jueves, 29 de diciembre de 2016





Canto de la sangre

Parece que, desde esta mañana, respiro una energía milagrosa,
donde se conjugan la realidad y la imaginación,
la vida actual y la más lejana ascendencia.

Al atardecer, el viento helado doblaba las hojas tiernas de la parra —esa que insisto en sembrar pese al frío—
y me sentí
lejos de mis muertos,
lejos de mi abuela paterna, dormida para siempre bajo los campos de trigo,
con los ojos fijos en el lucero de la mañana.


La fotografía

¿Es esta la fotografía?
¿Es de verdad mi abuela —mujer frágil vestida de negro—
que entra a mi vida sin tocar el suelo,
con sus largos cabellos trenzados bajo un pañuelo negro?

Todo es presente.
El pasado es presente.
El futuro es presente.

Parecía encerrar todos los años de espera,
la soledad de la guerra,
el amor eterno por su hijo ausente.

Y hasta en la más leve de sus sonrisas
aparecía al final, su dolor.


¡Ah! Todo el pasado confluye hacia el presente,
y el destino quiso que hoy estemos con ella
a través de esta simple fotografía que tengo en la mano.

¿Qué manos, más que las tuyas, abuela mía,
son dignas de levantar la copa de vino que celebra el Canto de la Sangre?


Brindo por mi abuela —por su grandísima alma en su pequeño cuerpo—;
brindo por mi familia ausente;
brindo por los caídos de la otra orilla,
que nos enseñan que la felicidad plena se compone de
recuerdos sublimes, pensamientos apasionados y perfecta emuná.

En mi memoria revive el eco de otro canto:

¡Que reaparezca, una vez más,
en epifanías de amor y en espacios místicos para otros cantos!


Vuelve la noche.
El canto parece ceder.

Bogotá, jueves, 29 de diciembre de 2016



lunes, 26 de diciembre de 2016






Si hoy no te arrodillas, ¿mañana habrá pan?

La Capital omnívora hace sus cenas: no una o dos, como centenares de familias, sino cinco por lo menos, y las acostumbradas Cenas de Pascua nunca podrán desaparecer. Pero no hay quien, por este pueblo paciente gobernado por el más solapado, diestro y audaz de los líderes, que se haya quitado el bocado de pan de la boca, ni aun de los dientes.

Ayer, cuando me dirigía invitada a una de esas cenas, sofocando mi corazón, desaceleré el auto hasta llegar a pocos centímetros de una familia campesina. Debían marchar a su pueblo, y los encontré sentados en el andén. Les escuché sollozar desesperados, contándome lo que había hecho su jefe, ingeniero constructor.

Devorados por el cansancio, el hambre y el frío, sin saciar a sus pequeños hijos andrajosos y medio desnudos, iluminados únicamente por sus ojos suplicantes, escondían en sus humildes corazones, como reliquias santas o amuletos milagrosos, los escapularios que les habían ofrecido en alguna iglesia. Todo esto, además de aguantar insultos de vigilantes y policías. Pero aun así, no se marcharon; esperaban el salario que como maestro de obras debía pagarles… y que nunca llegó.

Mientras tanto, un rebaño oscuro y jadeante de consumistas inhumanos, llenos de paquetes, cruzaba las calles, se detenía, para luego perpetuar su camino.

Antes de realizar aquel acto humano que me desgarraba, como la mujer cargada de hijos que soy, no podía sostenerlos más. Tomé a uno de ellos entre mis brazos. El niño lloraba, bebiendo sus lágrimas en silencio. Y para aliviar sus tristezas, antes de que el gallo de la Capital cantara las roncas plegarias de fe y fervor cristiano, la gracia de Dios se paseó a lo largo de aquella orilla para que no se entristecieran más ni muriesen de languidez y frío. Todo el silencio doloroso que los devoraba en la inútil espera del ingeniero estalló en una sola palabra:

“Gracias.”

Morir no basta. Si morir es cesar de ser generosos, no podemos morir.


viernes, 23 de diciembre de 2016

jueves, 22 de diciembre de 2016

Pulso de la Capital





Observo la Capital feliz. Mi segunda piel natal. La Pascua lo une todo.

Mil manos agitan los estantes. Mil ojos vitrinean al mismo ritmo.
Risas recorren las avenidas. Árboles ennegrecidos por el smog.
Luces y sirenas que no paran. En medio del caos: la alegría del pueblo. Fugaz. Ruidosa. Real.

No hay ignorancia que no se deslumbre, ni privación que no se doblegue.
Años de gobiernos opresores han maltratado el espíritu y la historia del pueblo.
Pero mentiras, fraude y soborno se trastornan, cambian de color.
La generosidad de la Pascua se levanta. Supera a los hombres de Estado.

El pueblo citadino se deja llevar.
Ebrio de la belleza de la Capital: luces de Lyon, villancicos antes del alba.
Por un instante, basta.

