
viernes, 7 de diciembre de 2018
lunes, 12 de noviembre de 2018
domingo, 15 de julio de 2018
(Crónicas del viento frío – Textos Poéticos Marigold Beach)
✍️ Elsa Patricia Marinovich Posso
¡Qué agradable era pasar a través de las arcadas del Portal de los Dulces —
de coco, ajonjolí, papaya biche y tamarindo—
en la tarde serena,
después de aquella conversación tímida
que arrojó en la oscuridad y en el horror
la suerte de mi Amurallada Ciudad!
Más allá de las sombras, cruzando la torre del Reloj,
suave era la bahía, y azul celeste el luto.
Pero las lágrimas de mi madre
jamás me habían hecho tanto daño
como me hacía el más leve movimiento de aquellas aguas.
Y la clara estela del barco que zarpaba
me dividía el alma en dos.
Sonreía burlón, viendo que todo mi ser estaba dolorido.
Realmente fui precipitada desde el Cerro de la Popa.
Ni Pedro Claver forzó los barrotes de la esclavitud,
ni Simón Bolívar bajó de su caballo y de su pedestal.
Pero, por sobre la fisura de mi alma,
penetró el rayo de sol poniente:
el último resplandor del ocaso
iluminando mi voto expiatorio
sobre el extremo de mis pensamientos.
Camino con fatiga, pero sin desfallecer.
No tengo deseo de hablar,
sino de correr a través de las casonas solariegas.
¿Quién me condenó a ser una piedra milenaria?
He nacido para sobrepasar las piedras milenarias.
Una piedra es el alimento divino de mi recuerdo,
de mi meditación y de mi espera.
Entonces, ¿por qué de nuevo me envuelve su ofensa,
en el momento aquel en que cedí mi libertad a su torpeza?
—¿A dónde crees que vas vestida así? ¡No seas ridícula!—
¿Notas que vuelve a sangrarme el alma?
No importa.
¡Me vuelve a sangrar esto y lo otro, o aquello, a mí, ridícula,
en el camino tortuoso cuando, por dolor y por amor,
me incliné a él, yendo hacia el altar;
y luego sentí sobre la frente
el beso bendito de mi madre,
que creía ser testigo de mi felicidad ideal!
Tal era aquel crepúsculo lejanísimo de un noviembre cinco,
cuando dije: sí.
La blanca capilla olía a sal;
venía el olor de la bahía marina.
La azuleaban las sombras celestes, provocando rizos de espuma.
El primer dardo de sol me pareció sonoro
cuando cayó sobre el teclado del órgano.
Entonces, el coro estalló en salmos;
retumbó por toda la nave central,
amenazando con levantar los tejados.
Fue semejante al guarapo nuevo en calabazo viejo.
Así, fuerte y nerviosa,
así bien formada y esculpida,
se ofrecía, ella, al cruel.
No tenía más de veinte años:
un alma de oro, de plata y de amor.
Necesito alegría.
Tengo afán de respirar alegría.
Desde hace demasiados años me marchito en el tufo de la muerte.
Desde hace demasiados años envuelvo mi tristeza
en mi envoltorio de tienda.
¡Juventud! ¡Juventud!
La juventud, hasta cuando se equivoca,
lleva en sí el aroma de la revelación futura
que decide el destino para la lucha,
para vencer, para vivir y morir,
o para emerger de los mares.
¿Se renovará su juventud como la del águila?
miércoles, 13 de junio de 2018
Elena Poniatowska: "Pues yo creo que la maltrató muchísimo, la hizo trabajar demasiado y la usó mucho hasta la juerga. Y no tuvo suficiente fe en sí misma… ¡no vayan a hacer eso ustedes en sus vidas! Es un poco triste, ¿verdad? Pero por lo menos sabe que puede contar consigo misma, porque sigue estando ahí…"
martes, 10 de abril de 2018
sábado, 31 de marzo de 2018
LOVE - John Lennon
es necesitar ser amado...
sábado, 17 de febrero de 2018
Bajo la aurora siniestra, nubes de palomas vuelan hacia lo desconocido. Anuncian lo que está por redimir sobre el miedo de las ciudades, miedo que ha alcanzado los Andes, Atlántico, Pacífico y sus islas, semejantes a navíos que parecen estar encallados sobre el color azul. Es la guerrillerada que se concentra en las zonas rurales y que viene dotada, no de armas, pero sí de una violencia flexible y bizarra, igual que un cazador lo asociaría al hálito poderoso de una fiera con la cual ha luchado de cerca.
