domingo, 28 de mayo de 2017







Dolor de la noche

Daniel, "Los hombres se vuelven hermanos allí donde reposan tus suaves alas"
Novena Sinfonía Himno a la Alegría - de Ludwig van Beethoven
https://www.youtube.com/watch?v=sxh1Y0q4lT8

La noche había desfallecido, y todo se helaba. La charca de agua luminosa se nubló. El canal era como un río sagrado donde, al anochecer, una joven vida se diluía entre piedras y malezas. No hubo ráfaga de viento. La tristeza no llegó por el aire, no vino de lo alto. Estuvo acurrucada a sus pies, sin alas.

La luna teñida de rojo, insensible, contemplaba el cuerpo exánime. Los jóvenes estaban allí, ante el amigo que reposaba a sus pies como un ángel. Una voz estalló en sollozos; no lograba dominar el temblor de su boca. La luna descendió para iluminar la palidez de los rostros, tocando con cautela el cadáver y el auto volcado. La voz de una chica persistía en la disculpa. ¡Cuánta tristeza se esparcía sobre cada hora que pasaba!

Fue larga esa noche. Él no se movía. Con su rostro blanquísimo, casi disuelto dentro de aquella claridad de alabastro y la sonrisa feliz, parecía inmortal. De pronto, el aullido lúgubre de la sirena desgarró el silencio.

Los confines del alma se pierden, los del cuerpo se desdibujan. "Daniel duerme bajo otro destino", así pensaba yo.

La Capilla del Colegio estaba llena del crepúsculo violáceo que emergía de los vitrales, tiñendo el aire de un resplandor mágico que parecía hacer flotar cada mirada y cada suspiro. Avemarías. La Madre llora a su único hijo, con una pena que oprime su corazón. Su padre entra sin ruido, con un suspiro de cansancio, se deja caer sobre una banca. Está cansado. Ha transitado por calles, avenidas, hospitales, funerarias, iglesias, camposantos. Sobre su vestido oscuro, fatigado por el perfume fúnebre, se percibe el olor de cera, de flores martirizadas por las espinas, de incienso y mirra. Una grandeza solitaria y mística envuelve la velada de rostros trágicos que parecen levitar entre la luz y la sombra, en un silencio denso y vibrante.

¡Ah! ¿Qué son esos cantos que unas veces sumergen, otras emergen, y otras confluyen deliciosamente en una sinfonía de color? Era la Banda de Guerra, muy varonil, que engalanaba con destreza y majestuosidad el Himno a la Alegría, expresando así la vida de las cosas finitas entre granaderas, liras, timbas, trompetas, tambores y platillos. Mientras, obstinadas como en una batalla sin cuartel, las palomas gritaban para él en los jardines bordeados de pinos tristes. Los campaniles ya tenían voz.

Me tiembla el corazón. Y me vuelve la lejana infancia. El viento me trae la voz de mi hijo llamando a su amigo y compañero de curso: "¡Daniel! ¡Daniel!"

La Capital, Domingo 21 de mayo de 2017.


sábado, 27 de mayo de 2017







Hoy no quiero tener más altar que este 

Te diré algo.
Ya no intento luchar con la vida… ni siquiera la entiendo.
Solo quiero pasar por ella con cierta dignidad, como cualquiera,
en esta mi hora de soledad —una hora generosa—,
vaya yo, que tuve siempre hacia los demás
todas las generosidades y todas las paciencias,
mientras coqueteaba con las afrentas y los maltratos.
No sin lágrimas.

Para cualquiera, mis lágrimas podían ser de dolor,
por la culpa, el remordimiento o el arrepentimiento;
pero no podían tener nada de vanidad,
ni de falsedad, ni de traición.
Las alimentaban tristezas que parecían crispar
la sombra azul celeste hollada
por la sofocada traición del cruel e inhumano,
del de dentro y del de fuera,
por los enemigos domésticos e intrusos,
mientras mi juventud huía.

Y eran lágrimas que podían tener
la misma aptitud solícita
de aquellas derramadas por La Piedad de Miguel Ángel.
¿Cómo hizo Miguel Ángel, desde el fondo de su genio creativo,
para tallar en aquel rostro la profunda tristeza
iluminada todos los días de los futuros siglos?

No, no soy una estatua de mármol,
ni estoy en un museo, ni en un país de veraneo,
ni tengo por delante un horizonte pintado de azul celeste
para las lunas de miel placenteras.

Escucha:
desde hace ya demasiado tiempo oigo la queja
de quien, a lo lejos, sufre el hambre del cuerpo,
el hambre del alma, el humillante abuso
y todos los dolores.

Duerme La Capital ligada a la violencia sin tregua,
donde el espíritu se atormenta en el horror,
y como ayer, sigo llorando de tristeza
ante la soledad implícitamente otoñal.

Pero para ti, aquello no era sino
un lloriqueo de mujer frágil.
¡Y, sin embargo, no me creíste!
¡No me perdonaste!


viernes, 26 de mayo de 2017

sábado, 13 de mayo de 2017


Máscaras, agonías, resurrecciones, destejerán y tejerán mi suerte. 

Jorge Luis Borges








Segunda Piel

¿Cómo está hecha ella, que tanto sabe de las cosas y no sabe cómo está hecha?

La vida es un gran drama falso, con disfraces y mímica; la arrastras, finges, sonríes. Pero unos ojos que te miran de lejos son tan ciertos, que sin decir palabras te confunden los pensamientos y te devuelven a escenas perdidas.
Así, y no de otro modo, es un don del alma: sin límite ni peso, esta afrenta que me haces hoy me servirá para la eternidad.
Y todo es teatro, destino oculto, esclavitud y angustia —una segunda piel que el alma no puede quitarse.



viernes, 5 de mayo de 2017





No tengo la mirada de ayer... pero quiero apartar de mí la tristeza de mis recuerdos y la pesadez de mis deseos.