oleaje de medio siglo, sino por la fresca aurora que se levanta sobre el mundo. El velo se ha rasgado y puedo observar un futuro místico, fuerte, silencioso. La belleza interna está por crearse de la armonía de las cosas bellas, del carácter firme, encaminado a dominar las vicisitudes y a superarme a mí misma.

No de otro modo me levanto, enderezo mis retorcidas alas y prometo, en un pacto con el Eterno, una nueva voz.

De ahora en adelante quiero cambiar mi voz.
Quiero, para mí, para mis hijos, para ustedes, adoptar esa voz que conocen mejor que yo.
Me saco el dolor del corazón y lo lanzo al más profundo océano, con esta sola palabra:
Vete.

¿Crees tú que, en las guerras, tienen alas solamente los combatientes que vuelan en sus mortíferas aeronaves? ¿Acaso no son alados todos los soldados que van “más allá” de sus fuerzas humanas a la llamada del deber, en acción contra el enemigo?
“Más allá”, en su extrema valentía e intrepidez, con riesgo de la propia vida.

Los grandes deseos de alcanzar la victoria se asemejan a esos anhelos y a la embriaguez de poder conseguir la estrella que miran.
Esa que está siempre en lo más alto del cielo; que no tiene declinación, ni se pone nunca.
Sus miradas fijas están puestas en ella.
Está tan alta que no la refleja solo su mar cercano, sino también los más lejanos mares.

Para ellos, es la Estrella de Oro, la Medalla de Honor, la Insignia del Mérito.

¿No lo sientes tú así alguna vez, “más allá” de tus huesos y músculos, el punto donde brota el deseo de unas alas que nacen como un dolor sagrado?
Mientras los brazos se contraen por la angustia de la transformación, aún sujetos a la piedra, hasta que las alas a tus espaldas se levantan, se vuelven hacia el cielo de Oriente, y tus pensamientos, marcados por la conquista, rompen de la esclavitud tu espíritu inmortal, que ha sufrido por las injusticias del destino y la rebeldía de las cosas que pertenecen a la muerte.

Si los cielos son el dominio del Espíritu, ¿acaso este cuerpo resignado a la opresión, cansado en la inutilidad del esfuerzo, no es el vestido que te aprisiona a la torpe masa del destierro?



¡Vuela. Sé feliz!




Armenian music - Duduk






domingo, 19 de marzo de 2017





Diecinueve de marzo


El brillo de las briznas de hojas secas en el polvo, levanta pensamientos luminosos en mi mente. Es como si mi hijo volara sobre los mundos ideales donde la vida adquiere un ritmo desconocido, como si corriera en los torbellinos más peligrosos, en los caminos anchos como ríos verdeantes de hierbas y sembrados de rocas, grabando aquí y allá sus huellas que bajan desde las alturas como esos rebaños que van hacia las llanuras mientras las alegrías y las tristezas cantan por senderos desconocidos.

Una frescura secreta e inalterable persiste en el centro de su fuerza y juventud.  Alegre, íntegro y pleno, cuando lo contemplo, es también mi alegría en medio de mis descansos y trajines. Mi alma como madre se liga filial a su destino sobre el cual, he vertido desde su cuna, la sutil esencia de todos los mimos y cuidados.

Verte crecer de manera armoniosa, amando la vida y lo que es justo, es mi deseo profundo, hoy, en tu cumpleaños. Aunque no comprendas mis palabras, ellas llevan el anhelo silencioso y constante de mi corazón. 

Padre Eterno, permite que su corazón se incline siempre a la justicia y la paz. Que su vida sea un canto de bondad, un refugio de amor, un ejemplo de luz entre las naciones. Protégelo de las trampas que le tiendan. Abre tus cielos. Y te ofrezco lo que hay de divino en él. 


Con todo mi amor, siempre, 

Mamá






Camino
Hasta las piedras cuentan mis pasos.


Levantándome por encima del comercio de frivolidades, huyo de las compras, bancos, impuestos, beneficios, rebajas, pagos vencidos. La hospitalaria naturaleza me abre sus puertas, honrándome y acogiéndome con la simpleza del exquisito y placentero campo, colmándome de presentes, a mí, una simple mujer, envuelta en sus penas.

¿Será que todos los que nos hallamos aquí presentes estamos dispuestos a confesar esta innegable certeza?

Unos vagan entre las sombras de las montañas y con su mirada aguileña remontan los confines del paisaje hasta ese extremo del bosque reverdecido, como un ritual de espera.

