(Crónicas del viento frío – Textos Poéticos Marigold Beach)
✍️ Elsa Patricia Marinovich Posso
¡Qué agradable era pasar a través de las arcadas del Portal de los Dulces —
de coco, ajonjolí, papaya biche y tamarindo—
en la tarde serena,
después de aquella conversación tímida
que arrojó en la oscuridad y en el horror
la suerte de mi Amurallada Ciudad!
Más allá de las sombras, cruzando la torre del Reloj,
suave era la bahía, y azul celeste el luto.
Pero las lágrimas de mi madre
jamás me habían hecho tanto daño
como me hacía el más leve movimiento de aquellas aguas.
Y la clara estela del barco que zarpaba
me dividía el alma en dos.
Sonreía burlón, viendo que todo mi ser estaba dolorido.
Realmente fui precipitada desde el Cerro de la Popa.
Ni Pedro Claver forzó los barrotes de la esclavitud,
ni Simón Bolívar bajó de su caballo y de su pedestal.
Pero, por sobre la fisura de mi alma,
penetró el rayo de sol poniente:
el último resplandor del ocaso
iluminando mi voto expiatorio
sobre el extremo de mis pensamientos.
Camino con fatiga, pero sin desfallecer.
No tengo deseo de hablar,
sino de correr a través de las casonas solariegas.
¿Quién me condenó a ser una piedra milenaria?
He nacido para sobrepasar las piedras milenarias.
Una piedra es el alimento divino de mi recuerdo,
de mi meditación y de mi espera.
Entonces, ¿por qué de nuevo me envuelve su ofensa,
en el momento aquel en que cedí mi libertad a su torpeza?
—¿A dónde crees que vas vestida así? ¡No seas ridícula!—
¿Notas que vuelve a sangrarme el alma?
No importa.
¡Me vuelve a sangrar esto y lo otro, o aquello, a mí, ridícula,
en el camino tortuoso cuando, por dolor y por amor,
me incliné a él, yendo hacia el altar;
y luego sentí sobre la frente
el beso bendito de mi madre,
que creía ser testigo de mi felicidad ideal!
Tal era aquel crepúsculo lejanísimo de un noviembre cinco,
cuando dije: sí.
La blanca capilla olía a sal;
venía el olor de la bahía marina.
La azuleaban las sombras celestes, provocando rizos de espuma.
El primer dardo de sol me pareció sonoro
cuando cayó sobre el teclado del órgano.
Entonces, el coro estalló en salmos;
retumbó por toda la nave central,
amenazando con levantar los tejados.
Fue semejante al guarapo nuevo en calabazo viejo.
Así, fuerte y nerviosa,
así bien formada y esculpida,
se ofrecía, ella, al cruel.
No tenía más de veinte años:
un alma de oro, de plata y de amor.
Necesito alegría.
Tengo afán de respirar alegría.
Desde hace demasiados años me marchito en el tufo de la muerte.
Desde hace demasiados años envuelvo mi tristeza
en mi envoltorio de tienda.
¡Juventud! ¡Juventud!
La juventud, hasta cuando se equivoca,
lleva en sí el aroma de la revelación futura
que decide el destino para la lucha,
para vencer, para vivir y morir,
o para emerger de los mares.
¿Se renovará su juventud como la del águila?

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