domingo, 31 de diciembre de 2017




¡Cuántas páginas en desorden!

Noche de la montaña

📚 Serie: Textos Poéticos Marigold Beach
🌿 Subserie sugerida: Crónicas del viento frío / Apuntes del diario de Lissa
✍️ Autora: Elsa Patricia Marinovich Posso

¡Cuántas páginas en desorden!

Estoy cansada, después de un día entero de trabajo difícil. Hacía meses que no escuchaba la respiración de la montaña, ni de la poesía. Cae la noche de la montaña andina, y caen las sombras del bosque de nieblas. Hace una noche fría. Devoramos la sombra de la autopista azuleada de luces y de lluvia. Penetramos por los intersticios del bosque. Está oscuro. Los planetas giran, consumidos por la pasión de los cielos. No hablan.

¡Cuánto pesa la eternidad!

La casa espera: "Quédate conmigo. Cierra la puerta. Esconde la llave. Descorre las cortinas. Haz que vuelva a beber contigo del páramo, en una copa de aire esta noche." Cobro de nuevo una forma parecida a lo clandestino y a la armonía del hechizo que vuelven. Rompo mis envolturas de pieles.

¡Felicidad, ay felicidad!

De pronto, como en una ráfaga húmeda y cálida, me llega esta oleada verde de cipreses, eucaliptus y arrayanes, que rebosa de cuando en cuando desde la primera capa de cenizas que cubre el fuego de la chimenea y se esparce en espirales por los rincones. Me recuerda: "Reflejo del jardín, estoy caminando con los pies descalzos sobre musgos que parecen esponjas guardando enormes cantidades de agua, que se van liberando poco a poco hasta convertirse en fuentes, pantanos y lagunas en medio del silencio de la rana que bebe todo el verde de la montaña, para luego devolverlo en cantos a mi bochorno". Puedo ver, por debajo de los párpados pesados, palidecer las llamas. Un embrollo gramatical de errores es la manera vaga y callada de escribir hasta el fondo de mi cansancio, que me parece estar garabateando estas notas fragmentadas de instante en instante, de pausa en pausa, con aquella tinta de ensueños que me envuelve y me adormece.

El cuerpo está dormido, los ojos cerrados; el alma tiene una misteriosa facultad para penetrar todo los objetos hasta transmutarse en ellos, y mi corazón desnudo y oprimido se ciñe de nuevo a este viejo abrigo de piel.

¿Qué es la fantasía sino soñar que se sueña?


 

domingo, 24 de diciembre de 2017





El  ‘dios consumo’ gira con la tempestad navideña

Crónicas del viento frío

“No te duela estar tan atormentada ni atormentarte tanto.
Y te sabrás libertar. Y cuando quieras ser libre, no tendrás más
que vencerte a ti misma para ir más allá de ti, para subir más alto que tú.”

Cierro los ojos. Me detengo. Estoy en un esplendoroso centro comercial colmado de luces. ¡Ay de mí! Mis pasos abrevian las largas circulaciones. Aromas de ceras derretidas. No sé por qué me disgusta hoy un poco más que otras veces. Por la escalera eléctrica subo hacia las tiendas de ropa. Estoy entre los aparadores. El peregrinar y el bullicio de la gente me atormentan, me penetran a fondo, me revelan que la soledad amarga y mística, y el sacrificio paciente, son mi verdadero destino.

¿Por qué padezco tan profundamente dentro de mí la prueba pagana?

Mi vista queda dominada por la visión: Santa Claus irrumpe en un trineo tirado por ocho renos que parecen colgar del cielo. El hombre alto, blanco, barbudo y bonachón está allí, con vestiduras de héroe. El seductor tiende las manos y se lanza ágil como un duende —aunque gordo— hacia la magia juguetona.

Las vidrieras relampaguean como malignas fuerzas dominantes; se impregnan de rayos multicolores. Otras se doran con un dorado de espiga madura y miel salvaje sobre fondos de oro, como si me sonrieran graciosamente, impacientándome... inspirándome... Al tiempo, imagino hasta qué punto de obsesión aluden a la tentación frenética que me invade y me impulsa a poseerlas.

El cansancio y la tristeza se apoderan de mí. Por fin, sentada en un café Starbucks, exclamo malhumorada:
¡No me reconozco!

Mientras aprieto contra mi pecho los paquetes de compras, cierro los ojos. Ante los párpados cerrados estoy yo, llena de esas cosas de embrujo y perversidad. Y es que, desde la dureza de mi encierro, desde mis deseos e imaginación, ante mí se resquebrajó el eterno estoicismo que no se resquebrajaba nunca.

¡Oh deseo, que te haces realidad, y de la realidad penetras, invades y te conviertes en engañosa dulzura!

En el umbral del café que hierve, ¡qué sombrío ruido de villancicos me domina en este momento, y qué alucinante sigue siendo el esplendor de las luces! Estoy colmada de profanaciones y de melancolía, desbordada de embrujo y desesperación, llena de repugnancia y de ansiedad.

Pero la dulzura de mi pequeña hija, tan querida, me oprime el corazón cuando me toma de la mano cariñosamente, como si adivinara mi caos y quisiera intentar sosegarme. Juntas nos detenemos a mirar una vez más las guirnaldas navideñas.

“¡Oh Dios, trata de aniñarme!”


viernes, 22 de diciembre de 2017




…a veces, en solitario.

Crónica del viento salado (IV) – La última sonrisa

Colección: Textos Poéticos Marigold Beach
por Elsa Patricia Marinovich Posso


Volví al mirador de mi casa del Bosque, en la capital. Una sensación maravillosa de libertad sopló en mi corazón, oprimido por la cautividad.
Era noche de octubre.
Era la noche viva y ardiente donde regresó, y volvió a partir.

Volvió la luna conmigo.
Todas las estrellas volvieron.

¿Cuándo le había visto sonreír por última vez?

¿No dicen que a veces la luna sonríe, reconociéndose bella sobre la Creación?
¿No sonrió él ante la perfección de aquel ocaso taciturno y sin palabras?

Por verme dibujada en su rostro, daría todas las… ¡No preguntar!

La luna sonríe.
Yo sonrío, casi sin aliento, sin tener ánimo para sonreír ni para llorar.

Volvió a partir.
¿Hacia dónde volvió a partir?
Quizá allá lejos, en aquel bote preparado en la playa de Barbacoa, para el viaje sin retorno.
En la ciudad, en la montaña destinada a mi exilio.
Allí estaba él.
Yo estaba allí, aunque también en otra parte.

Me acuerdo:
tenía los cabellos tan alborotados, un traje nuevo,
y un rayo de sol oculto lo atravesaba.

Y fue allí donde vi su última sonrisa.

Amanece…

Bien.
La tingua silba tan fuerte que parece posada sobre el canalón.

¡Esa tingua azul de pico rojo, cómo me molesta!
Canta todo el tiempo sin variar nunca su torpe canción.

Parece una de mis innumerables jueces.

¿Y quién fue nunca, en el mundo, más juzgada y menospreciada que yo?

Que Dios me conceda de tal modo morir,
que los mortales no puedan juzgarme.