martes, 31 de enero de 2017






¿Recuerdas su nombre? 

_ ¿Puedo contar contigo? –preguntó nada más colgar la cámara fotográfica sobre su cuello, girar sobre si mismo y caminar apresuradamente cruzando las calles de la vieja ciudad de un lado para otro, buscando las sombras proyectadas por los balcones.

_No sé… Me quedé pensando por unos instantes al tiempo de poner voladores en mis pies.  El exceso de luz solar, me impedía ver en qué dirección caminábamos.

_ ¿A dónde vamos?

_ ¡Allá, allá! _ grito Sícalo.

_ Pero… _insistí. 

Nada más hubo cruzado la muralla, y llegado a la playa, solo hasta ese instante mi amigo se precipitó hacia mí alzándome en vuelo y estrechándome en un largo y sensible abrazo.

_ ¿Cómo estás? _me preguntó, separándome al fin y mirándome de arriba abajo_

_Bueno, aparte de sudorosa y agitada, quiero decir…_ 

_Bien _repuse sorprendida, _muy bien, Sícalo. Me alegra mucho verte.

Y luego me miró cariñosamente.

Es una historia muy larga. Sin embargo, de los crepúsculos más remotos; no de otro modo podría hoy recordar sobre estas líneas, intentando no rozarme con las plantas espinosas; aquella tarde asomados en la azotea del Salomón Ganem y en frente, la mar Caribe:

Era un domingo de noviembre revuelto y acalorado. En el cielo sobre la amurallada ciudad tronaban feroces los fuegos artificiales. La adolescente, saltando por la escalinata embriagada de gracia, aparecía y desparecía detrás de los rincones. Por las ventanas a través de las celosías, entraba una luz radiante hacia la penumbra de los pasillos del viejo edificio. Por suerte el aire era fresco y salino y la sesión fotográfica no se hizo pesada. Aquello, sin darme cuenta, pareció serenar un tanto mi espíritu.

Mientras pasaban las horas bajo las luces de los flashes. Yo misma al mirarme estaba consumida por la pasión, era un soplo. Parecía una forma del deseo, un ímpetu sin peso, una ofrenda ascendente, como un puñado de incienso arrojado en la brasa, mientras afuera quedaba la niña de ayer, la mujer del mañana agazapada en el cubil de un matrimonio que tenía algo de cloaca y de sepulcro y la nueva criatura que no logra separar las heridas del corazón. En ese momento, no era sino una espléndida alma que creía tener en mis manos el hilo de la libertad hilado por los ángeles. Y también tenía en mi imaginación, las luces tan sobrias de color que parecían pintar sobre mí y alrededor siluetas santificadas por las líneas del infinito.

Atentísimo, como si estuviera a punto de arrebatar mi último gesto, se esforzaba procurando no perder, no desperdiciar, ningún movimiento mío; al tiempo que sus pestañas palpitaban sobre el visor de la cámara, acechado por el estallido de luces apagadas por el ruido de sus pasos.

_ ¿Quieres beber?

Tendí la mano.

_ ¿Cómo te sientes?

_ ¡Perdón! No se expresar lo que siento._ Le respondí.

_Ven acércate. No a mí, no a mí, sino al amor.

Y fue así como mi espíritu ingrávido, tuvo una nueva experiencia de mi verdad mística, que aliviaba el tedio y la tristeza.

¿Olvidaré la exquisitez de aquellas horas? ¿Y qué son los años, las desdichas, y las culpas para una amistad como la nuestra?

Hoy, hace apenas un mes, hay quien llora y reza en su casona de la Amurallada Ciudad y sus plazas, en las iglesias, sobre las murallas, en su cuarto oscuro, en los talleres de la universidad. Lloran por la muerte que no duerme en la vida de aquellas fotografías que perduran para que a esta hora resplandezcan.











lunes, 30 de enero de 2017







¿Sigues estando perpleja?

