
¿Me espera?, tal vez...


Afuera sopla un viento frío y taupe.
El parque, lleno de hojas secas de una clase salvaje.
Bajo el chicalá rotulado, el olor del caballero de la medianoche le recuerda otros calores; y mientras tomaba una flor del jarrón, haciéndola girar entre los dedos, su mente se desvió del pasado, que el frío y la lluvia le borraban como a un poema escrito sobre la arena.
El tiempo pasa —y no tuvo más que dejarlo ir.
El mes se extendió en una placidez no buscada, como mamoncillos redondos, suaves y brillantes.
“Me duele el corazón y me adormece una herida,
como si alguna pócima hubiera bebido.”
La pierna, casi curada, mostraba su moretón ligero con un quejido íntimo.
A pesar del dolor, no quería deshacerse del todo de eso.
Así que en las noches —acechando como una torre— mientras meditaba, miraba las estrellas desde su habitación y las luces nocturnas, perdigones de plomo sobre la oscuridad.
Ese día en particular, ecos de la Protesta Nacional sobre la autopista capitalina se alejaban como caballos.
Hacía mucho frío; el viento negro arrastraba consignas por las calles.
Sonidos del Escuadrón Antidisturbios la conectaban con el semanario Caribe Libre.
Bajo el puente de la 183, un joven marchante dormía para siempre al raso, envuelto en una ruana gris, equívoco, rodeado por un montón de vencidos.
De pronto —como una cuerda musical sacudida desde la profundidad de los tiempos sobre la tristeza de su carne frágil— estalló una melodía: palpitó, se afirmó, quebró la argamasa del silencio y penetró en su corazón.
La vida y la muerte, la fe y la batalla, el amigo y el enemigo: todo se enalteció en la vorágine de una esperanza desesperada, sobre la noche con el aroma indigno del gas lacrimógeno.
Tambaleándose a la luz de las antorchas, tomaron el camino de regreso, mientras entonaban vagamente la canción de otros tiempos, que solía decir…
“Viene bajando el obrero,
casi arrastrando sus pasos
por el peso del sufrir.
Mira que mucho ha sufrido,
mira que pesa el sufrir…”
Una canción en la que se decían groserías a un gobierno.
Eso era lo importante: a un gobierno.
—¿No tienen voces maravillosas? —dije.

La fantasía de la vida
en la vida que brilla a sus veintitrés años.
A Gaviota, mi hija.
Han pasado veintitrés años desde que te esperé.
La vida fue larga sin ti.
Te extrañaba.
Me gustaría sentarme a la orilla del mar,
tan azul como tus ojos turquesa.
Recostadas a una palmera hamacada por el viento,
el ascenso del oleaje hasta tocar el cielo,
al borde del vasto Caribe,
la lozanía de las flores en el sol de la mañana,
las nubes de alegría infinita.
Un reencuentro de nuestras vidas
y de todos los momentos que no pudimos compartir.
Un día que no terminaría,
el hilo del destino entretejido alrededor
de la uvita de playa, refrescando tu risa.
Si pudieras esperarme frente al mar,
te ofrecería pinceles, colores y un lienzo
para que traces amplias pinceladas
de un hálito dorado-azul sobre el cielo sereno,
y copos de espuma blanca sobre el amargor marino.
Si pudieras esperarme frente al mar…



En la Amurallada Ciudad, rica en puestas de sol, prolongo la noche.
Me escondo del día, me cuelgo del viento, retengo la tempestad.
Intento verle y no puedo, por la presencia de mujeres que entran en trance mientras susurran el salmo del viejo; todas reunidas en torno a él. Luego lo cubren con mixturas.
"No se va a morir, lo tenemos más reza’o", dice una mujer, dirigiéndose al médico de turno.
La tragedia prolonga al hombre el drama satírico de las dos mujeres sentadas a los pies del lecho: abrazan su pobre cuerpo inmovilizado y besan los labios de una inerte línea horizontal, en una burlesca y desmesurada, patética escena.
