Según nuestra manera tercermundista de ver y sentir las cosas —más fanática que religiosa—, el augurio de que el Año Nuevo sea como en los tiempos pasados, cuando se preguntaba a la gente “¿cómo estás?” y sonreían contestando “excelente”, —ya fuera por hechizar el destino o engañar a la servidumbre que carga sobre el pueblo que gime bajo las estrellas—, ante la realidad desnuda, no se siente igual.
El país vive su período más atormentado en su gesta de paz. Los discursos electoreros —casi fatales— llegan desde todos los rincones, llenándonos de incertidumbre, inquietud y desconfianza. Un proceso de paz que, en lugar de sanar, parece nutrir la enfermedad del miedo y la venganza. Y debería ser lo contrario.
De tal manera que el buen augurio de Año Nuevo, ese antiguo azar próspero y dorado, ¿no debería ser para el pueblo más bien un pronóstico de tradición hacia un porvenir feliz, una invitación a precipitar sobre nosotros la anhelada paz?
Cerremos los ojos y abramos el alma. Solo así podremos sonreír… y yo también podré sonreír imaginando un país libre de abuso de autoridad, pacífico y sereno, donde la belleza y la humildad se sienten juntas entre el pueblo y se fundan en un solo canto para celebrar la bondad de la vida y la paz.
Un país que vuelva a confiar en sus instituciones, donde la corrupción rampante —del “todo vale por la paz”— desaparezca, y sean judicializados los funcionarios públicos y contratistas del Estado.
Un país donde la seguridad de sus calles y autoridades inspire respeto al delincuente, y no lo contrario.
Un país donde las estratificaciones sociales desaparezcan, y todos nos reencontremos en una playa centelleante o un parque iluminado de senderos ecológicos, todos como iguales.
Un país construido con espíritu de equidad e inclusión, donde terminen las largas filas en los hospitales, y cualquier ciudadano tenga derecho a justas indemnizaciones o licencias por enfermedad y vejez.
Un país donde bajen los impuestos, se combata la evasión y la economía informal pueda emigrar hacia la formalidad del trabajo digno, superando así la estrechez económica.
Por último, que el pacto primitivo concertado en el Acuerdo de Paz entre el gobierno y el grupo guerrillero más grande del país —firmado hace apenas dos años—, que podría hacer trizas la democracia según los intérpretes de cláusulas oscuras o dudosas, sea revisado cuantas veces sea necesario. Que sus delegados y representantes confirmen, corrijan y sometan el texto al examen minucioso de la autoridad judicial, para resolver las diferencias. Que los autores de la narco-guerrilla, perpetradores de crímenes de lesa humanidad, no lleguen al poder por la vía de la impunidad o la amnistía, ni los congresistas tengan por qué sentarse en sus curules al lado de asesinos, secuestradores y extorsionistas de sus propias víctimas.
Nos convendría a todos, para construir un país libre y renovado en este año de resoluciones difíciles, que la fuerza espiritual de los acontecimientos y de los líderes estuviera en probidad sobre las mentes ansiosas, contrariadas y afligidas.
Y más conveniente aún sería que el protocolo de la paz no trate de disipar de la memoria humana el horror narco-fariano y criminal que por décadas azotó al país.
¡Paz! ¡Paz! ¡Paz!
El pasado pertenece a la muerte; el porvenir es tuyo.
Que el amor y la alegría transformen el más duro corazón de piedra en un corazón de carne, mientras la Verdad y la Justicia, elevadas en un trono de esperanza, reinen sobre la postrada Nación.
Y nunca olvidemos que, entre tantas columnas esculpidas del Capitolio Nacional,
los muertos son las columnas invisibles.

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