Una
mañana en La Capital, camino al Café Bronce de la calle 125.
Momento en el cual,
lloviznando abril sobre el pavimento de las sucias calles, abrí el paso a la melodía de un alegre dolor ¿Era la última hora? ¿O era la primera hora? ¿Era ese mi día final? ¿O era el día de mi comienzo? Lo recuerdo.
Ciertamente soy afortunada en mi sacrificio y dolor:
"De sílaba en sílaba su voz se quebrantaba. Qué difícil fueron los últimos meses de lucha, y que
lamentable la aflicción, por querer conservar su negocio de Café.
Lissa, se había
recostado sobre el respaldo de la silla de estilo campiña francesa, echando un poco hacia atrás su cabeza.
De pronto, la puerta se abrió a la entrada, y alguien entró. Se estremeció.
La palabra se quedó en su boca, pero una luz de divina se dispersó dentro de aquel
lugar que animó a Lissa, disminuida en
toda su tristeza y en su carne cansada. Tomó el sobre de manila que reposaba sobre la mesita, aquella Escritura inútil llena de
sueños y de cuentas por pagar y, como mujer cargada de hijos, no pudo sostenerlo más. Conteniendo sus lágrimas, se deshizo de su amado negocio de Café. Era una fría mañana de llovizna incesante, la despedida estuvo en el fondo de los
ojos de sus empleados. Rehuían mirarle. Una, la más cínica y perversa, al salir
de la barra donde el olor a café se hacía más intenso, murmuró: “Ni un milagro podría…”"
Creo en los milagros.
Creo en la oración. Pedí en nombre de lo que más conviniera a mis hijos y a mí; mi deseo me fue concedido en nombre del Servicio, del Amor, de la Paz, de la
Honra, de la Bondad y de la Sabiduría; en fin, aún lo recuerdo: He vencido
Seguí el consejo divino y estoy convencida de que mi Deseo más profundo me fue respondido
y concedido. En ese último día, sobre la derrota de tener que deshacerme del negocio
de Café donde había invertido una considerable suma de dinero, tiempo,
esfuerzo y mucho trabajo, de pronto, en esa última hora, en ese día estéril, una
magnífica respuesta resplandeció sobre el día gris que la llovizna había hecho
más oscuro. Salí de allí, y comenzó a entonarse, una infinita melodía que no se percibía en aquel lugar, sino desde la cima del alma. Un canto de liberación en tono bajo, una
promesa sin palabras o quizá de promesas desconocidas. Y en medio de aquella respuesta, llena de asombro
sagrado y de una esperanza sobrehumana, llegué a mi casa y me arrodillé, en
puro espíritu, unida a aquella respuesta.
Quien ha dicho una vez
adiós y ha retornado por segunda vez, no debe retornar ni decir adiós por
tercera vez.
Hoy, después de
siete años, no quise saber más de negocios de cafés, ni de proyectos de arquitectura.
El Amor por mis hijos, fue la causa de todo.