La luz es escasa. Estampas de vírgenes y santos piadosos se trenzan en guirnaldas sobre la cabecera blanca. ¡Guirnaldas y más guirnaldas! La habitación está atestada de gente. Las bocas de las mujeres lanzan risas en estallidos, otros miran y se apesadumbran.
Cuando su gente se hubo alejado y la habitación quedó desierta, solo él estaba: solo con su alma. Esa noche aquel hombre era de un solo color, como si Dios lo hubiese modelado en mármol blanco. Ahora lo peregrino no tenía más cuerpo que aquél: una pobre cosa encorvada, mísera, humillada, perdida.
¡Pobre de él! Me dejó helada. Con una mirada que no me ve, que no me reconoce. Parecía mirar a la oscuridad, pero sus ojos estaban mirando a Dios. Permanecí allí, acurrucada en silencio, suspensa, escuchando su queja.
Mientras escribo en la oscuridad, adentrándome en su aflicción, escucho sus palabras:
“¡Dios ha enviado sus cuerdas sobre mí!
¡Cómo quisiera que mi angustia se pesara y se pusiera en la balanza, junto con mi desgracia!
¡De seguro pesarían más que la arena de los mares!
Las flechas del Todopoderoso me han herido,
y mi espíritu absorbe su veneno.
Me siento muerto, muerto sin morir.”
Me quiebro. La mano se detiene, sin ruido.
“¿Por qué debo comer esta comida tan amarga?
Mi paladar se niega a probarla;
¡esa comida de enfermos!
¡No más sorbos de agua!
¡Ah, quiero salir, quiero salir de aquí,
¡quiero irme! ¡Suéltenme!
¡Rose! ¡Rose! ¡Rose!”
Y luego, en medio de su dolor, surge la fuerza:
“Aún me quedan fuerzas para seguir viviendo.
¡Tengo la fuerza del toro!
¿Acaso no puedo valerme por mí mismo?
¡Poseo todos mis bienes!
Mis amigos no me negarán su lealtad.
Mis hermanos, ¡jamás!
¡Mi familia, jamás echarían suertes por un hijo mío huérfano.”
“Lo mismo pasa con mi mujer:
¡Vea lo que vea, siempre estará dispuesta!
Me libra de la responsabilidad de tener hijos,
o me rescata de las garras de compromisos y deudas.
Muéstrenme en qué estoy equivocado.
¿Me van a juzgar por mis palabras o mis acciones?
¡Los argumentos de ustedes no prueban nada!
¿Acaso hay maldad en mis actos?”
No quise ver más. No soporté más aquella mirada sin luz.
Más triste que su muerte, fue su manera de morir.
No tuvo mis ojos para morir y remontarse al cielo de paz.
Haber vivido juntos y morir solo.
Todavía pienso en ese último día del último año…
Toda su vida se detiene, pierde color, no es ya nada. La camilla avanza sobre ruedas hacia la morgue. La luz blanca irrumpe; la bolsa cubre su rostro. Un horrible embotamiento me sobrecoge, y salgo.
En la avenida del Mar, una multitud de mujeres se hacina en las verjas del patio de la sala de velación. Rostros dolorosos, atormentados por el calor, la fatiga y la desgracia. Bajo el cielo gris, húmedo y frío, negro que grita, morado que retumba.
Cuando franqueo el umbral del oratorio, solo veo el féretro, rodeado de coronas y cirios encendidos. Los hermanos están allí. Todos los demás me parecen extraños. Estoy sola.
Todos los rostros olvidados al anochecer se mezclan. No hay más sonrisas, solo lágrimas. Las pisadas se confunden con las cruces de bronce, tan pesadas de llevar. Gritan, tocan campanas que no podrán traerlo de nuevo. Mi hijo lee un poema de despedida a su padre, ronco y quedo, mientras seca una lágrima y dice adiós una vez más.
Cuatro hombres levantan la caja. Coronadas coronas entran una tras otra. Flores vivas y flores muertas llenan la habitación. Lo llevan hacia la carroza adornada de negro y plata. Se va, eternamente para siempre. Camino sin ver nada más. El dolor me embota, me invade una sombría rigidez, estoy exhausta.
