
respiramos la muerte.
¡No nos damos cuenta!
Cuarentena, 31/5/20 9:23 p.m.

A Tommy, hijo del silencio.
Pienso en ti.
La lejanía es de limón y turquesa,
blanco el gato todavía.
Las naves naufragaron,
pero han quedado en mí
las imágenes de esas cosas
que tú no has conocido jamás.
El olvido,
está tan lleno de memoria
que a veces no caben recuerdos,
y hay que tirar rencores por la borda.
El virus,
aquel virus de finales de abril,
abrió la puerta con un empujón,
tocó y removió mi alma.
Trajo la noticia de tu llegada.
Son cerca de las nueve.
Mayo 2020 en La Capital.
El otro lado del sueño –
Un suspiro inmenso me recibió al despertar.
El día parecía radiante, lleno de energía, un día de libertad.
La Capital seguía acechando,
jungla humana al servicio de un capitalismo salvaje,
tejiendo sus telas de araña con enormes tenazas que aprietan y no sueltan.
El gobernante confiaba en nuestra rendición,
olvidando que hay en nosotros la obstinación de vivir,
esa fuerza antigua, fresca como la esperanza,
que se aferra al corazón incluso frente al dolor.
Quisiera el don de José en Egipto,
para interpretar sueños y descifrar aquel que me oprimía:
Los astros brillaban sobre el mar, sobre los mástiles de los barcos.
Me preguntaba cómo salir de aquella playa oscura.
Sola, completamente sola, escuché una voz:
“¡Corre! ¡Corre!”
La mujer vestida de blanco, refinada, arcangelizada,
era la única guía entre la densa oscuridad.
Mientras corría, la capa negra que me envolvía se volvía más pesada, más oscura.
No sabía si avanzaba hacia ella o hacia el mar embravecido.
Dos noches después, los informes confirmaban la amenaza:
un virus que navegaba los mares y volaba en alas de acero.
La voz del otro lado dominaba el miedo y el encierro:
“¡Corre! ¡Corre! Mantente en casa, defiéndete, contra todo y contra todos.”
Hoy, en la novena semana del exilio pandémico,
seguimos vigilantes, cautelosos,
pero un hilo de belleza resiste,
un hilo de libertad que no puede ser apagado.
Mil y una historias me recordarán siempre,
que mis sueños tuvieron alas de cristal.
Tras una noche inquieta abrí los párpados.
Un rayo de sol acariciaba el paisaje;
una ciudad, o tal vez un mundo nuevo, despertaba con esperanza.
Los rayos delineaban las montañas, suavizando su desnudez.
Los cristales vibraron con la sirena de una ambulancia,
rebotando sobre mi corazón como un río golpeando una avalancha.
Antes de salir, me senté en la silla partera de Indonesia,
refugio de contemplación y tregua,
lugar para reencontrarme y mirar la cara de Dios que no nos abandona.
Tomé un café y salí.
Hacía frío.
Sobre casas y calles desiertas descansaba la claridad milagrosa de la mañana.
Mi garganta seca bebía aquel viento fresco y claro.
En cada esquina, fantasmas rendidos dormían entre cartones sucios,
montones de vencidos.
El escenario era sombrío; avanzaba con la esperanza
de llegar antes de que los rostros cubiertos invadieran el espacio comercial,
mezcla de hormigón, bullicio y muerte.
Algunos amigos se libran de la culpa con facilidad,
embalsamados en frases de ayuda,
ganando indulgencia con avemarías antiguas.
Desmenuzan el privilegio y lo mezclan con restos,
engordando sus cerdos. Ritual piadoso: SALVACIÓN.
—Allá voy, allá voy —me decía, tragando saliva y sudor.
—Casi no llegas —me recordó mi amiga, ansiosa por entregar el mercado.
—Aquí hay con qué freír unos huevos: jamón y queso.
—Que Dios te mantenga en buena salud —le agradecí, como una niña que quiere lucirse.
La admiré. La mujer justa, clara, generosa.
Pensé en el milagro sobre la isla, y me sentí continente en parajes desconocidos.
Suplir mis carencias con lo ajeno no es más indigno
que suplir las carencias ajenas con lo mío.
Orgullo que conoce carencias, pero ignora la humillación.
Aun así, el virus de la corona inquieta;
enemigo que penetra la carne frágil del mundo.
Hace poco, el mundo soplaba alegría en el rostro de los más favorecidos.
Hoy, el soplo es furioso, ruidoso, letal.
Basta una diminuta esfera brillante,
repleta de coronas, esparcida por una mano invisible,
para recordar que el mundo entero está conectado,
y que la fragilidad, por más que resistamos, es inevitable.