domingo, 31 de mayo de 2020

#Cuarentena




 En el aire transparente,

respiramos la muerte.

¡No nos damos cuenta!

Cuarentena, 31/5/20 9:23 p.m.


jueves, 21 de mayo de 2020





"El piano atormentado de James Rodhes"


Cinco minutos de Beethoven


#Cuarentena
“Imaginen volver a emerger en el mundo no como un retorno a la normalidad, sino más bien como un nuevo comienzo basándose en algo más reducido, sencillo. Algo más lento, realmente centrado en las pocas notas importantes con las que tenemos que tocar y no en el exceso de ruido que en nuestras vidas existía antes. Qué oportunidad tan profunda.”  James Rodhes



#Cuarentena






A Tommy, hijo del silencio.

Pienso en ti.

La lejanía es de limón y turquesa,

blanco el gato todavía.


Las naves naufragaron,

pero han quedado en mí

las imágenes de esas cosas

que tú no has conocido jamás.


El olvido,

está tan lleno de memoria

que a veces no caben recuerdos,

y hay que tirar rencores por la borda.


El virus,

aquel virus de finales de abril,

abrió la puerta con un empujón,

tocó y removió mi alma.

Trajo la noticia de tu llegada.


Son cerca de las nueve.

Mayo 2020 en La Capital.





#Cuarentena

‘MonopolY’

Lloviznaba. Me oprimía la tristeza de un ocio forzado, el tedio de la inútil espera, la angustia de un deseo lacerado y agonizante, la mezquindad de la clase política contra un pueblo sumiso, permisivo y tolerante. Todo el ambiente del barrio había cambiado; su aire agitado, desbordante de autos, ruidoso, se había transformado en una tristeza narcotizada, medio apagada y misteriosa. Los pájaros escarbaban sobre los eucaliptos. Meditando en la prueba, de pronto, tuve delante de mí, sobre el escritorio, las fichas del "monopoly"

_ ¡Vamos a jugar! 

La súplica fue tan extraña, que por un momento titubeé. La vi tan emocionada y, no pude menos que mirarla y ver el mundo a través de sus ojos celeste: generosa, impulsiva, infantil, a veces irritada e impaciente.  ¡Se parece tanto a su padre!

 _¡Ah! ¿Quién juega primero? _me eché a reír y la rodeé cariñosamente con mi brazo. 

, tira los dados, la tirada más alta comienza. _Me respondió mi queridísima hija Gaviota, mirándome feliz, con sus ojos diáfanos.

Cada una escogería un token colocándolo en “SALIDA” y una tarjeta débito cargada con millones de dólares, mientras avanzas alrededor del tablero, comprando la mayor cantidad de propiedades. No solo puedes comprar  conjuntos de casas, sino también hoteles, parques, plazas, avenidas, o ser propietario de ferrocarriles y compañías de agua, de electricidad y hasta de muelles. Dulce fantasear:

_ Si caes en una propiedad, ferrocarril o servicio público, puedes comprarla. ¿Deseas comprar?

_ ¿Yo? _ le respondí con la voz ronca y confundida. ¿Qué puedo comprar?

_ Todo,  _ respondió entonces con un tono de voz inocente, casi infantil. _Paga al banco el precio que se muestra en la casilla y toma tu Título de Propiedad.

El juego mágico de la fortuna transfiguraba nuestro encierro y nuestra estrechez en un arca comunal de Títulos de Propiedad donde podías comprar, vender, hipotecar o intercambiar propiedades.

_¡No puede ser verdad! Eso implicaría ser una famosa de Hollywood, participar en Reality Show, viajar como heredera en avión privado y quedarme en los hoteles de mi propiedad, una, dos, tres noches, quizá... jugar en los casinos, promover mi libro en el noticiero de la mañana,  ¡Qué juego! nunca lo hubiera imaginado.

_ Tira los dados otra vez, .  _encogió sus hombros rebeldes, frunciendo el ceño, mientras sonreía medio molesta, medio divertida, por mis comentarios.  

_Parada libre ¡Calma! No pasa nada malo, ni bueno tampoco. _me dijo con severidad.

El juego continuaba en el sentido de las manecillas del reloj, mientras me quedaba mirando sus ojos resplandecientes. Seguía jugando y gritando alegremente. Eran los ojos de mi padre, aquellos ojos antaño, vivaces, alertas, resueltos, pero que para entonces, eran los ojos de un hombre que parecía haber observado demasiado la vida y hallándola inútil, decidió abandonarlo todo.

De pronto, en vez de mover mi token, glamorosamente sobre un hotel, el bello rostro sonriente de mi hija me interrumpía severamente:

_ ¡Vete a la cárcel! ¡De inmediato! Ya no puedes cobrar más dinero. Tu turno terminó. Pero, no te preocupes, puedes seguir cobrando las rentas, subastar, negociar.

_ ¿Cómo salgo de la cárcel? _ pregunté sorprendida.

Los delgados labios de Gaviota formaron una línea obstinada.

_ Tienes 2 opciones: Puedes obtener el perdón presidencial o pagas una multa, que es lo mejor que puedes hacer, después tiras los dados y avanzas. 