El hoy navideño habla con la voz del pueblo pobre.
Sale de sus luchas, cargado de regalos.



martes, 20 de diciembre de 2016



¿Qué lees?





Entre aguas y páginas: memoria de un despertar

“Entre las páginas y las aguas, el espíritu se arroja al abismo para renacer en la luz del misterio.”

Este texto narra un despertar temprano de mi alma, un primer encuentro con lo sagrado, antes de encontrar la fe que hoy guía mi vida. Es memoria de un proceso de exploración, aprendizaje y apertura, un primer paso hacia mi verdadera raíz espiritual.


Hay pocos libros tan mágicos como éste. En su esencia, es un relato de retórica y belleza, exaltado por símbolos raros, hechos de eternidad, como un cielo abovedado que arrebata la última rima y la lleva más allá de la blanca nube, como un canto eterno de tambores que asciende de sus páginas y de sus entrañas.

Un sentimiento puro me indujo a inclinar el alma hacia la inspiración sagrada, como hacia un canto inescrutable en su desnudez; fuego interior de lo tribal que quise tomar con mis manos, para poseerlo en letras y espíritu, acogiéndolo en el fondo de mi hábitat íntimo.

Me dijo: “Pasa, camina, lee.”

¿Existe mandato sobrenatural que el hombre pueda ignorar? ¿Aquel que lo libera del peso de los huesos para que disperse sus límites y se haga uno con el caballo volador, con el latido de la tierra, en la sencillez de este mundo y otro mundo paralelo, apenas moviendo el borde extremo de una página?

Las páginas estaban solitarias, imitando el color de la arena marina antes de curvarse entre la tristeza y la melancolía. Me incliné sobre el libro; me besó, con una boca que parecía retener la sonrisa de la maravillosa narración. Luego me llevó de la mano hasta el borde de la corriente. ¿Habría descubierto mi tremenda necesidad de pasar a la otra orilla, doblando el curso de sus páginas?

Quizá, en un oscuro sueño o en la videncia deslumbradora, me dijo:

“¿No escuchas la Mar?”
“¡Ven! ¡Ven!”

Sentí que me prendía, que me encerraba, casi me arrebata hacia la cima de una cosmología sin límites ni tiempo. Volví la mirada a las letras, fijándome en el mar crecido que parecía sofocar su respiración. No era el rugido de la Mar, ni el grito de sus entrañas: eran las fieras. ¿No escuchas el jaguar de la Mojana? ¿No oyes tu animal de poder?

El libro apretaba mi cara entre sus páginas, como si quisiera recoger la miseria carnal, la voluntad, el alma y el espíritu, y mezclar todo hasta transfigurarlo más allá de la muerte.

¿Quién diría hasta dónde podemos descender, hasta dónde podemos bajar la mirada humana en busca de la perfección?

No dije una palabra; y, sin embargo, mi rostro místico y radiante de adivinación significaba: “Voy a desbordarme.” En mí había ya un alma musical, semejante a esos cantos primitivos para ofrendar a los dioses, que no se dispersan en los vientos de la mar y la montaña, sino que se vuelven subterráneos, como manantiales.

Del viejo libro de estampas surgió de nuevo la figura del jardalanin, con su fugaz resplandor, sentado entre los árboles, con el tambor sami entre las piernas, subiendo y bajando sus rodillas al ritmo de sus penas, rodeado de fieras amansadas. Luego me llevó de la mano hasta la orilla de mi mar Caribe; callados, escuchando el jadeo de aquel mar que había sido en el pasado océano de dolor.

Caminando por la orilla, hacia la selva marítima que se extendía hasta la falda de la santa montaña, me senté junto al noadjde. El grupo, bajo el umbral de la maloca con techo de paja brava, se doblegaba anhelante bajo el peso del ayahuasca. En mi ensueño, apresurándome a abandonar la orilla y confundirme con la infinita deidad del mar y del mundo, aparecían fieras que miraban sin acercarse, con la cabeza baja, mientras sus cachorros jugueteaban a mis pies.

El noadjde dijo al pueblo murmurante:

“Más valen estas fieras que nos reconocen y nos siguen, que cualquier hombre blanco, que no nos reconoce ni comprende y nos rechaza.”

Se puso de pie, intentando escrutar mis pupilas, acercando su mirada humana y divina con la mía. No miré su sonrisa paternal; sentí una tremenda necesidad de pasar a la otra orilla del presagio. Al acercarse y secarse el rostro sudoroso, las aguas me habían rodeado hasta el alma; me habían arrojado al fondo, en el corazón del mar. Permanecí tres días y tres noches en su interior, sin horror ante la visión, negándome al arribo, negándome a ser transportada. Sentí, por encima de mí, la barca de humanos hendir el Atlántico, y percibí todo el daño del corte de aquella proa, hiriendo la Mar.

