Recuerdo lo vivido antes…
Antes cuando nos queríamos, cuando éramos felices y me protegías del sol
con sombrilla de encajes cubiertos de oro. Caminábamos sobre un jardín adornado
con piedras preciosas: rubí, jade, topacio y zafiro. Éramos andarines, nos
gustaban las canciones de la samba brasileña y el jazz. Todas las canciones
divertidas. El cielo imprudente era tan azul, la brisa marina cantaba sobre el
Caribe y el mar saludaba de una reverencia a las chalupas de Barbacoa.
Veo la tinta del tiempo correr... de cosas que ya no son.
Recuerdo a ese joven imberbe. O todavía casi un niño que me deseaba. Una
persona proba, coherente, recto. No contaminado.
Hasta que
la perversidad halló lugar en él…
Mis ojos llenos de tristeza, ven al hombre malvado: Un niño en el cuerpo de un hombre endurecido
me tiene en la mira. Me mira de arriba abajo, con desdén e insolencia. Con su mirada
que ve a través de otros, me cuestiona. Soy transparente. Mi cuerpo es diáfano. Siempre se cuentan
historias insensatas. Lloro. Me lamento. Me quedo sin voz. Voy por la pendiente
del error, del miedo y del pavor. Este niño grande me persigue. Me
tortura. Es aterrador, un niño que nunca pudo obtener la legitimidad de un hombre adulto, muy a pesar de tener una madre férrea, la paternidad, el liderazgo y la fama. Su ira oculta hirió y arruinó a una noble familia.
Los ecos de la felicidad se convierten en canciones tristes...
Tengo miedo de la noche. Los golpes del corazón ahogan mi pecho. Se vuelve hacia mí. Mi corazón es el
objetivo donde apuntar. Me dispara, hasta hacerme desfallecer. En las sombras su fuerza es brutal. Estoy aterrada. No puedo estar más aquí. No quiero. Horrorizada me sostiene entre sus brazos. Se calma y enseña en la sonrisa los dientes infantiles. Risas en la tormenta y luego se duerme. Y lo miro. No
es ya violento. ¿Qué es ese escándalo? Afuera la multitud murmura. La multitud con grandes manos roba
mis penas. Mi vida es un reproche constante. La vida que el
arruinó. La sombra de la desdicha, no me abandonará.
Alguien dijo: “Hay una desgracia”…y vino la señal.
En una noche de luto, agitado por un mar de desesperanzas… fue
entonces cuando todo cambió: En el Festival de la Leyenda y el milagro a la Virgen del Rosario, tocó el acordeón una nota
en bombo silenciado. Una melodía al aire salvaje de la puya vallenata, que escenificó la historia: Bajando por la ladera del Valle seco, una joven desconocida para él, aquella rosa en flor fue la señal de la lluvia de rosas. Miró a la mujer. Y allí donde se cruzaron sus miradas, hubo un cielo de tormentas y
canto de pájaros, más allá del duelo de acordeones. Y se dijo en la
intimidad de su arrogancia: “¡Yo soy Dios!" Se sentía sentado en un trono de dioses y, a su lado, la diosa vallenata. Se les vio en la parranda danzar de un escenario a otro bebiendo todos los licores. Entre duelos y versos de rosas que los cielos vencen, cargados de coplas y de todos sus juglares, se sumergieron en un universo ritual en torno a la música del acordeón. Ella, con suave andar y pequeñísima falda, agitaba el vientre mientras lo miraba triunfante. Él, entre aquellas rosas, halló su embeleco. Aquella noche misteriosa, me estremecí desafiando el dolor del alma y exprimiendo del corazón la sangre. Temblaba por una victoria que tuvo la voz de una musa de pie ligero.
¡Lo que me pasó!...¡Oh mi Dios!