Desde que te fuiste, los días son largos y silenciosos.
El mar frente a tu casa borró toda huella.
Los lugares de tus deleites, las noches de verano, las noches de luna llena y de mujeres que no eran tuyas, tienen allí su sitio profundo. Melancolía y desdén. Cesaron las carcajadas y las bromas.
La casa está en quietud sepulcral, con sus matas secas, su aspecto de abandono salvaje, como una mansión legendaria donde vagan los fantasmas.
Desde que te fuiste…
La Villa del Sueño
La Capital, 2019 — domingo, 2 de junio
PASADO — Palabras en la villa del sueño (I)
Una antigua historia que me resulta siempre nueva.
Viernes. La playa es dorada. Un bote azul, cargado de peces brillantes e impulsado por la larga vara que sostiene un nativo de rostro curtido por la sal, pasa dejando detrás una estela rosada. Una gota cálida, caída de una nube de mayo, se posa sobre mi rostro. Es el Día de la Eterna Madre en la Amurallada Ciudad. Pienso en mi madre; en su rostro santo hecho de amor y dolor. Aún puedo escucharla después de la muerte.
Libre como un alma me encuentro frente a la verja del jardín. Es el mejor de los tiempos y el peor de los tiempos: donde lo tenía todo y no tenía nada. Miro a mi alrededor y veo muchos ojos sobre mí. Camino en silencio llevando la vida de mi vida —esa que alimentaba contra mi voluntad y nutría con mi sufrimiento. Me tiemblan las rodillas. El corazón late desordenado. Voy a atravesar un umbral que durante tanto tiempo me fue prohibido.
—No sé si puedo… no quiero entrar…
Acepto el sacrificio. Entro.
Con infinita cautela subo desde el jardín las gradas de piedra coralina. Estoy en el último escalón. Estoy en el gran salón, bajo la lámpara de cristal. La sombra obstinada está ahí, muda.
Por primera vez me han permitido entrar a la Villa. Ninguna voz me invita a seguir. Ninguna me ofrece asiento. Permanezco inmóvil, conteniendo el impulso de huir. El verano aprieta. Llegan olores a comidas que me producen náuseas, como si dentro de mí corriera un pequeño cochinillo desesperado por abrir camino con el hocico y las pezuñas.
Paz, paz, paz.
El mandato divino es inútil. No aplaca mis trastornos.
De repente, una luz turba mis ojos. Entre las cosas inanimadas me detengo frente a un espectáculo suave: el murmullo verde que deja ese olor húmedo a patio de trinitarias. Una larga guirnalda de flores multicolores invade las paredes, inclinándose como mujeres que se recuestan unas sobre otras para no caer. Alguien recoge un pequeño fruto del amargón y sopla un polvo sobre el jardín, que hierve de insectos amarillosos. Las ramas tiemblan bajo el viento del mar.
Es el alma simple del jardinero. Conoce el éxtasis del colibrí pegado a la dulzura de la flor; el laurel que habla a través de sus hojas nuevas mientras las viejas meditan y caen. Sabe cuáles ramas están enfermas, cuántos capullos han de abrirse, cuál está retrasado. Sabe del escarabajo, la mariposa, la araña, la lombriz, la mosca azul… y lo que cada uno hace. Todo es un instante fugacísimo.
Escucho entonces unas pisadas de hombre. Distingo una sombra a través del resplandor verde filtrado por encajes. Me inclino. Veo un rostro extenuado y en paz, con la boca tranquila. La figura acelera mi corazón.
—¿Comieron los pájaros? ¿Comieron los pisingos? ¿Tomaron agua los perros?
Empuña un viejo rifle descargado. Y pregunta:
—¿Quién anda ahí? ¡Pasa! ¡Camina! ¡Pasa!
Algo íntimo le impide decir mi nombre. Tal vez temía humillarme… manchar mi pureza. Pero finalmente lo murmura:
—¿Eres tú, Lissa?
