Mar de leva
Mar de leva
(Poema al padre desterrado)
Entre la voz del mar y la del viento,
a veces escucho el eco del exilio:
un diálogo antiguo entre lo que se fue
y lo que permanece.
Este poema nació de esa memoria
que aún respira travesía
en la orilla del alma.
— Lissa
Ella
Dos mares me habitan:
uno que nunca vi,
pero cuya sal llevo en la sangre,
y otro que me arrulla cada noche
con su rumor antiguo de caracolas.
Él
¿Quién está ahí?
Ella
Frágil,
me hice digna de permanecer
sobre el ápice místico de la vida.
Él
¿Quién va?
Ella
Los cabellos de mi padre
eran hilos de oro,
y su mirada, azul profundo,
nostálgica del mar.
Él
Yo partí con el corazón hecho trigo.
Dejé mi tierra,
la piedra blanca
y el viento del Levante.
Llevé conmigo
la imagen de los olivos
y un pedazo de pan
envuelto en silencio.
Ella
Tu acento se me pegó al alma, padre,
como el polvo de un camino que no termina.
A veces me siento extranjera
en mi propia tierra,
reconociendo tu nostalgia
en mis letras.
Él
No hubo retorno.
La guerra, con su furia,
borró el camino de regreso.
Quedaron cartas
y fotografías amarillentas,
duras, tiesas,
y una mirada fija en el horizonte
que ya no sabía de fronteras.
Ella
Las antiguas heridas del hombre áspero,
sacudido por la tormenta del destierro;
la mirada vuelta hacia su patria;
el amor y el dolor de su madre
—rostro santo—
hoy reposan velados
por el ángel
y el tañido de campanas
que conmueven el silencio funerario.
Epifanías de la eternidad.
Paz. Paz. Paz.
Ella
En los hombres que lanzan el anzuelo
a lo profundo del mar,
veo tu sombra.
Y en los hornos
donde aún se cuece el pan,
escucho tu voz antigua
repitiendo mi nombre:
Elisabethy.
Así me llamabas
cuando estabas cerca.
A veces tu voz llegaba entera,
otras venía quebrada,
como botella contra piedra,
como palabra que se pierde
antes de tocar la orilla.
No siempre estabas.
No siempre eras tú.
Pero cuando pronunciabas mi nombre
—aunque temblara—
yo sabía
que aún habitabas el mundo.
Él
De herencia te dejé
mis silencios,
mi idioma incompleto,
mi nostalgia húmeda y cálida
sobre tu rostro.
Tú, hija del mar y de la distancia,
eres mi regreso posible.
—La orilla que no se desprende—
Un día dejé mi costa.
Y entonces lo entendí:
la orilla natal
se queda atada al borde del alma.
No se desprende.
Solo aguarda.
Cuando el mundo grita,
yo regreso.
Oh mar…
enséñame a vivir.
Aquí la brisa entra sin pedir permiso.
Aquí el agua se desliza
y traduce un idioma antiguo
que no se escribe:
solo se siente.
Camino descalza.
El mar me nombra.
Me reconoce.
No busco nada.
Encuentro todo.
Y en este borde del tiempo,
mi espíritu —por fin—
descansa.
Silencio.
El agua guarda su voz.
Yo también.
“Hay historias que regresan como un eco sagrado.”
La de David y Salomón.
Pero no el David marmóreo, impecable y frío,
el primogénito imaginario de Miguel Ángel,
cuyo cuerpo perfecto jamás conoció la herida.
El David que nos ciñe es otro:
el que caminó entre espadas,
que buscó a Di-s en el polvo,
que aprendió a gobernar primero su corazón
antes que un reino.
Y Salomón, el que edificó sobre lo heredado,
—el uno lucha, el otro construye—
como también sucede entre nosotras.
Hija, hay algo que el Eterno me recordó.
Cuando tu padre falleció
y las crisis nos rodeaban como un cerco,
Di-s me dijo: “Pídeme lo que quieras.”
Y yo respondí: “Sion para mis hijos.”
Un refugio.
Un propósito.
Un destino que respire en Él.
Con los años descubrí que ya nos había dado Sion,
pero a veces —aun con la bendición en las manos—
se nos escapa el contentamiento,
y el camino se tuerce intentando controlar
lo que solo Di-s puede enderezar.
Él me llevó al final de Job:
tras la prueba, un nuevo capítulo.
Y luego a los Salmos:
las heridas y victorias de David,
su voz temblando y volviendo siempre a Di-s,
con la humildad que abre puertas
que el orgullo cierra.
David unió lo dividido,
pero lo hizo en el campo de batalla;
no desde su palacio.
Allí entendí que el “palacio”
es cualquier comodidad que adormece,
y que Di-s nos llama a permanecer despiertos
en medio de la lucha, del cambio, del aprendizaje.
Como David preparó todo para que Salomón edificara,
así también Di-s coloca en las manos de Sus hijos
los recursos, los planos, los proyectos, la fuerza, las ideas y el camino.
Porque hay misiones que no se delegan:
se cargan en el pecho, se oran en silencio
y se levantan con las propias manos.
Y ahora, hija, esto es lo que quiero que guardes:
Yo he peleado batallas que casi nadie vio:
campos removidos, heridas antiguas,
puertas que rechinaban antes de abrirse.
Tú, en cambio, tomas ese terreno
y haces surgir vida, claridad, orden.
Donde otros dejaron ruina, tú levantas palacios.