La gente permanece taciturna y recogida, seria y extraña ante el enemigo que amenazaba el país, que secuestraba y extorsionaba, que taló los bosques para el cultivo de coca y contaminó los riachuelos con la minería ilegal. Urbes violentadas reaparecen llenas de cicatrices, con sus casas de cartón y patios cercados de alambres de púas, condominios protegidos por rejas y alambrados de alta tensión, calles atestadas por el hormiguero humano, mientras en los poblados tristes se desplaza el infortunio sanguinario en travesía silenciosa.
Saludamos a un presidente que fue elegido por el destino y a su paloma de paz, revestida con señales que nos parecieron maravillosas. Pronto saludaremos a un pontífice, rey de los romanos con alma cristiana, un vicario de Cristo vestido con el peso del gran manto inspirado por la muerte, musa de resurrección. Vendrá escoltado, se inclinará sobre el suelo de la Capilla como aquellos hombres caídos en tierras de guerra, con los ojos y el Espíritu vueltos a un cielo surcado de presagios y de nubes que se desgarran en cálidas gotas de lluvia, como si chorrearan de una amplia herida. Se sentará sobre el trono preparado ante el altar para recibir el beso del héroe soldado que se inmortaliza, el beso del exguerrillero, el beso de los cardenales y el beso de Judas. Su mano se levantará tres veces trazando en el aire de la Nación el signo de la cruz, mientras la cruzada sin cruz se incorpora al tinglado político.
¿Qué poder trascenderá desde la aureola del alma cristiana del Pontífice, a la expectación del pueblo y la paz? ¿Dolor y esperanza conformarán un solo regocijo? La orden de paz desciende de la serena claridad de la aurora. Se ve ondear las alas blancas sobre las madres vestidas de luto, sobre las bocas entreabiertas de niños hambrientos, sobre cabezas vacilantes de hombres y mujeres cargados de atroces recuerdos, y sobre toda carne mísera y cansada que se consume sin lágrimas.
Horas de preocupación y tregua se viven ante la buena causa de la paz. Ahora bien, me preparo. Hay que prepararse para recibir al viejo enemigo. Cada uno de ellos ha asumido la actitud entre jactancia y arrogancia, entre osadía y firmeza. Se dicen ser hacedores de palabra en vez de disparar balas. El pasado no vale ya. Las milicias se levantan, entregan armas y el himno nacional parece mecer a las verdaderas víctimas: los muertos olvidados.
Cierro los ojos y vuelvo a ver la ardiente masa en el resto del mundo, como el lingote que debe soportar el yunque y el martillo. Todo este tiempo tiene el aspecto profundo de los sueños que son ilustrados por el intérprete de los destinos.
domingo, 11 de febrero de 2018
Yangtze River - República de China
Bastó para agitar mi melancolía.
Fue un viaje maravilloso, más allá de los sueños. Recuerdo cómo las ramas revoloteaban con los pájaros, mientras bandadas de grullas migraban en un cielo de gota de agua sobre la flor de loto, y todo palpitaba con una vida simple y profunda.
Cada día era un nuevo comienzo hacia la belleza desconocida. ¡Cuánta vida! Y no es novedad que vivamos en un mundo donde la belleza es inexplicable. La belleza no es para poetizarla, es para vivirla en su dimensión eterna y fugaz: formas, texturas, colores, sonidos, perfumes. Todo era nuevo para mí. Imágenes que asomaban con fascinante exuberancia, pasaban como flashes espontáneos, uno naciendo del otro e iluminando otros en ciclos de esplendores.
