
martes, 30 de julio de 2019
domingo, 14 de julio de 2019
"Simplemente no soy de este mundo… Yo habito con frenesí la luna. No tengo miedo de morir; tengo miedo de esta tierra ajena, agresiva… No puedo pensar en cosas concretas; no me interesan. Yo no sé hablar como todos. Mis palabras son extrañas y vienen de lejos, de donde no es, de los encuentros con nadie… ¿Qué haré cuando me sumerja en mis fantásticos sueños y no pueda ascender? Porque alguna vez va a tener que suceder. Me iré y no sabré volver. Es más, no sabré siquiera que hay un «saber volver». No lo querré acaso."
Alejandra Pizarnik
sábado, 6 de julio de 2019
Whenever someone who knows you disappears, you lose one version of yourself. Yourself as you were seen, as you were judged to be. Lover or enemy, mother or friend, those who know us construct us, and their several knowings slant the different facets of our characters like diamond-cutter’s tools. Each such loss is a step leading to the grave, where all versions blend and end.
— Salman Rushdie, The Ground Beneath Her Feet
lunes, 1 de julio de 2019

La lluvia en la Capital
Sobre la ciudad enorme
de cielo mancillado.
Hollín negro de la
noche.
Sobre la espesura del bosque en llamas, cerros secos y ardientes.
Aire negro de la noche.
Sobre los pinos escamosos y áridos que tienen sonidos.
El granadillo que tiene otro y el zapan aún
otro.
Sobre las hojas
plateadas en densos arbustos de flores blancas.
Tufo del jazmín de la
medianoche.
Sobre la solitaria bandera
tricolor del Museo del Oro.
A merced de la mítica
leyenda de El Dorado.
Sobre los huéspedes que
se van sin pagar, gente que callejea.
Rostros desolados, negras
y pesadas ropas.
Sobre el color gris que
endurece el asfalto y tiñe los rascacielos.
Noche negrísima.
Sobre la Biblioteca Nacional. ¿¡De dónde saca tantos libros!?
Escritores encarcelados
por personajes silenciosos. Palabras de oro.
II
Llueve,
Incontables gotas de lluvia, más fuerte, menos fuerte. Con un crepitar
que dura y el aire que responde a la imaginería de las voces de 100 brujas que atraviesan ese perverso viento para celebrar el aquelarre, en las cimas del macho cabrío. ¡De que vuelan, vuelan!
Te mojes o no, llueve
sobre tu pelo pegado de lluvia que huele como el anís y tu rostro extenuado. Bello amor sencillo, rudo, espléndido que
ayer te ilusionó, y que hoy te
desilusiona.
III
Escucha, escucha.
No se oye la voz del
mar. Se escucha sobre la ciudad el repiquetear de
palomas mensajeras de paz volando sobre el cielo espectral de nubes huidizas, bajo la plateada lluvia que monda y lironda se apaga y se asoma.
El viajero, que
silencioso deja su trabajo y mira por esos tragaluces las casas de cartón que el viento
levanta sobre las rancias ideas del político que anuncia las buenas nuevas, sin cuota inicial.
Rostros macilentos, sucios, atribulados. Atormentados por la fatiga y la desgracia. Todas, risas tristes que viajan bajo la lluvia, y después, se van, dejando sus huellas húmedas. Saben que a la siguiente mañana, deberán levantarse temprano, vestirse y salir a trabajar para volver a ser lo que no son.
Rostros macilentos, sucios, atribulados. Atormentados por la fatiga y la desgracia. Todas, risas tristes que viajan bajo la lluvia, y después, se van, dejando sus huellas húmedas. Saben que a la siguiente mañana, deberán levantarse temprano, vestirse y salir a trabajar para volver a ser lo que no son.
IV
Son casi las nueve,
Permanezco de pie. Atravesamos la ciudad helada, unidos o separados en el Metro-autobús. Los muchachos colados, los tobillos que nos enlazan, las rodillas que nos enredan. El latido del motor que arroja con palpitación enérgica, eso que trae el aire de sólido e hiriente.
Los buses están atestados. Los motores lanzan sus estallidos. Pasan por encima de los puentes curvos. Vamos de durezas en
dureza, sobre el pavimento rudo que golpea la
lluvia. Esclavizados todos de temores y dolores de gentes que mueren en las
estaciones. Que parten al cielo, en manos de amigos de la muerte.
¡Y ni una mano amiga! ¡Ni a adónde pedir socorro! ¡Dura noche incierta bajo la lluvia! Y en ello, es dura la vida, al otro lado de la vida, al otro lado de nosotros mismos.
Es el agua nocturna que enferma, el cielo impuro, el aire contaminado, el mundo no buscado, el gorgoteo ronco que sale del humo de los autos y la lluvia que canta en la sombra más profunda.
¡Y ni una mano amiga! ¡Ni a adónde pedir socorro! ¡Dura noche incierta bajo la lluvia! Y en ello, es dura la vida, al otro lado de la vida, al otro lado de nosotros mismos.
Es el agua nocturna que enferma, el cielo impuro, el aire contaminado, el mundo no buscado, el gorgoteo ronco que sale del humo de los autos y la lluvia que canta en la sombra más profunda.
V
Salgo de la Estación,
Armados de paciencia, entraremos a la soberbia Capital.
En la fría noche, ya es
tarde.
Llueve más sordo y más
tenue. Se ralentiza, se apaga sobre nuestros rostros agonizados y las palabras
calladas.
Me voy a pie. La multitud se difunde solitaria y silenciosa en todas las direcciones. Camino
sin ver nada más que el negro de la Autopista Norte donde se reflejan, las casas de ladrillo y sus chimeneas de embudo. El portero mira mi rostro pálida de sobreviviente.
La ciudad duerme. La
lluvia se extinguió. Oscuridad, sombras errantes. Olor a cocina, olor a
tristeza.
Te escribo en la oscuridad del buen tiempo malo, borrada por la lluvia.
Lissa
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