Me dejé arrastrar por los remolinos y las corrientes, que transformaban en sustancia penosa mis pensamientos sueltos. No podía llorar, no quería gritar. Cuando creí desfallecer, apareció una mano sobre el agua, para asirme. Sentí elevarme sostenida en todo mi ser, en el sentimiento tímido de una fatalidad profunda.

“¡No temas! Te levantaré, pero volveré a conducirte al fuego. Te conduciré, más allá.”

No me quedó de otra que doblar la puntita del libro, con cuidado, para recordar la lectura sin maltratarlo.


La Capital, Martes 20 de diciembre de 2016


jueves, 15 de diciembre de 2016





Vientos de Paz 
Escucha la voz serena de la paz:
vaga por campos ensangrentados,
plazas clamorosas, ciudades incendiadas,
sobre el viento.


sábado, 10 de diciembre de 2016

Modigliani - La vie en rose (scene)



"Esta noche crucé un puente. Pero no había puente... Tenía una bolsa llena de amor. Pero a nadie para compartirla. Y entonces pensé en ti..." 
Modigliani

martes, 6 de diciembre de 2016

Schubert: 4 Impromptus, Op.90 (Zimerman)




"No existe el talento, sino el aprendizaje"

Krystian Zimerman 








"Sabía quién era esta mañana, pero he cambiado varias veces desde entonces."

"Sin embargo, pronto comprendió que estaba en el charco de lágrimas que había derramado cuando medía casi tres metros de estatura. ¡Ojalá no hubiera llorado tanto! -dijo Alicia, mientras nadaba a su alrededor, intentando encontrar la salida-. ¡Supongo que ahora recibiré el castigo y moriré ahogada en mis propias lágrimas!"

"O el pozo era muy profundo, o ella caía muy lentamente, porque mientras descendía le sobraba tiempo para mirar alrededor y preguntarse qué iría a pasar a continuación."

Frases de Lewis Carroll: Matemático, fotógrafo y escritor inglés, 
de nombre real "Charles Lutwidge Dodgson" y conocido sobre todo por su obra 
"Alicia en el país de las maravillas" (1865).



lunes, 5 de diciembre de 2016






La Caliza: 

Crónica de un silencio andino

La semana se eterniza hoy; Día de Todos los Santos. Pedaleo con el ímpetu de quien sostiene entre sus dedos un santo rosario. Por la vía silenciosa del campo, diviso el campanil del pueblo fantasma de La Caliza, que se alza enlutado entre la bruma de la mañana.

Sinuosas aguas termales se extienden alrededor, entre pastos verdosos y mantos de gredas rojizas y azulosas. Bancos de areniscas y lagunas cristalinas reflejan el resplandor de Oriente: un mundo en otro mundo.

Me late el corazón al ritmo de las campanadas de Nuestra Señora del Rosario, que amplían hasta lo eterno estos espacios poblados de invisibles pensamientos, de emuná sin lágrimas. Sus últimas lágrimas brillaron como gotas inciertas, esperando una chispa de respuesta divina.

Sobre la altura que domina el embalse, subo por un sendero que conduce al mirador semicircular de la montaña andina. Abajo, la marisma refleja un oscuro espejo donde se hunde la soledad de la inmensa Capital, mientras en fila bajan camiones cargados de frutas, tejidos en lana virgen, muebles de mimbre, madera y cuero.

A mis pies, la fría y húmeda tierra se viste de fina grama entre desfiladeros y llanuras inclinadas, pastos siempre verdes y fresias perfumadas. Más abajo, el silencio y la soledad se alternan con el sonido de arroyuelos límpidos; todo me hace bien, junto a la mar azul del Mediterráneo que llevo dentro, los cielos luminosos que alguna vez me abrazaron en el Caribe, cada uno con su propio universo.

La sombra se inclina gradualmente al rezo terrestre; la noche se dispone a coronar la urbe hirviente.

Mira, Lissa… ahí asoma un horizonte silencioso que guarda un misterio que no se revela.

No puedo pensar de nuevo sin estremecerme en aquella noche mía de diciembre. Me había quedado sola ante el destino; pero el destino fue de brasa. Era el retorno de una canción, nacida del amor, adherida a la carne, aferrada a la cima del corazón: él y ella, mejilla contra mejilla, labios contra labios, como si besasen juntos sobre un tizón.

Bajo el cielo de bronce, seguía relampagueando ininterrumpidamente el sonido de aquella canción que mecía mi corazón entre brasas y sombras. Me quedé allí, en estado de gracia, en ese estado musical que es perfección de espíritu para gozar del demonio rítmico, sin saber si era un encuentro casual o un reflejo de mi memoria envuelta en notas y recuerdos, entre memoria y deseo, como un tizón que besa la cima del alma, con el sabor de las palabras bellas.

(Fin)

La montaña Andina, lunes cinco de diciembre de 2016