Otros corren a buscar en algún paraje solitario, volcar las inquietudes del alma en una fusión desinteresada en torno a la belleza ruda del campo, su luz, su olor incomparable, las quebradas, los ríos, las nubes, las flores, y lo que sobre la tierra es el cielo.

Desde este destierro, desde lejanas tierras, ¿cómo poder agradecer haberme acogido en este paraje agreste, en este hogar del espíritu, el más profundo de todos, coronada de buganvilias y javas, de cipreses y ciruelos, de arbustos y helechos custodiando la llama que arde en mi corazón y las fantasías de mis pensamientos?

La belleza de este lugar es tan fuerte que parece traspasarme, hendirme el pecho, herirme con sus cantos que suenan y resuenan con una alegría que es casi dolor. Todo es embriaguez y pasión.

A la entrada de la carretera polvorienta, caminando a lo largo del alambrado, veo al campesino inmune a la lección de los años, exhausto, con la frente cubierta de sudor, con el rostro encendido, luz de oriente, y he contemplado en sus límpidos ojos irrumpir la primavera más sagrada e impetuosa que la de las selvas, montañas o jardines. Firme y flexible mensajero de paz, peregrino de amor, va de monte en monte como la semilla de un nuevo amanecer.

Veo aún por la abertura del portón, resplandecer el campo, y no me canso de afirmar que el paraíso verdadero está aquí. No está, sin duda alguna, allí donde a fuerza de amenazas estúpidas se tapa la boca al trabajador levantado en protesta; ni en la línea de bloqueo, donde se arroja al estudiante contra el pavimento, como un saco de andrajos; ni entre el tumulto de la vida urbana donde se pisotea y se reprime con el Poder el grito que exalta la ciudad holocaustada. No está tampoco en las EPS donde todos los abusos se incitan para ejecutar de una vez por todas las miserias del enfermo en su lecho.

Digan lo que digan, lo que intenten o lo que hagan, no hay nunca en La Capital un estado semejante a éste. Hoy estoy de un excelente humor. No tengo el ceño fruncido. Me siento firme, tranquila, calmada, imperturbable. Las aguas vivas y límpidas del campo bastan para curar todos mis males: es demasiado, es demasiado.



miércoles, 8 de marzo de 2017





¡Ojalá no fuese yo! 

¡Ojalá fuese esa máscara!
Que no mienta el rabino, que no lo engañe el bramido profético.
Nadie ve si lloro o río.
Esta soy yo, la única presente ante todos, visible para todos.

¿Sientes la prosa? Cada fragmento tiene una vida propia y plena.
No es indiferente a la intención de construir una identidad absoluta con el sello impreso a través de la escritura.
No amo las palabras medidas.
Mi lenguaje me pertenece por entero, circula en mí, se desenvuelve, se acrecienta y se multiplica como la savia que hace del árbol una sola fuerza vegetal.

Esto no es el hielo del alba, sino un estremecimiento más profundo que mide “la pureza”.
¿No lo sientes? Cuento mis fuerzas, y energías; mis sacrificios y luchas; mis heridas y dolores; mis gritos y agonías; mi valor y mis muertos: muertos en la guerra y en el destierro.

Todo ello enumera mi carne abatida y la turbulencia de las razas que se fecundan en mí, colmada de esa sangre que corre por mis venas con la voluntad indómita de hacer y de sufrir.

Comenzaron las dificultades, comenzó la decadencia.
Mi mundo agonizante se corrompe, se va extinguiendo en una especie de balbuceos seniles, de locura pútrida que palidece y tambalea ante lo voraz.

Luego sola.
La soledad me preserva del éxito; condena a la cual parece condenado todo artista.
¡Ay de mí!, no soy nada.
Pero en mi vida espiritual, en mi meditación oculta y en mi acción manifiesta, hay horas mucho más duras que las que pesan sobre el rabino encerrado en su aposento ante la Torá:

Mi expresión y mi verdad que no son de este tiempo.


martes, 21 de febrero de 2017





Dulce sopor
¡Ay, ay! Un dolor agudo me atraviesa el lado izquierdo y siento apagarme. Me duele la pierna, las articulaciones de los huesos crujen bajo el peso de la vida, el estómago se me debilita... Y, sin embargo, aquella mañana aún se dibuja en mi memoria, tan llena de luz y despreocupación

Llegaron al alba, con esa alegría de siempre, trayendo vino y risas que termina por contagiarlo todo. Responsable del proyecto de la ampliación del área social, me vi obligada a aceptar: los acompañé para la supervisión de las obras. 

