Mi alma quisiera soplar sobre mi mal como se sopla sobre un tizón para reavivarlo. Los pensamientos, la tristeza, la paciencia, el disgusto, el desaliento, la espera… todo tiene la calidad de lo que hay en mí de lejano y de inalcanzable: abundando en la escasez. Allá lejos, en mi tierra de la Amurallada Ciudad, caminaba a lo largo de una estrecha calle, cuando vi un pedazo de pan dejado sobre el borde de una ventana con panza. Nadie lo cogió al pasar. Tampoco yo lo cogí.
Durante años y años has condenado mi vida a la amargura, sin más calidad humana que la tristeza agrietada dolorosamente a cada esfuerzo vano, como esas hendiduras duras y secas de la tierra árida y sin vida.
Lágrimas sin alma caen hasta mis labios resecos. Los ojos me arden. Tengo un sabor de sal en la boca que trae a mi memoria la repugnancia repentina que sentí un día en mi adolescencia: mientras nadaba en el Caribe, emergía de la ola el sabor amargo de la espuma de la marea, cargada de tóxicos; azotando mi rostro y mi boca a veces entreabierta, me afanaba por vomitarla con un asco mortal.
Pasando del sol a las sombras, tú y yo somos como un solo ser, cómplice de mi libertad sin caminos que alargas hacia mí tu mirada insensible observándome. Buscas la palma de mi mano. Oculto tras tu misterio, no respiras. Tus palabras no tienen los labios abiertos, sino sellados. Bebo; me permites beber del rocío de la noche para purificar mi sangre. El agua me penetra por todas las fibras, invade mis inmensas fatigas. Su frescor desciende a mi alma hasta que mi vida renace en lo profundo. Levanto mi cabeza como si mi cuello fuese un tallo reanimado, pero tu mano suave y opresiva me la vuelve a bajar. Siento tu voluntad sobre mí, como un yugo pesado sobre mi vida sometida.
¿Cuándo tendrá fin esta larga espera?
¡Aire! ¡Aire! Sigo aquí sentada junto al umbral, en el atardecer de perlas entre rojo y dorado, con sus rayos de mis fantasías, portadores de mi felicidad solitaria. Si pudiese de nuevo escuchar tu voz gritar a mi corazón: “¡Vuela! ¡Tienes tu corazón en mi corazón! ¡Vas hacia una extraordinaria felicidad!”… y sentir tus milagros fluir con aquel vigor en esta mísera vida de destierro.
Dejo las letras, atareada por el encuentro de otro arte y dejo de lado, por ahora, mi voluble impertinencia.
Lisa