Esta pregunta no debería responderla una desterrada firme en la disciplina, compacta en la voluntad, concisa en sus validaciones. A pesar de esto, asisto a un espectáculo miserable. Parezco oprimida por mis logros. Siempre habrá quien quiera aterrarnos con los peligros de superar las mil vicisitudes que afrontamos y vencemos, gracias a Dios. Pero, no hacemos más que mendigar la sonrisa del vecino; celebrar los 32 dientes de esa sonrisa indescifrable; dejar en manos de ese personaje ilustre, viejo tirano, nuestra vida esculpida sobre la roca; y en el bolsillo del Estado, doctrinario universal que intenta estrangular a la Nación perpleja, todo el esfuerzo nacido en el polvo del trabajo, la mesura y la dignidad.

¿Sigues estando perpleja?

Esto responderé. Tenemos dos enemigos igualmente innobles, temibles: el exterior y el interior. Cuando parece ser que a ese enemigo exterior que enfrentas todo el tiempo, lo has vencido, vuelve y aparece. Nos escupe en el rostro su odio, nos vitupera, nos escarnece, y se declara irreconciliable. Vuelve a enfrentarnos reclamando lo que ya nos pertenece. Y no sobra quien quiera persuadirnos de que debemos tenerle miedo y de que es necesario sacrificar la carne y el espíritu, a ese canalla feroz del que alguna vez confiaste tu vida; o, a un Estado villano de líderes enriquecidos que trafican con mafias, guerrillas, para-militarismo y que tiene de fiador a nosotros el pueblo.

¿Sigues estando perpleja?

No, no me interrumpas. Por alguna razón mis logros debían haber barrido al enemigo interior o cuando menos cortarle el aliento. Y, en lugar de eso, resulta lo más nocivo de todo: tiene el rostro de personaje de bien, se declara adicto a los principios inmortales, habla en lenguaje estructurado, novedoso y profundo. Así, tú, impaciente, que no te inclinas al rezar, la persona fuerte y dotada, más soberbio que tu suerte, más puro que tus goces, sigues encorvada con esa humildad árida y agria con la que sigues viviendo toda tu vida con todos tus temores. Y a tu alrededor la vida sigue siendo voraz, los deseos no han sido más salvajes, el drama de las razas no será nunca más violento. Tus pares, queridos socios que al abrazarte te entierran el puñal por la espalda. Hasta cuando hablan de amistad sientes que sus palabras pasan entre sus dientes aludiendo, no a su propia e inexistente generosidad, si no a la generosidad ajena. Tienen hambre. Así es. Unos y otros, después de haberse hartado y nutrido de víctimas, transmiten su hambre a sus descendientes. Y si la tierra está harta, el hombre parece insaciable. ¡Basta ya!

¿Sigues estando perpleja?

¿Me quejo? quizá. No podría ya ilusionarme. El hombre es el lobo del hombre y la Nación donde habitas es una leona para la Nación. ¿Quién nos enseña la honestidad, la prudencia, la renuncia y la austeridad? ¿No debemos tantos odios al dominio moral, al silencio del espíritu,  a nuestra dignidad? El mundo se ensancha en torno a las riquezas, a las ambiciones de dominio, de alabanzas, de favores de triunfos y riquezas. Esto lo sabía también mi padre. No sé por qué él sabía que mi destino sería duro. No me elogiaba, no me alentaba, ni me marcaba un camino ni se burló de mí, ni siquiera ante mis rarezas, ante mis excesos extremos o mis debilidades. Aunque su carácter era volátil, conmigo se comportaba respetuoso y confiado, tenía en mí, desde mis más tiernos años, una fe tan segura que hasta el día de su muerte no dejé de sentir viva en él mi raíz.

¿Sigues estando perpleja?

No creas que deliro. Estoy consciente. Y aunque mi corazón esté apagado, sangrante, herido, vendado y desolado; me aferro a Dios, a mí misma y a mis hijos, con voluntad de hierro. Mi ser seguirá viviendo y mi mente continuará creando, y mis pies seguirán caminando por el camino recto. Me basta con que el dolor me obedezca, y que mi carne me esté sometida.

Cada nuevo día alivia mi ser, mece mi tristeza infundiéndome una nueva esperanza. Y en el camino de las luchas: Aprendo, recuerdo y sé. 

La montaña. Apuntes del espíritu en una mañana del reciente enero de 2017. 