La casa de campo nos recibió abierta al cielo, con escalinatas de piedra flanqueadas por leones que custodiaban silenciosos cada paso, como si el tiempo se hubiera detenido para contemplar nuestra llegada. El clima templado envolvía todo en una calma dulce, respirable entre montañas antiguas donde habitaron los Muiscas, y donde el aire parecía contener la sabiduría de los siglos.

Todos los espacios de la casa convergían de manera natural hacia una pequeña plazoleta circular, centro de la vida cotidiana, donde se hallaba la alberca de un azul añil intenso y puro, testigo de risas, y momentos compartidos. Comimos, reímos, nos bañamos. Deduje que no tenían la menor intención de escuchar las recomendaciones y consejos relativos a la obra de construcción y, hasta cierto punto, me pareció bien.

«¡Cómo me gusta el comadreo!», decía Nidia. Pelo rojizo y rizado; obstinada y divertida, se movía impasible al compás de la música de flauta y bambú‑zen, envuelta en vestiduras blancas, con zapatillas en lugar de botas. Una sola sonrisa en su rostro moreno, curtido por el sol, dejaba ver su dentadura blanca como relámpago. Nando se rió, divertido, con esa risa que disfruta el sabor de la broma. Mientras ellos se abandonaban a la ociosidad, yo vigilaba cada plato con la cautela de la intolerancia al gluten. Cada bocado era un equilibrio entre placer y temor; cada risa, una prueba de paciencia y afecto. Así que allí estaba yo, aparentando fortaleza que, con cada mordisco de aquella dulce arepa de maíz boyacense, se resquebrajaba.

Así transcurrió la tarde, animada entre ociosidad y ternura. Nos separamos como en una tregua. Me fui a descansar y subí a la habitación de huéspedes, a la que se accedía por una puerta venida de la India, tallada en madera reciclada cuyos relieves contaban historias de mares lejanos y manos antiguas. Crucé el umbral cargado de magia y símbolos, sintiendo la transición entre el mundo exterior caótico y el espacio interior sagrado y ordenado, donde reinaban los dioses difuntos de la luz, del corazón, de la espada y del destino.

Allí, sobre la mesa, estaban los víveres: cestos con frutos exóticos —guamas, nonis, kiwis, mangostinos, chontaduros y algunos higos, mandarinas y bananos—; la opción de comer lo que no me haría daño no quedaba definitivamente eliminada. Pero el pan era el pan; la vida era la vida. No estaba caliente, recién salido del horno, sino dispuesto sobre la mesa, silencioso y tentador. Pensé: «Toda lucha no es más que resistencia a la tentación.»

La otra parte de mí se resistía. Cada “no” que pronunciaba ante la idea de tomar un bocado hacía que el hambre se intensificara, y mi mirada se fijaba en aquel pan endurecido mientras la noche se acercaba. Era una mirada que relampagueaba entre las pestañas, más arriba de la boca voraz, un diálogo silencioso entre el deseo y la tentación:

—¿Un pedazo de pan? —No. Queremos vivir.

Y ya no me vería morir en aquella montaña que, pese a su verdor tropical, me cobijaba con su sosiego y sus bichos de la noche.

Al día siguiente ascendimos de regreso a la capital por el camino rural, bordeado de pinos y eucaliptos; la luz de la tarde se deslizaba sobre los campos y el malestar comenzó a florecer dentro de mí como un fuego lento. Me esforzaba por sonreír mientras el dolor se expandía y el mundo se volvía borroso.  Al llegar a casa, no recuerdo quién abrió la puerta. Ni luego lo supe. Ni tampoco lo sé. Ni cómo crucé el jardín oscuro. Solo recuerdo el sopor, el sudor frío y la sensación de que quizá la vida se reduce a instantes suspendidos entre dulzura y fragilidad.

¿Se puede hacerles comprender a esos ricos sonrientes —necios y de buen corazón— que creyeron que yo exageraba? No ven las batallas diminutas que se libran a hurtadillas dentro del cuerpo, esas guerras sin trompetas ni testigos. Para algunos de nosotros el pan deja de ser bendición y se convierte en prueba: una tentación que interpela la vida, el dolor y la muerte. Y aun así los quiero: con su torpeza y su luz me enseñan que la risa, simple y retadora, es a veces el consuelo más verdadero.

¿Se puede luchar contra una condición de salud o contra el destino? Hay cosas que nos enferman y otras que nos salvan. Todo —incluso el dolor— puede tener un sabor dulce si uno aprende a mirarlo desde la orilla del amor. Y pienso ahora que quizá el alma, como el cuerpo, también tiene intolerancias.

Con todo, mis amigos siguen siendo personas maravillosas.