sábado, 11 de abril de 2020

#Cuarentena








La llovizna peregrina se esparcía sobre las cúpulas del viejo barrio de la capital.

Percibía el olor de la tierra —olor a eucaliptus—.

Podía sentir cómo lo fúnebre se extendía por el ala tranquila de los espacios místicos, y se fundía con los olores humildes de la cocina: allí donde la olla comunitaria disolvía la vitualla celestial, sin pretensiones de elegancia, mientras el pueblo de las cinco comidas —en tiempos del coronavirus— aludía a la “unidad y solidaridad”.

A su vez, predicaban modestia, prudencia, renuncia y austeridad; pero, embriagados de poder, volvían a abrir las fauces para devorarlo todo.

Entretanto, el pueblo devoto se apretaba el cinturón unos puntos más.

Sin embargo, allí donde se desploma el peso de la muerte, allí también la libertad del alma se levanta.

Esa tarde cruda y gris, frenética y de tumultos, el pueblo se alzó en plazas y calles, gritando:

“¡No queremos huesos, ni granos viejos y secos, ni pedazos, ni harapos, ni saqueos, ni mentiras! ¡Basta de abusos!”

Fue tanto el peso de las necesidades, que pareció haberse disparado la peste, empujándolos a coronar el desespero con la muerte sofocada por el virus de la corona.

¡Crimen imperdonable! ¿En qué cementerios inaccesibles dejaron abandonados a los muertos? ¡No los dejen callar!



¿Y seguiremos agazapados en nuestra solitaria estupidez?




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