Mi límite hacia el Oriente desde el Caribe y la montaña lo marcan la mar adriática y mediterránea, los balcanes y las colinas. Toda esa faja de tierra que fue el origen y la esencia de mis ancestros, me pertenece. Las antiguas persecuciones de los opresores y los fraudes de usurpadores vencidos, no cuentan.  Desde este trópico salvaje que te endurece, iremos a reconocer la tierra asignada a la más grande esperanza; el verso en los laberintos de la memoria, canto que nace desde lo profundo del alma y del destino. Nunca es tarde para ir más allá.

¡Adelante! ¡Adelante!


viernes, 27 de enero de 2017








Fantasmas del Holocausto

Quizá aquí vuelvo a morir: El corazón me late tan de prisa que creo morir. La tristeza cargada de años me abate  el corazón, y pido un sorbo de agua del Jordán.

Inclino el rostro lacrimoso, acerco los labios a ese cántaro, bebo “agua del corazón” lágrimas que empañan el hielo de sangre que gotea, lavando la carne y el alma... El corazón se ha calmado pero muero de tristeza. Nadie me impide beber del pasado, un nuevo año más. Hoy, es un día cualquiera de enero, pero lleno de significado.  

Heil Hitler! grita el verdugo implacable que lleva resplandeciente su uniforme y rostro de guerra. El demonio ha vuelto a encender en el fondo de los recuerdos todos sus fuegos; hirviendo, candente, rebosante salta y vuelve a saltar. Sopla la triste hoguera con toda su locura, como en las más desesperadas horas de martirio en el límite de la quemazón, con fragor de tempestad. En lo profundo del fragor una melodía lúgubre y misteriosa se dibuja, se extiende, fluye, y en la pausa del asalto domina haciéndose más clara. Es potente como un canto soberano. Mi oído flota sobre aquella composición musical clásica.

Por contraste, ¿tocan las orquestas de los prisioneros la música de opereta junto a las cámaras de gas para ocultar la belleza del rezo de los viejos, mujeres y niños, que engullen las llamas?

¿Cuánto tiempo ha pasado? 

Vigila y ten paciencia. Dios está con ellos en ese lugar solitario estrecho, de ladrillos ennegrecidos. En ese terreno helaje aquí y caliente allá, negruzco, cubierto de leves capas de cenizas blanquecinas donde se respira la llama; se percibe el olor de los huesos quemados; se oye el crepitar, el crujir y el jadeo. Donde el cuerpo debilitado se humilla, los puños y las mandíbulas se aferran a los alambrados con sus púas enemigas que desgarran las muñecas, los cuellos, los cuerpos que se desploman abandonados a la muerte. El resto de prisioneros, son como banderas desgarradas e izadas en frágiles ramas de árboles, con sus túnicas de cáñamo rayadas, abigarradas de frío, de sudor, de sangre y de fuego.

Ahora el viento aumenta. El sol está oscurecido. Veo en el cielo mudo levantarse la larga tromba exigua y ondulante de un torbellino silencioso que levanta las cenizas a gran altura. Se disipa. Se alza otra más lejos que en una pausa del viento se desvanece. Y surge otra más lejana, y otra más, y otra. Vacilan silenciosas por el aire ardiente; se agitan, se sueltan se dispersan. Son los fantasmas del Holocausto. Lo que no muere. Torbellino fúnebre que levanta la ceniza muerta. Torbellino de humo oscuro que ocupa el aire, asalta el sol y todo el borde de las nubes humeantes se doran. Y otros torbellinos que aparecen bajo el fuego que no quema. Fuego que lame el rezo fresco. Fantasmas callados que crecen en el silencio del cielo despejado. ¿Vence el sol?

Todo queda devorado. Todo es negro tizón, brasa y ceniza ardiente. El silencio espera. ¿Habrá esperanza? Finalmente el fuego muere. ¡El fuego ha muerto! Y, cada año, sopla el viento marcado por la muerte. ¿Cuándo tendrá fin este suplicio de los recuerdos?