Contemplaba con visión panteísta tratando de retenerlas en mi alma: la brizna de hierba, las extrañas formas de las rocas, los castizos brotes de las montañas sagradas, los picos e innumerables senderos encumbrados, las gotas ligeras de rocío o densas como el granizo y hasta los cielos supremos que parecían evaporarse con un infinito e inagotable lamento. Adivino la lluvia. Es como la insurrección repentina de multitud de nubes rojas, grises y revolucionarias, que se levantan y embriagan a un ritmo legendario de himnos que gritan consignas que desconozco.
Y de repente tienes tus propias rutinas:
· La eternidad en un instante, lejos de casa, en poblados solitarios; y nuestras penas, tan difíciles de traducir a ese idioma extraño, solo entendido por ellos.
· La soledad que da origen a lo inusual y delicado: la poesía. Pero también, da a luz a lo opuesto: a lo peligroso y perverso, a lo insensato e irracional.
Como en sueños, elevada por la fuerza del sueño, estoy allí; en la región de los dioses y de los emperadores. Y el corazón me grita que voy hacia un asombroso “Oriente rojo”. Un mundo apenas cambiante hacia la apertura campo-ciudad de la China del post-Mao. El Mao Zedong anti-imperialista cuya herencia se ha ido desvaneciendo más allá del comunismo, socialismo, capitalismo o consumismo.
En la gran plaza, una fila interminable de cuerpos disciplinados avanzaba en silencio.
Vi al hombre que había sido dios y emperador.
Allí yacía Mao, embalsamado, en su urna de cristal,
custodiado por un aire solemne que olía a incienso y obediencia.
Los rostros a mi alrededor no expresaban dolor ni fe,
solo la costumbre de mirar hacia arriba,
como si aún esperaran su orden.
Yo, extranjera, lo miré en silencio.
Sentí que observaba el fin de una dinastía
y el comienzo de un espejismo.
A través de la calle principal de China —el gran río Yangtzé— barcas de pescadores navegan hacia la montaña prohibida. Voy errante por las playas de los Cientos y Mil Pasos. La ribera está fría, aquí y allá húmeda, rojiza, estriada de arenas de oro. Las cuevas están oscuras, desnudas, vacías; pero todos en pie como los guerreros de terracota, conquistadores. Soy todo ojo, oídos y toda imaginación. Escucho un fuego, un crepitar, un enfriarse y un apagarse como el final de una vela. Sudo y jadeo. ¿Quién es aquel hombre, de rostro amigable y sereno, túnica teñida de cúrcuma y azafrán, con el aspecto de un dolor que poco a poco la lluvia debilita, desvanece y apaga; y que se alza sobre la montaña sagrada, el relieve kárstico y las fértiles terrazas de cultivos de arroz remontándose por las escaleras de espejos que suben al cielo? Goza en paz.
Pasan y vuelven a pasar unas sombras ligeras. Son sombras débiles que me rozan; se disipan, vuelven. Las sigo atenta. Bastan para turbar mi retiro y para impacientar mi nerviosismo. Son las sombras de los antiguos espíritus en forma de viento que bordean los picos sagrados de las montañas.
Un fondo para una gran obra de arte.
Me palpita el corazón en la más fresca poesía; y no sé ni quiero saber si obedeceré al espíritu de exaltación de las cumbres arboladas de templos, pagodas, monjes budistas, o al espíritu del silicio.
Era el sosiego que amaba, así de simple, sin significado alguno, la miel cayendo en cascadas. Aunque debo admitir que me gustan las palabras de Thomas Fuller, quien dijo: “La poesía es una miel peligrosa. Te aconsejo que solo la pruebes con la punta de tu dedo y no vivas de ella. Si lo haces, desordenará tu cabeza y te dará vértigos peligrosos.”
Confieso que me seducía más la ciudad cuando no estaba segura de lo que significaba. Da esa visión de un rostro brillante, irradiando la apariencia de las cosas. Mi destino inseparable es ése. Me dan ganas de llorar.