Esa es nuestra herencia:
espiritual, emocional, material;
una herencia que se sostiene en la verdad
incluso cuando se oscurece el cielo.
Y algo permanece intacto:
Di-s te dio sabiduría como herencia.
Y no permitirá que otros construyan tu templo,
tu vida, tus proyectos,
tu casa.
Esa misión —completa, luminosa, irrevocable—
es tuya.
Dejemos a los antiguos artistas
esculpir y pintar a su manera.
Al final, es más fácil romper el mármol
del David de Miguel Ángel
que descifrar la Palabra viva
que nos ciñe a las dos.
En esta sección, la autora atraviesa el paisaje más complejo del alma:
el territorio donde el dolor antiguo aún tiene espinas,
pero donde la palabra, por fin, florece sin permiso de nadie.
Las Sátiras del jardín interior nacen de un gesto profundamente humano:
convertir una herida en inteligencia,
una traición en claridad,
y un recuerdo que antes dominaba, en un simple personaje de farsa.
Aquí aparece la figura de Don Pancho, un arquetipo rural y deslenguado,
cuyo verso chueco, heredado y adaptado del poema de Federico Martínez Rivas,
sirve como espejo deformante —y por eso mismo liberador—
para satirizar una relación que nunca estuvo a la altura de la autora.
Don Pancho es, en estas páginas,
la encarnación caricaturesca de lo masculino cuando se vuelve
torpe, arrogante, folklórico sin gracia,
incapaz de comprender la delicadeza que dice proteger.
Es el vocero involuntario de una comedia amarga:
la de un hombre que presumía linaje,
pero carecía de grandeza interior.
La autora utiliza la sátira no para humillar,
sino para redimensionar aquello que la hirió.
A través de la ironía, desactiva el dolor;
a través de la risa contenida, recupera su dignidad.
Este texto —esta pequeña venganza literaria—
marca un antes y un después en su historia emocional.
Es la prueba de que la palabra puede desarmar una sombra,
y de que nadie, ni siquiera en la memoria,
puede seguir pisoteando a quien ya aprendió a narrarse a sí misma.
Lo que aquí se presenta es, por tanto,
constancia para el archivo íntimo y para la posteridad:
la autora sobrevivió a un amor de años, indigno,
a un orgullo vacío disfrazado de nobleza,
y transformó el desprecio que recibió
en lucidez y arte.
Que estas Sátiras del jardín interior permanezcan como testimonio:
no del hombre que la traicionó,
sino de la mujer que renació.
— El editor
A duras penas aparentaba complacencia.
La risa, contenida en la garganta, me subía a los ojos,
donde se me helaba como un llanto convertido en escarcha.
Luego me corría cuello abajo
y volvía a aguijonearme la mente
como una avispa obstinada, repitiendo su verso chueco:
“Mire bien este anillo,
que puede ser para Ud.
Se lo dice Don Pancho
que vive en su rancho
con su mula negra
y con su vaca barcina.
¿Será que Don Pancho perdió la chaveta por Ud.?
¡Coja, ábralo, póngaselo o tírelo!”
Y de pronto, él —el del anillo, el de la historia torcida—
dio un salto:
“¡Y se armará en el rancho un gran zafarrancho!”
—¿¡Pero qué dice!?— me espanté,
mientras por dentro me estallaba la risa,
esa risa bárbara que te muerde cuando te imaginas
su futura cara tétrica
al renunciar yo a tan “alta” petición de Don Pancho,
él mismo rumiando la oda feliz:
“El pobre Don Pancho.”
(Adaptado del poema de Federico Martínez Rivas)
Mira, tú también eres de esta estirpe.
A veces —en medio del ruido del mundo—
el Eterno siembra a una mujer bajo una palma datilera.
No para que reine con cetro,
sino para que escuche. Para que observe.
Así era Débora.
Y así son las almas que llevan luz sin hacer ruido:
se sientan un momento,
respiran,
y el cielo les habla.
Dicen las Escrituras que ella juzgaba al pueblo,
pero en verdad era el pueblo del Libro quien subía a su sombra
a buscar un poco de Luz,
como quien sube a una colina
para ver dónde empieza el horizonte.
Tenía la voz dulce de la miel,
sabía cuándo callar
y cuándo levantar su palabra,
para que otros encuentren el camino,
solo obedeciendo la voz
que arde desde dentro.
Y cuando Barac tembló,
ella no lo avergonzó:
le ofreció compañía.
Porque hay batallas que solo se ganan
cuando una mujer de espíritu firme
camina al lado —
sin pedir reconocimiento,
sin exigir nada,
solo obedeciendo la voz
que arde dentro.
Dicen también que cantó.
Y uno imagina ese canto con olor a tierra y a relámpago;
como los cantos que brotan
después de una tormenta en el mar:
cantos que no buscan aplausos,
sino agradecer
que la vida sigue siendo vida.
Tal vez por eso te has visto en ella.
Porque tú también conoces
ese lenguaje silencioso:
esa manera de proteger
sin que nadie lo sepa;
de hablar con las plantas,
de entender a los animales;
de servir desde la generosidad oculta;
de permanecer firme
sin hacer ruido.
Hay mujeres que no necesitan coronas.
Solo sentarse bajo una palmera,
frente al viento que pasa,
con la certeza de que el cielo escucha.
Débora fue una de ellas.
Y tú —en tu propio tiempo,
en tu casa frente al mar, sobre la colina,
en tus luchas de justicia y memoria—
también lo eres.