Homenaje a Wladyslaw Szpilman el pianista de Varsovia

"Uno no puede evitar preguntarse una y otra vez cómo puede haber tanta gentuza entre los nuestros. ¿Es que han dejado salir a los criminales y a los lunáticos de cárceles y asilos, y los han enviado aquí para que actúen como sabuesos? No, son personas de cierta relevancia dentro del Estado quienes han enseñado a compatriotas en principio inofensivos a actuar así. El mal y la brutalidad están al acecho en el corazón humano. Si se les permite desarrollarse libremente, prosperan y echan terribles retoños, ideas como las que son necesarias para asesinar así a los judíos y los polacos." Frase de Wladyslaw Szpilman



miércoles, 25 de enero de 2017



How many futures — (how many deaths I can die?)

Sylvia Plath, from the Unabridged Journals of Sylvia Plath


lunes, 23 de enero de 2017





Avanzo sin mirar, sin respirar, exánime. Como cualquier otra ciudad, la Capital, no dista de ser un hervidero de miserias, llena de afanes, resonante de charlas, de voces anónimas, de sobresaltos y hasta de aves furtivas que observan con ceño hosco levantando las alas con aspecto altanero y ese sordo ruido de plumas sacudiéndose, mientras se apresuran a tomar las migas de pan que les ofrecen habitantes de la calle y algunos turistas que acuden a la plaza. 

Una y otra vez, en cada rincón de la ciudad, la vida se amontona, palpita, se estremece y fluye como la sangre que corre por las venas. Pero a pesar de todo, la vida es bella, hasta para el tuerto andrajoso que se ve feliz en el país de los ciegos, mostrando en el blanco de sus ojos la mirada torva de las palomas, sentado sobre un banquillo en la sala fresca de la fuente, a la sombra de los cipreses que agitados por la brisa, tienen el temblor de las plumas, mientras sonríe y no recibe más que voces de pesar y promesas que no llenan las manos vacías.

Durante el trayecto, el aire se hela detrás de mis pasos. La semi-oscuridad es más fría y densa dentro del edificio suspendido en el tiempo, el reflejo de sus sombras a través de los vanos me envuelve y tropiezo contra los escalones de ladrillo puestos de canto. Camino a lo largo del pasillo entreviendo la claridad de las lámparas que surgen detrás de los cristales. Doy la vuelta al final del muro blanco. El deseo de parar me acosa. Todo mi ser se afana por sentir la protección, incomprensible, de aquel lugar. Enciendo las luces. ¡Por fin! Sólo las cuatro paredes de mi oficina existen; alrededor es la soledad sin fin. 


domingo, 22 de enero de 2017





Finalmente, todo es vano

Visor, diafragma, lentes, la cámara sabe captar la sensualidad sin que se pierda una gota de vida.  ¿Qué otros maestros podrán expresar con tanta hondura el desnudo desierto frente a la torpe imaginación del hombre?

¿En el buril cincelador sobre la piedra áspera del escultor?
¿En la pluma y escritura lacónica del escritor?
¿En el pincel y el toque-empaste del pintor?
¿En el discurso erguido sobre tarimas?
¿En la profunda agonía musical?

Muchas cosas se disipan, otras tantas se dispersan, lo que fue anunciado se retrasa, la historia se convierte en polvo y viento. Pero ¿qué importa? con la mirada puesta en la obra nueva, apareció lo que era inesperado: el desnudo en prosa viva, testimonio del arte superior de la fotografía. 


sábado, 21 de enero de 2017







Pasa. Camina. Ve.

Me quito los zapatos, me incorporo, y miro dulcemente esa faja de sol que se alarga poco a poco, sobre las paredes, sobre el piso y sobre mis pies. Mis pies solitarios. Son como si en ellos viviesen, sin límites ni tiempo, antes de curvarse entre la dulzura, la fatiga, el dolor; el esfuerzo sobrehumano. No dejan de obedecer sujetos al peso de los huesos y de los años.

Aún hoy no sé cómo ocurrió el ceder al rápido gesto de descalzarme, subir y bajar la montaña, hasta alcanzar el destino junto al río eterno.








viernes, 20 de enero de 2017






_ ¿Qué decías tú del hombre?

_ ¿Es que no lo entiendes? ¡Ha habido demasiadas mujeres en su vida!