La muchedumbre crece, me golpea, me atormenta. Ya no hay sombras que engullen los cielos. Ni fascinación matutina, ni un alma atónita que se contempla así misma, ni un tallo cargado de florecillas rosáceas o violetas, sino columnas de humo oscuro que vuelan hasta el cielo. Y un ruido amargo y ensordecedor que sube desde el corazón de la Capital.
viernes, 19 de enero de 2018
viernes, 12 de enero de 2018
miércoles, 10 de enero de 2018
Según nuestra manera tercermundista de ver y sentir las cosas —más fanática que religiosa—, el augurio de que el Año Nuevo sea como en los tiempos pasados, cuando se preguntaba a la gente “¿cómo estás?” y sonreían contestando “excelente”, —ya fuera por hechizar el destino o engañar a la servidumbre que carga sobre el pueblo que gime bajo las estrellas—, ante la realidad desnuda, no se siente igual.
El país vive su período más atormentado en su gesta de paz. Los discursos electoreros —casi fatales— llegan desde todos los rincones, llenándonos de incertidumbre, inquietud y desconfianza. Un proceso de paz que, en lugar de sanar, parece nutrir la enfermedad del miedo y la venganza. Y debería ser lo contrario.
De tal manera que el buen augurio de Año Nuevo, ese antiguo azar próspero y dorado, ¿no debería ser para el pueblo más bien un pronóstico de tradición hacia un porvenir feliz, una invitación a precipitar sobre nosotros la anhelada paz?
Cerremos los ojos y abramos el alma. Solo así podremos sonreír… y yo también podré sonreír imaginando un país libre de abuso de autoridad, pacífico y sereno, donde la belleza y la humildad se sienten juntas entre el pueblo y se fundan en un solo canto para celebrar la bondad de la vida y la paz.
Un país que vuelva a confiar en sus instituciones, donde la corrupción rampante —del “todo vale por la paz”— desaparezca, y sean judicializados los funcionarios públicos y contratistas del Estado.
Un país donde la seguridad de sus calles y autoridades inspire respeto al delincuente, y no lo contrario.
Un país donde las estratificaciones sociales desaparezcan, y todos nos reencontremos en una playa centelleante o un parque iluminado de senderos ecológicos, todos como iguales.
Un país construido con espíritu de equidad e inclusión, donde terminen las largas filas en los hospitales, y cualquier ciudadano tenga derecho a justas indemnizaciones o licencias por enfermedad y vejez.
Un país donde bajen los impuestos, se combata la evasión y la economía informal pueda emigrar hacia la formalidad del trabajo digno, superando así la estrechez económica.
Por último, que el pacto primitivo concertado en el Acuerdo de Paz entre el gobierno y el grupo guerrillero más grande del país —firmado hace apenas dos años—, que podría hacer trizas la democracia según los intérpretes de cláusulas oscuras o dudosas, sea revisado cuantas veces sea necesario. Que sus delegados y representantes confirmen, corrijan y sometan el texto al examen minucioso de la autoridad judicial, para resolver las diferencias. Que los autores de la narco-guerrilla, perpetradores de crímenes de lesa humanidad, no lleguen al poder por la vía de la impunidad o la amnistía, ni los congresistas tengan por qué sentarse en sus curules al lado de asesinos, secuestradores y extorsionistas de sus propias víctimas.
Nos convendría a todos, para construir un país libre y renovado en este año de resoluciones difíciles, que la fuerza espiritual de los acontecimientos y de los líderes estuviera en probidad sobre las mentes ansiosas, contrariadas y afligidas.
Y más conveniente aún sería que el protocolo de la paz no trate de disipar de la memoria humana el horror narco-fariano y criminal que por décadas azotó al país.
¡Paz! ¡Paz! ¡Paz!
El pasado pertenece a la muerte; el porvenir es tuyo.
Que el amor y la alegría transformen el más duro corazón de piedra en un corazón de carne, mientras la Verdad y la Justicia, elevadas en un trono de esperanza, reinen sobre la postrada Nación.
Y nunca olvidemos que, entre tantas columnas esculpidas del Capitolio Nacional,
los muertos son las columnas invisibles.









