sábado, 25 de abril de 2020

#Cuarentena




En una mañana del reciente abril


Tras una noche de paciencia, debía apresurarme antes de que el sol y la gente llenaran las calles.

La mañana era clara, luminosa.

Desde mi corazón imploré al Eterno protección contra el estornudo del virus de la corona, que flotaba sobre los transeúntes como una amenaza invisible.


Detrás de mí, una mujer de ceño fruncido avanzó con su corpulencia imponente.

De pronto, un estornudo inesperado estalló desde su nariz, y yo, en un reflejo instintivo, enterré mi rostro entre las estanterías de revistas y periódicos.

Su rostro enrojecido, la nuca, la papada…

todo parecía temer un accidente inmediato del moco ardiente que aún persistía.

Saltamos hacia la izquierda, espantados, manteniendo la distancia, mientras la fila se alargaba como un eco repitiéndose por el pasillo.

La mujer, convertida en un avestruz tambaleante, gañía sin remedio.

Le perdonamos. Nada más.


Salí al cielo abierto, donde solo quedaban rascacielos y aire.

Muy al fondo, vagos relámpagos —donde la mirada se pierde— y todo parecía respirar otra vez.



sábado, 11 de abril de 2020

#Cuarentena








La llovizna peregrina se esparcía sobre las cúpulas del viejo barrio de la capital.

Percibía el olor de la tierra —olor a eucaliptus—.

Podía sentir cómo lo fúnebre se extendía por el ala tranquila de los espacios místicos, y se fundía con los olores humildes de la cocina: allí donde la olla comunitaria disolvía la vitualla celestial, sin pretensiones de elegancia, mientras el pueblo de las cinco comidas —en tiempos del coronavirus— aludía a la “unidad y solidaridad”.

A su vez, predicaban modestia, prudencia, renuncia y austeridad; pero, embriagados de poder, volvían a abrir las fauces para devorarlo todo.

Entretanto, el pueblo devoto se apretaba el cinturón unos puntos más.

Sin embargo, allí donde se desploma el peso de la muerte, allí también la libertad del alma se levanta.

Esa tarde cruda y gris, frenética y de tumultos, el pueblo se alzó en plazas y calles, gritando:

“¡No queremos huesos, ni granos viejos y secos, ni pedazos, ni harapos, ni saqueos, ni mentiras! ¡Basta de abusos!”

Fue tanto el peso de las necesidades, que pareció haberse disparado la peste, empujándolos a coronar el desespero con la muerte sofocada por el virus de la corona.

¡Crimen imperdonable! ¿En qué cementerios inaccesibles dejaron abandonados a los muertos? ¡No los dejen callar!



¿Y seguiremos agazapados en nuestra solitaria estupidez?