_ ¡Ah, bueno…! Pero yo me refiero es al hombre estrella del  reality show, ese al que cada día observábamos en The Apprentice y la prensa exaltaba, ese que dice estar del lado de su pueblo ¿no sigue siendo, sin embargo, desconocido como para poder confiar en él?

_Me refiero al hombre, y sus mozas… _recalcó mi amiga.

_Y yo, al hombre que siguen como al superhombre, le obedecen, y participan con él. Claro, él no sería presidente  sin ellos.

_ ¡Pues no lo sé, Lissa! ¡No lo tengo claro! _estalló.

_Pero ¿qué dices? –me sorprendí_. ¿Me he perdido de algo…?

Era una tarde de café, veinte de enero de 2017: vientos de guerra se esparcían desde el norte, mientras un inmenso velo blanco de palomas  volaban por las simas de las cordilleras andinas y sobre la plaza principal del infierno Capitalino. La vida fluía, no dejaba de ser ridículo que me rebatiera con aquello de que el presidente del País del Norte, había coleccionado un surtido variado de ex-amantes prepagos y yo estuviera insistiendo en el superhombre que como fuerza generadora e invisible, pero vidente, estuviera hirviendo, en ese preciso momento, en la profundidad de las multitudes, de un pueblo que no se reconocía en ese superhombre revelado y celebrado; y, por otra parte, constituyendo la historia de su raza y de su Nación, la de una minoría verdaderamente grande y poderosa que forja a sus ídolos a semejanza de ellos, con la pura esencia de un héroe,  de un magnífico señor que se viste de finos paños, que goza de su bella Casa Blanca y de sus preciosos jardines Jacqueline Kennedy Garden, que coloca delante de él delicados vinos y exquisitos manjares en platos de oro, teniendo la casa llena de tapetes de seda persas, y vestida de damascos, brocados, terciopelos, de verde esmeralda, el amarillo trigo, el rojo púrpura, el negro cuervo y el verdi-negro mezclado de oro; además de concubinas que al mirar a sus ojos se sienten íntimamente turbadas pues ven ellos, el palacio de un reino donde todas las luces están encendidas, excepto una y, junto a esa luz apagada, se esconde el verdugo; de músicos; con aromas; con autos-bestias blindados; con todas las cosas bellas que alegran la vida del hombre. Cada día al despertarse, nuevos deseos se abrirán en su carne como manantiales de gozo...

_No se habrá acostado con un hombre, ¿verdad? _pregunté con voz trágica, después de unos segundos de silencio.

Se inclinó y hablo despacito: _...podría pensar que sí.

_ Pero ¿qué dices? _me espanté, al tiempo de no poder contener la 
risa._ ¿qué tonterías estarás diciendo, amiga? _pregunté fascinada e incorporándome tranquilamente para pedir la cuenta.

_ ¡Pues claro!_ se puso de pie de un salto. ¿Por qué no?

_ ¡No puede ser! dije, con gesto seguro. Ya en su su campaña presidencial, Los Medios se hubiesen encargado de divulgarlo.

La dulzura del café transformó aquella tarde, a fin de cuentas, por insignificante que fueran estas latitudes para el País del Norte,  en un momento que desconoció la prisa, el estrés, la lucha diaria por sobrevivir en un mundo convulsionado; y la tarde discurrió con placidez.

Y mientras, en el lejano país del doble mar, el hombre no podía creer semejante maravilla, incrédulo, encaminó sus pasos hacia el lugar de los cantores que entonaban un canto festivo, permaneció escuchando, rodeado de sus escoltas. Después hizo una seña al jefe de los músicos para que interrumpiera el coro, y le dijo: 

“El que compuso este canto debió conocer la felicidad.” 

