viernes, 29 de noviembre de 2019










Yo, a ratos

Del desacierto he obtenido tres consecuencias:
rebeldía, libertad y pasión.























Espejo del espejo 
Testigo de un tiempo que se desvanece, 
al borde de un cuerpo en mi memoria.




 Soy yo:
reflejo inmóvil.
Sale a la luz mi vida de recuerdos.






En el silencio de la noche le escuchas: 
Sollozar y llamar como perdida sin nadie. 

Quizá sea preferible el silencio.








Crónica del viento frío – Noviembre

Afuera sopla un viento frío y taupe.


El parque, lleno de hojas secas de una clase salvaje.


Bajo el chicalá rotulado, el olor del caballero de la medianoche le recuerda otros calores; y mientras tomaba una flor del jarrón, haciéndola girar entre los dedos, su mente se desvió del pasado, que el frío y la lluvia le borraban como a un poema escrito sobre la arena.


El tiempo pasa —y no tuvo más que dejarlo ir.

El mes se extendió en una placidez no buscada, como mamoncillos redondos, suaves y brillantes.

“Me duele el corazón y me adormece una herida,
como si alguna pócima hubiera bebido.”

La pierna, casi curada, mostraba su moretón ligero con un quejido íntimo.
A pesar del dolor, no quería deshacerse del todo de eso.
Así que en las noches —acechando como una torre— mientras meditaba, miraba las estrellas desde su habitación y las luces nocturnas, perdigones de plomo sobre la oscuridad.

Ese día en particular, ecos de la Protesta Nacional sobre la autopista capitalina se alejaban como caballos.
Hacía mucho frío; el viento negro arrastraba consignas por las calles.
Sonidos del Escuadrón Antidisturbios la conectaban con el semanario Caribe Libre.
Bajo el puente de la 183, un joven marchante dormía para siempre al raso, envuelto en una ruana gris, equívoco, rodeado por un montón de vencidos.

De pronto —como una cuerda musical sacudida desde la profundidad de los tiempos sobre la tristeza de su carne frágil— estalló una melodía: palpitó, se afirmó, quebró la argamasa del silencio y penetró en su corazón.
La vida y la muerte, la fe y la batalla, el amigo y el enemigo: todo se enalteció en la vorágine de una esperanza desesperada, sobre la noche con el aroma indigno del gas lacrimógeno.

Tambaleándose a la luz de las antorchas, tomaron el camino de regreso, mientras entonaban vagamente la canción de otros tiempos, que solía decir…

“Viene bajando el obrero,
casi arrastrando sus pasos
por el peso del sufrir.
Mira que mucho ha sufrido,
mira que pesa el sufrir…”

Una canción en la que se decían groserías a un gobierno.
Eso era lo importante: a un gobierno.

—¿No tienen voces maravillosas? —dije.