sábado, 31 de diciembre de 2022

 



Déjà vu

…de un final de año.


Hay un destino que preside los retornos.
Nuestro año onírico vuelve a empezar.

No me entrego aquí a una inspiración divina,
ni blasfemo, ni miento.
Solo expreso —crudamente—
lo que fue meditado y premeditado:
un sueño dentro de otro sueño.

Aún conservo en la memoria —
único lugar de luz en el oscurecimiento de la justicia—
todo el drama de aquella noche del 31 de diciembre,
cuando todo parecía perdido,
cuando estuve a punto de ser vendida
como rebaño pestilente
a los mercaderes y usureros, todo colmillos.

Recuerdo aquella voz que no temió incitar a la violencia.
Habló con fuerza tal,
que resonó en el presente,
en el pasado
y en el futuro.

Lo que parecía humildad,
no era más que poderío.

Lo que parecía pureza,
no era más que hipocresía.

Lo que parecía vida,
no era más que muerte.

Escuchaba los golpes del destino,
ese que nos forja,
que nos transforma
en materia de siglos pasados y futuros.

Luchamos, sufrimos, sudamos, sangramos.
El dolor, la paciencia, el sacrificio y la entereza
nos forjan.

Mi historia —quizá— se hizo en los mercadillos persas,
entre prenderos y aves de rapiña.
La balanza de la justicia romana
se inclinó donde se colocó un trozo de carne,
un hueso que roer,
un despojo que repartir.

Y todo duró apenas lo que dura
un tic-tac antes de desvanecerse,
en aquel lugar extraño
donde cada fin de año me encuentro.

Ella ha desaparecido.
Y en el aire flota la cábala,
que los deja sorprendidos y fijos.

¿Perdimos todo
por lo que valía la pena vivir?



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