Himnos tales, que al escucharlos, creyó ser el presidente, no solo el de una potencia mundial, si no, de toda la humanidad, porque nunca se elevaron tantos sus pensamientos ni jamás momento como ese, ni riqueza alguna, ni su bellísima compañera de vida y de goce, a semejanza de una virgen regia; conmovió su corazón. El hombre magnífico  dijo: 

“Toca ahora un concierto estrepitoso”

Se dispuso a subir al estrado para espiar la tierra y el mar, las sombras de las blancas columnas Jefferson, heridas por el esplendor, se alargaban al declinar el sol. Luego celebró en aquella noche un gran festín, con músicos y con danzas, bajo la voluptuosidad de los placeres imposibles de la tierra.


martes, 17 de enero de 2017







Dios salve a la reina

Vuelo a través de los años; vuelo a través de los lugares y destinos. Allá lejos, donde la vida parece exhausta e inmóvil sobre la orilla misma del tiempo. Allá lejos, junto al río solitario sobre el cual se alargan las sombras oscuras de los secretos y la torre del Big Ben se erige desafiando las nubes y los siglos. Allá lejos, donde el palacio de Buckingham ocupa el horizonte torreado con su mole de magnanimidad y suntuosidad, mientras más lejos, lejos del cambio de guardia, la frugal y milenaria tristeza habita la tierra.


Early Morning Jazz




Early Morning Jazz






lunes, 16 de enero de 2017






Conviene que vueles

Hoy, en su primer día de labor; cuando por fin, se hubo totalmente arreglado para salir…

_Mamá… _la voz de mi hija, que me llamaba, me reconfortó lo suficiente para extender mis brazos hacia ella, y abrazarla.

_Estás hermosa _  le animé.

Pues bien, me encantó el buen aspecto y elegancia que tenía, lucía delgada, esbelta, airosa como toda una ejecutiva en sus veintitantos años y, además, muy bien llevados. Y se acercó con una amplia sonrisa:

_ ¡Estoy feliz y nerviosa a la vez!

En verdad, me sorprendió, que antes de que terminara sus estudios de pre-grado, haya sido contratada en un proyecto universitario haciendo parte de la Maestría en Periodismo. Creo que le hablé de su compromiso y lealtad con su labor, con sus jefes, con la institución académica, como se habla del amor, y no a la manera de esos enigmas engañosos, que por similitud al intérprete, se enseña, en el nuevo orden de los valores en el campo del ascetismo moral cristiano, que la labor debe ejecutarse renunciando a sí mismo. No puedo más que pensar de distinta forma: que sujeto a los verdaderos valores, la labor debe ejecutarse con firme y consciente esfuerzo, aunque sean tareas de rutina, y, de este modo, se obligaría al tedio, convertirse en un obrero luminoso o en un artista radiante.

Amanecía con una luz cálida y dorada. Desde la ventana entreabierta y cubierta de ramas, se sentía el olor a eucaliptus del jardín. Era una especie de gran acontecimiento familiar. Allí estaba ella libre, con su voluntad creadora, su amor por la causa, y entre tanta bajeza y tristeza buscando la razón de vivir, de crear, de entregarse para alcanzar sus sueños, con su corazón de creyente y con sus manos hacedoras.

Es dulce recordar, desde mi hogar, mi altar, el largo esfuerzo, las luchas, las penas, los sacrificios, las dificultades, la soledad, las caídas, no sin alegría, sintiendo revivir mi fidelidad hacia esos hijos; prolongándose en el pasado y más allá. Por eso al llamarme la mejor mamá, no peco por exceso de orgullo. Aunque de todas maneras, vuelvo y lo repito, el exceso puede serme perdonado.


domingo, 15 de enero de 2017







Carta a la abuela que nunca llegó a su destino...


Explorando en el lindero de la vida lo que es innoble, recuerdo uno de los sobresaltos mezclados de holocausto y abnegación en el cual, ardió la víctima y mi vida entera:

Mi pensamiento corre hacia la madrugada. La guía turística, tocando la puerta de la habitación del hotel. Desganado y soñoliento, mi esposo se levanta del fondo de la suite. Los segundos son lentos y veloces. El reloj indica la hora exacta en que partiríamos de Budapest hacia Croacia. Él está fijo, no parpadea, no traga saliva como ciertas figuras de los museos de cera. La mujer de rojo se sienta al volante de la Kombi Van. Son las seis de la mañana. Las calles están desiertas y relucientes. Por las ventanillas aparecen los castillos enormes, oscuros, con sus torres cuadradas. Dormitan las pequeñas ciudades blancas en torno a la calma del río. Dormita él, mi esposo, en el féretro de acero y ruedas. El silencio es sepulcral. Tanto más lento es el tiempo cuanto más rápido late mi corazón. Estoy inquieta y feliz. Respiro con la cabeza inclinada sobre la palma de la mano derecha, sintiendo ese olor a Venecia y de colinas sobre la aurora matutina. Llevo en la mano izquierda, con el mismo gesto religioso de quien sostiene una fina copa de cristal, la carta desbordada de toda aquella apagada vida de papá, pero llena de abrazos.