La sonrisa paterna de mi suegro dispersa sus límites en esplendidez. Los pájaros cantan, agitándose como presagio de esperanzas rotas y futuras tristezas: ese mar que para mí sería un océano profundo de dolor, alimentado entre dulzura y amargor.
Me estrecha con brazos temblorosos. Sus cabellos finos, sus sienes desnudas, su nariz larga con historia, su frente frágil. Me toma de la mano y me conduce a la biblioteca. Su mano sudorosa tiembla en la mía. Las venas laten bajo la piel mientras las cosas —maderas, libros, retratos, porcelanas— nos rodean como testigos silenciosos.
—Siéntate —dice.
Y calla. Ese silencio es indulgente y pudoroso. Pero el miedo me oprime la garganta.
Alguien llama a la puerta. Es él. Se asombra; y en ese asombro su sonrisa recupera una frescura inesperada.
—¿Dónde estabas? —dice—. Te esperaba.
No respondo. Nos liberamos de la parentela y me aprieto contra él. Subimos a la habitación desierta. Una ráfaga de viento hace tintinear los cristales. La tarde cae rápido. El aire se convierte en ola.
—Mujer, ¿por qué lloras? —dice la voz de la noche en mi memoria—. Quédate. Se hace tarde. Cierra la puerta, coloca el cerrojo y abre la ventana hacia el mar.
La sombra del laurel y de las trinitarias cae sobre la habitación impregnada de sándalo. Aún percibo ese perfume. Aquella noche dormí menos profundamente. Vi zigzaguear un lagarto gris. Colgaba una araña distinta a las de mi casa materna. Él dormía serenamente, en vísperas de una campaña política. Cierro los ojos y pienso en mi madre, que no vendrá a recogerme en sus brazos invisibles.
Pero ¡qué dulce fue la mañana!
El primer sol tocó mis párpados y me mostró la vida rosada, resignada como un cordero. Me puse en pie. Oí a los pájaros chillar en sus jaulas doradas. Y detrás de mí, su voz:
—Arréglatelas como puedas.
Rechacé la tristeza. Me agradó estar allí, al menos por ese día imprevisible. Desayunamos. La madre, vestida de seda fina y joyas ligeras, era arquitectura de firmeza. Reía como una dama. Se hablaba de un extraño mal político que curaba el mal que producía o lo empeoraba, prometiendo viviendas gratis y salvación ciudadana.
Ella distribuía empanadas de oro ligero entre los hombres. Luego, el pan entre las mujeres que mezclaban sangre y cultura, rompiendo mandamientos antiguos de pureza. Un rito. A lo lejos, la cocinera retiraba las frituras cantando como una palenquera.
Bebí café con leche y comí pan. Me despedí. Ante la verja, probé abrir el portillo. Nada cedió. Los barrotes enterrados no se movieron. Tiré en vano. Y entonces apareció él: el carcelero de piel de cera.
—No es blando el camino del cielo y su verdad —sentenció.
Dos, tres, cuatro alcatraces cruzaron el azul, salpicando sal sobre mi cabeza.
Huyen los días.
Allí me sentía segura en una bonanza encubierta. A veces el cielo se alejaba, se hacía gris, púrpura, azul oscuro. No dormía. La locura era una burbuja a punto de estallar. Gritaba y no oía mi grito. La casa dormía. Los muros dormían. Yo era un nido abandonado.
Sólo vigilaba el cielo y el mar, siempre teñidos de añil. La tarde avanzaba. Aparecía la primera estrella. La costa encendía luces como una fiesta.
Siete tiempos después, escuché algo:
El carcelero apareció. Enternecido, abrió la puerta con sus llaves misteriosas. Sequé mis lágrimas. Los ojos se me llenaron de alegría solar. Vi los rascacielos, la calle, el mar sin espuma. Y la bahía extendiéndose hacia la Amurallada Ciudad:
Ahí está el Fuerte Punta del Judío, seriamente arruinado.
Ahí está el Fuerte de la Herradura, con su paso de carey.
