domingo, 9 de abril de 2017
sábado, 8 de abril de 2017
Ni un golpe, ni mil golpes del hierro cortante del cincel hubiesen podido añadir algo más allá de mis fuerzas humanas, de mi dolor, de mis anhelos; en cualquier tierra, en cualquier altura o en los más lejanos mares.
Hoy, la piedra que me oprime no parece dorada por el oleaje de medio siglo, sino por la fresca aurora que se levanta sobre el mundo. El velo se ha rasgado y puedo observar un futuro místico, fuerte, silencioso. La belleza interna está por crearse de la armonía de las cosas bellas, del carácter firme, encaminado a dominar las vicisitudes y a superarme a mí misma.
No de otro modo me levanto, enderezo mis retorcidas alas y prometo, en un pacto con el Eterno, una nueva voz.
De ahora en adelante quiero cambiar mi voz.
Quiero, para mí, para mis hijos, para ustedes, adoptar esa voz que conocen mejor que yo.
Me saco el dolor del corazón y lo lanzo al más profundo océano, con esta sola palabra:
Vete.
¿Crees tú que, en las guerras, tienen alas solamente los combatientes que vuelan en sus mortíferas aeronaves? ¿Acaso no son alados todos los soldados que van “más allá” de sus fuerzas humanas a la llamada del deber, en acción contra el enemigo?
“Más allá”, en su extrema valentía e intrepidez, con riesgo de la propia vida.
Los grandes deseos de alcanzar la victoria se asemejan a esos anhelos y a la embriaguez de poder conseguir la estrella que miran.
Esa que está siempre en lo más alto del cielo; que no tiene declinación, ni se pone nunca.
Sus miradas fijas están puestas en ella.
Está tan alta que no la refleja solo su mar cercano, sino también los más lejanos mares.
Para ellos, es la Estrella de Oro, la Medalla de Honor, la Insignia del Mérito.
¿No lo sientes tú así alguna vez, “más allá” de tus huesos y músculos, el punto donde brota el deseo de unas alas que nacen como un dolor sagrado?
Mientras los brazos se contraen por la angustia de la transformación, aún sujetos a la piedra, hasta que las alas a tus espaldas se levantan, se vuelven hacia el cielo de Oriente, y tus pensamientos, marcados por la conquista, rompen de la esclavitud tu espíritu inmortal, que ha sufrido por las injusticias del destino y la rebeldía de las cosas que pertenecen a la muerte.
Si los cielos son el dominio del Espíritu, ¿acaso este cuerpo resignado a la opresión, cansado en la inutilidad del esfuerzo, no es el vestido que te aprisiona a la torpe masa del destierro?
¡Vuela. Sé feliz!