Volviendo un poco hacia atrás, había grabado en mi corazón el instante en que papá agarrado del vehículo trataba de abrir la puerta y entregarme aquella carta. Abrí la puerta antes que él. Su rostro estaba casi a la altura del mío. Sólo ése instante, allí donde el hombre parece eliminado, era igual al azar y al aliento de vida. Un momento de profundo e irrespirable exilio que quiero consagrar y recordar: 

Con latido mesurado, el corazón de papá va encarando la adversidad con ese anhelo de poder comunicarse con su familia perdida. Tranquilo, atento para no cometer error alguno, decidido a recuperar su vida, me dibuja en un pequeño trozo de papel un mapa con señales en dónde podría encontrar la lejana casa de piedra que a duras penas lograba recordar. Allí nació, vivió su infancia y los vio por última vez, antes de su exilio en la Segunda Guerra Mundial. Y con ese gesto paternal, generoso, tan suyo, me pide que lleve una carta a la otra orilla, con su mensaje de desventura, con la escritura más o menos deforme según el grado de sufrimiento, con bruscas interrupciones y agitadas frases. Me pide leer el texto escrito en las peores horas de su angustia. Las frases, soltándose de las líneas, se han revuelto todas. Las leo fijamente sintiendo en ella, todo el odio al holocausto; un sacrificio en el cual la víctima se convierte en su propia hoguera llameante. Palabras extrañas que parecen ser trazadas por el poder del fuego incendiario entre la vida y la muerte; holocausto que se iba disolviendo en negro silencio.

Temblando ante aquellas líneas de palabras dispersas al viento, lo conforté con la promesa de que llevaría la carta a su destino y de que no se la enseñaría a nadie más que a su madre, mi abuela. 

Vuelvo al final: como la costa Adriática es muy escarpada, ella explicó que era mucho más cercano llegar por otro camino en vez de tomar la del nivel del mar, y sin vacilar se desvió hacia la otra margen de la carretera. Pero en esa aventura, en breve, surgió no sé qué ávida violencia en la mirada y gesto de mi esposo, que forzó a la guía turística tomar de nuevo el camino de regreso. Llamas y chispas volaron en el torbellino de mi alma. Hubo allí, en aquellos últimos instantes del frustrado viaje, desilusión, discusión, desengaño, luego un silencio, una cerrazón, una carta sin destino y una figura final: la de mi padre.  

Creo, que ese fue el último dolor de papá, la carta que nunca llegó a su destino, el final de la vida que no señala nada, que ya no mide nada, sólo los metros de profundidad midiendo metro por metro el descenso al sepulcro.



Tumbada sobre la cabecera de mi cama, vuelvo a releer aquellas páginas olvidadas... ¡Oh corazón soporta!


viernes, 13 de enero de 2017






Era un domingo de prueba...

Me llega desde lejos el mensaje de las grandes religiones: "Salva tu alma de perderse". También aquellas voces que se repiten una y otra vez: "Si estás preparado a su llamado y a su mandato, no podrás extraviarte ni perderte".
 ¿Me rebelo, quizá, contra la prueba?

 Me detengo en un sueño y el sonido de las campanas me despoja y me dispersa. Me detengo en un anhelo, y el sonido de las campanas me lo quita y me destruye.  Me quitan todo cuanto de dulce pueda aún nacer de mí, todo cuanto de mí pueda parecerse a un niño.  No acaban nunca de callar. Es un trueno que palpita sobre el ladrillo oscuro de la fachada, sobre la calle arbolada y a lo largo de la corroída reja del jardín.

¿Cuándo callarán esas implacables campanas? 

