Te diré algo.
Ya no intento luchar con la vida… ni siquiera la entiendo.
Solo quiero pasar por ella con cierta dignidad, como cualquiera,
en esta mi hora de soledad —una hora generosa—,
vaya yo, que tuve siempre hacia los demás
todas las generosidades y todas las paciencias,
mientras coqueteaba con las afrentas y los maltratos.
No sin lágrimas.
Para cualquiera, mis lágrimas podían ser de dolor,
por la culpa, el remordimiento o el arrepentimiento;
pero no podían tener nada de vanidad,
ni de falsedad, ni de traición.
Las alimentaban tristezas que parecían crispar
la sombra azul celeste hollada
por la sofocada traición del cruel e inhumano,
del de dentro y del de fuera,
por los enemigos domésticos e intrusos,
mientras mi juventud huía.
Y eran lágrimas que podían tener
la misma aptitud solícita
de aquellas derramadas por La Piedad de Miguel Ángel.
¿Cómo hizo Miguel Ángel, desde el fondo de su genio creativo,
para tallar en aquel rostro la profunda tristeza
iluminada todos los días de los futuros siglos?
No, no soy una estatua de mármol,
ni estoy en un museo, ni en un país de veraneo,
ni tengo por delante un horizonte pintado de azul celeste
para las lunas de miel placenteras.
Escucha:
desde hace ya demasiado tiempo oigo la queja
de quien, a lo lejos, sufre el hambre del cuerpo,
el hambre del alma, el humillante abuso
y todos los dolores.
Duerme La Capital ligada a la violencia sin tregua,
donde el espíritu se atormenta en el horror,
y como ayer, sigo llorando de tristeza
ante la soledad implícitamente otoñal.
Pero para ti, aquello no era sino
un lloriqueo de mujer frágil.
¡Y, sin embargo, no me creíste!
¡No me perdonaste!

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