¿Crees que las victorias son fulminantes? ¿Qué dan sus flores, sus frutos, sus pensamientos, sus alegrías, cada año? ¿Crees que están en pie y marchan? No me respondas, sino sabes. Debes saber que la vida siguió aplastando sin piedad. Todo marchaba a saltos. Me quitaron todo cuanto de dulce podía aún nacer de mí. De mí, la perdedora, decían que mi corazón estaba muerto. Adiós mi corazón. De allí, la virtud del dolor, del dolor firme como un pacto. En el
polvo, la voluntad se multiplicó: No se escucharon ya más quejas, no se vieron más lágrimas. Sólo unos brazos heridos, se ofrecieron al servicio de madre. No quise nada
más. En soledad conseguí crear todo mi mundo. Un lugar inviolable del espíritu. Un espacio espiritual del sacrificio, que no necesitó altar porque es un rezo petrificado y una ofrenda inagotable.
Veo la luz…
La desterrada que de
angustia en angustia, de error en error, de temor en temor, de señal en señal,
de rezo en rezo, -todo en el orden secreto de Dios-, encontró la luz terriblemente nítida sobre el cielo maravilloso. Una mañana de principio de enero de un cielo asombroso, allí donde lo noble y lo bello se bastan, la felicidad llamó a recibir los presentes celestiales. Entonces volví a vivir. Soplaron aires. Se empezó a ver un puerto
al borde del mundo de un azul que el cielo prudente y ruborizado lo convirtieron en plata. Permanecí allí acurrucada, en silencio, mirando, escuchando: La Amurallada Ciudad, bella, fuerte y fraterna, con su divina miseria. Fundada en las ruinas con ayuda de todas las sangres, con sus colores dibujados por
el sol, amarillo como los canarios, luego los tonos se multiplicaban sin fin, y sus callejuelas se abrieron al infinito.
Veo mi vida… y su muerte. Mi vida que sigue. Su muerte que sigue…
El cielo se enrojecía como si fuera sangre. ¡Es signo de tormenta! Llega la tempestad como aullidos. Un día tan oscuro como la noche. De un desprendimiento de nubes peligrosas. Era como
haberse apoyado en un cayado de caña que luego se desgarra, se quiebra y se
rompe. Un final terrible para el hombre malvado. Un ídolo de bronce consumido y reducido a cenizas. Un despojo humano fue arrojado al fuego de un desmesurado horno crujiente a la vista de todos los que le admiraban. En su último deseo pidió que su ataúd fuese depositado bajo las rosas. Más sin embargo, no hubo brillo de rosas que protegieran los años en buena medida de su suerte. Y la sobreviviente, salida de los escombros, la que todo lo dio y nada tuvo y teniendo en el pecho enraizado un odio, se lo arrancó con sus propias manos para luego arrojarlo sobre el encendido, inmenso y crujiente horno. Horno que pidió ser alimentado, que lo pidió todo, lo quiso todo. Y todo lo devoró.
¡Ah, dolor! ¿Dónde los años de mi vida? ¿Dónde el triste impedimento?
Crece el silencio en las callejas y plazuelas. Los portones de la Amurallada Ciudad se abren chirriando. Pasan sombras oscuras como mujeres veladas. Y la gente, de un lado a otro, caminan como locos. Todos corren, mientras las campanas no suenan para mí sino para los adioses y condenas. Suenan en medio del cielo y envueltas en nubes violeta, murmura su fúnebre tañido. Su sonar grave y lúgubre acompañan al viajero en el último camino. Finalmente, un olor verdoso a tumba húmeda pasa por sobre sus cabezas y desciende al nivel de un llanto de mujer sin alma. Es un día de viento.
Soy toda de hielo. Palidecen las estrellas. Cuando llegue el rostro de la aurora, olvidaremos el fin de este hombre malvado: ¡Terrible, terrible!
Y vino otra señal:
Olor a Mar. Me repica el corazón. Mi vida resurge de la profundidad del mar. Vuelvo con una nave repleta de palabras y de colores. No he sufrido, luchado y esperado en vano. ¡Alabado sea el Dios grande y fuerte! El mundo está lleno de rosas de felicidad, pero ninguno de ellos lo sabe.
¡Adelante, adelante...!