No suenan para mí, suenan para los adioses devotos parroquianos. Mientras, los cirios oscilan y se derriten en mi memoria, como entonces, aquella mañana de enero resplandeciente y sudorosa en que vi el rostro de mi madre, moreno y envejecido; dos profundas arrugas surcadas por el tedio le rodeaban sus gruesos labios que no cesaban de susurrar el rezo, espejo de pecadores. Y frente a la cruz de la desdicha bañada por su llanto, un ramo de flores que había colocado junto a los pies del milagroso Cristo de la Expiración morían sin voz, sin aliento.

¿Están vivos? ¿Están muertos?

No es una visión, es una presencia continua que pasa, roza, se disipa, convirtiéndose en una sombra gris que se pierde. Le veo delante de mí. El estremecimiento rodea mi pecho. Escucho. No es el canto modulado de las monjas. Es un lamento triste, unas veces largo y otras breves que brota inesperado de una orquesta profunda; como la revelación de un verso que despierta el sonido secreto del alma.  Luego escucho un ruido silencioso que no es el de mi corazón; es el sacerdote que ondea el incensario sobre el Santísimo. Soy toda de hielo.

Lejos,

detrás del muro salobre de cal y canto. Cerca, detrás de la cortina lúgubre de cipreses, el sonido de las campanas sigue igual, sin fin, sin prisa, extendiendo mi tristeza. El dolor es vidente y vigilante. Así, el pasado y mi vida son una misma cosa. Sólo el pasado existe, sólo el pasado es real como mi profundidad, no tengo hoy ni mañana. Muero viviendo. Quien se acerca a mí está menos vivo que el pasado que me mira con rostro de brasa, como surgiendo de una tumba ardiente del infierno. 


¿Cuánto tiempo hasta la redención?

Pero sucede, para consuelo nuestro, que Dios corona nuestra emuná de las cosas inmortales.



domingo, 8 de enero de 2017





¿Monstruo?
memoria y confrontación


Nada más abrir la puerta,

lo que jamás habría imaginado apareció ante mí.

Sonreí, sorprendida, aunque con el corazón tenso.

¿Por qué su presencia me provoca tanto desprecio?

Bajo la mirada de nuestros hijos, me pregunté:
cómo podría una mujer reservada, prudente y discreta negar la entrada a alguien así?

Permanecí allí, aturdida, escuchándolo.

Amenazó con algo;
luego su cólera se extendió en un flujo de palabras cargadas de tensión,
hasta volverse un jaleo kafkiano.

¡No, aquí no! pensé.

Avanzó hacia el interior, invadiendo mi intimidad.

Su rostro, vulgar y frío, me repugnó.

Minutos después, todos estábamos alrededor de la cena de Pascua.

La conversación fluyó entre mis hijos y su padre durante horas,
hasta que el cansancio los venció.

Solo entonces comprendí el verdadero sentido de su visita.

Un contacto indeseado me hizo reaccionar de inmediato:

¡Ni se te ocurra tocarme!

Sus disculpas no funcionaron;
su presencia se sentía invasiva.
Cada gesto contenía burla y desafío.

El silencio se transformó en ruido,
y la tensión creció como tormenta que no encontraba fin.

Y entonces la palabra me atravesó:

¡Monstruo!

Resonó con toda la fuerza de la traición y la humillación.

Recordé la infancia marcada por la injusticia.
Recordé el brazo que sostenía todo con firmeza y luz,
mientras otros jugaban con cuchillos invisibles sobre mí.

Lo que sentí fue profundo:

  • el despojo de mi integridad,

  • la traición de quienes debían protegerme,

  • y el dolor de haber sido arrastrada por su voluntad.

Pero también comprendí algo esencial:

Mi fuerza se encuentra en mi sangre,
en mi espíritu,
en la memoria de lo que soy y de lo que he superado.

Hoy respiro profundamente.

El recuerdo del daño no se borra,
pero tampoco me define.

Todo sigue vivo,
todo respira.

Habló ella de estas desavenencias mortales

con una vergüenza somnolienta,

bajando los párpados pesados sobre sus ojos castaños dentro de un círculo amarillo,

que recibe su color de las fosforescencias submarinas,
o de luz de otra lejanía.