Ahí está el Fuerte del Arcángel, sobre una isla fantasma.
Ahí está el Fuerte del Castillo, que se consume sin arder.
Ahí está el Fuerte de la Mar, tan rico en pesca como pobre en quimeras de amor.
Ahí está la Torre del Reloj.
Y los prostíbulos a flor de piel.
Caminé con los pies descalzos sobre la arena pulida, en un día de profundo silencio y belleza.
El pasado se convirtió en presente.
Diviso la Villa del Sueño, encadenada a amores estériles y a las adversidades. Está herrumbrosa, llena de sombras. Cerrada y vacía. El ansia de la mar arrastra polvo y hojas muertas. Una telaraña tiembla. Sobre un secreter, un libro empolvado. Bajo la lámpara, rosas marchitas que aún huelen. Los retratos. El gato dormido. Nada espera a nadie.
¿Me extenderá sus brazos?
Me acerco. La puerta cede un poco con el viento.
Todo sigue allí para dar significado a la soledad del poder, del orgullo, de la infidelidad, de la perversión.
He vivido tantos años lejos de estas cosas.
Un pasado que se desploma como un alud.
Un pasado que doblegó y aplastó mi juventud atormentada.
Y en nada… han pasado veinte años.
Cartagena del Mar, 2025 — domingo, 17 de noviembre
PRESENTE — Palabras en la villa del sueño (II): El Eco que Despierta
Estaba allí, llena de silencio, como un recipiente al que acercas los labios para probar una miel espesa y dulce.
Durante algunos instantes pensé de nuevo en aquellos días lejanos de gran viento y tempestad, rechazando de mí el inoportuno asalto de tristeza.
Y me agradó volver. Me agradó emprender así mi día imprevisible.
Abrí la reja de hierro. Sin detenerme, tres, cuatro, cinco maría mulatas pasaron rozándome la cabeza bajo el plateado azul celeste.
Siguiendo el corredor con pie cauto, me detuve ante el umbral de la puerta, imaginando la alegría del encuentro de aquella gente que se asemejaba más a un convaleciente en tiempos de sacrificio extremo; mientras yo, emocionada, me inclinaba, y los rostros del aire relampagueaban como apariencias de un destino siniestro.
¿Soy de ayer?
¿Soy de mañana?
Creo que era él, con su aspecto sagaz y militante. Lo vi a lo lejos: parecía querer huir de mí. Me saludó con un gesto que creí comprender. De inmediato me invadió el sobresalto, y se me llenaron los ojos de lágrimas que me impedían ver. Me los sequé, y entreví —de reojo— la casa como un nido abandonado por las aves, el patio, y más allá, tras el corredor y las habitaciones adosadas al muro blanco, el mar en toda su extensión. Me conmovió su pulso tranquilo. Todo estaba allí, lleno de susurros, y un barco se deslizaba en el horizonte, divisado por el explorador celeste.
Oía el fresco estrépito de la marea contra la orilla pulida, misterioso como el bramido de las quebradas de agua dulce en las montañas. Sobre la ciudad llegaba de nuevo el silbido extenso y profundo que anunciaba el arribo de un crucero. En la distancia, reflejos que recordaban barcos de guerras antiguos, sombras que parecían sobrevivir a su propio naufragio. A veces, una garza blanca brillaba en el aire: un velero leve, navegando a toda vela. El cielo es de una pureza sublime, curvado sobre el mar. Una tibieza lenta se forma de gotas de agua que está más allá del azul.
Veo mi rostro junto a esos rostros. Algunos se inclinan, me reconocen. Un joven alto, delgado, se inclina hacia mí y me dice en voz baja:
—¡Bienvenida!
En cierto momento, no encuentro ya ni paredes, ni fantasmas, ni máscaras, ni verdugos. Es el atardecer. Todo es presente. El pasado es presente. El futuro es presente. Esta es mi magia. En el dolor, en mi noche, en vez de hacerme más vieja, me vuelvo más joven. Eco de antiguos y de futuros tiempos. El cielo inmaculado.
¡Si él viviese!