Luego de haber salido de la cárcel, y, muchas horas después de seguir pagando impuestos sobre ingresos, impuestos sobre posesiones de lujo, subastas, hipotecar propiedades, pagar hipotecas, hacer millonarias donaciones a los pobres, en fin, lancé los dados de la fortuna, faltándome las palabras en el momento de ver, de mala gana, los resultados; al tiempo que mi hija, medio divertida, dirigía su mirada por encima del juego,  ante mi expresión de socorro.

_ Pasa, que...,  ¡No puedo pagar! _irrumpí con súbita y colérica alarma. 

_Si no tienes suficiente para pagar tus deudas, , estás en bancarrota y ¡quedaste fuera del juego! Regresa tus propiedades al banco, para que de inmediato las ponga en subasta. Entrega todas las tarjetas y colócalas al final del montón. 

_¡Soy la ganadora! 

El triunfo fue infantil, pero breve. Coincidiendo con mi derrota, se dejó llevar por la llamada de la hermana mayor, quien ejercía una profunda influencia sobre ella. Ambas, como colegialas, resonaban por la casa corriendo hacia la cocina. Al cabo de unos momentos, reapareció sonriente y agitando un helado como si se tratara de un trofeo. 




martes, 19 de mayo de 2020





#Cuarentena

El otro lado del sueño – 


Un suspiro inmenso me recibió al despertar.
El día parecía radiante, lleno de energía, un día de libertad.

La Capital seguía acechando,
jungla humana al servicio de un capitalismo salvaje,
tejiendo sus telas de araña con enormes tenazas que aprietan y no sueltan.

El gobernante confiaba en nuestra rendición,
olvidando que hay en nosotros la obstinación de vivir,
esa fuerza antigua, fresca como la esperanza,
que se aferra al corazón incluso frente al dolor.

Quisiera el don de José en Egipto,
para interpretar sueños y descifrar aquel que me oprimía:

Los astros brillaban sobre el mar, sobre los mástiles de los barcos.
Me preguntaba cómo salir de aquella playa oscura.
Sola, completamente sola, escuché una voz:
“¡Corre! ¡Corre!”

La mujer vestida de blanco, refinada, arcangelizada,
era la única guía entre la densa oscuridad.
Mientras corría, la capa negra que me envolvía se volvía más pesada, más oscura.
No sabía si avanzaba hacia ella o hacia el mar embravecido.

Dos noches después, los informes confirmaban la amenaza:
un virus que navegaba los mares y volaba en alas de acero.
La voz del otro lado dominaba el miedo y el encierro:

“¡Corre! ¡Corre! Mantente en casa, defiéndete, contra todo y contra todos.”

Hoy, en la novena semana del exilio pandémico,
seguimos vigilantes, cautelosos,
pero un hilo de belleza resiste,
un hilo de libertad que no puede ser apagado.

Mil y una historias me recordarán siempre,
que mis sueños tuvieron alas de cristal.




viernes, 15 de mayo de 2020




#Cuarentena

El alma con sus matices

Tras una noche inquieta abrí los párpados.
Un rayo de sol acariciaba el paisaje;
una ciudad, o tal vez un mundo nuevo, despertaba con esperanza.
Los rayos delineaban las montañas, suavizando su desnudez.

Los cristales vibraron con la sirena de una ambulancia,
rebotando sobre mi corazón como un río golpeando una avalancha.

Antes de salir, me senté en la silla partera de Indonesia,
refugio de contemplación y tregua,
lugar para reencontrarme y mirar la cara de Dios que no nos abandona.

Tomé un café y salí.
Hacía frío.
Sobre casas y calles desiertas descansaba la claridad milagrosa de la mañana.
Mi garganta seca bebía aquel viento fresco y claro.

En cada esquina, fantasmas rendidos dormían entre cartones sucios,
montones de vencidos.
El escenario era sombrío; avanzaba con la esperanza
de llegar antes de que los rostros cubiertos invadieran el espacio comercial,
mezcla de hormigón, bullicio y muerte.

Algunos amigos se libran de la culpa con facilidad,
embalsamados en frases de ayuda,
ganando indulgencia con avemarías antiguas.

Desmenuzan el privilegio y lo mezclan con restos,
engordando sus cerdos. Ritual piadoso: SALVACIÓN.

—Allá voy, allá voy —me decía, tragando saliva y sudor.
—Casi no llegas —me recordó mi amiga, ansiosa por entregar el mercado.
—Aquí hay con qué freír unos huevos: jamón y queso.
—Que Dios te mantenga en buena salud —le agradecí, como una niña que quiere lucirse.

La admiré. La mujer justa, clara, generosa.
Pensé en el milagro sobre la isla, y me sentí continente en parajes desconocidos.

Suplir mis carencias con lo ajeno no es más indigno
que suplir las carencias ajenas con lo mío.
Orgullo que conoce carencias, pero ignora la humillación.

Aun así, el virus de la corona inquieta;
enemigo que penetra la carne frágil del mundo.
Hace poco, el mundo soplaba alegría en el rostro de los más favorecidos.
Hoy, el soplo es furioso, ruidoso, letal.

Basta una diminuta esfera brillante,
repleta de coronas, esparcida por una mano invisible,
para recordar que el mundo entero está conectado,
y que la fragilidad, por más que resistamos, es inevitable.