jueves, 26 de febrero de 2026

 




Mar de leva

En esta tierra aprendí algo que no está en los libros:
el mar tiene memoria.

Puede parecer manso durante semanas,
brillando como si nada ocurriera en sus profundidades.
Pero un día, sin aviso,
entra mar de leva.

No pregunta.
No explica.
No negocia.

Entra con ese viento salado y persistente,
de esos que barren sin pedir permiso,
que levantan lo acomodado
y devuelven a la superficie lo que parecía hundido para siempre.

Así ha sido este tiempo.

Durante años llamamos “normal” a lo que no lo era.
Pequeñas trampas convertidas en costumbre.
Silencios disfrazados de prudencia.
Herencias diluidas entre maniobras.
Confianzas rotas en momentos de duelo.
Dinero que no regresó.
Palabras que intentaron voltearlo todo.

En ciertos lugares, la ventaja es vista como habilidad.
El sobrecosto, como viveza.
La omisión, como estrategia.

Y cuando uno decide decir:
“esto no está bien”,
el entorno se incomoda.

Nos llamaron intensos.
Nos llamaron conflictivos.
Nos dijeron que todo era estrés.

Pero no era estrés.
Era conciencia.

No era rabia.
Era límite.

Y entonces… entró mar de leva.

Personas que se apartaron.
Grupos que expulsaron al que preguntó.
Vínculos que se rompieron sin despedida.

Al principio pareció pérdida.

Pero el mar no se lleva lo firme.
El mar se lleva lo suelto.

El mar devuelve lo que es suyo.

Tiene memoria.
Regresa por lo que fue arrancado.
Saca a la luz lo que alguien creyó enterrado en la arena.

No siempre lo hace con ruido judicial.
A veces lo hace con revelación.
Con desgaste.
Con exposición lenta.

Yo creo en un Di-s que se parece al mar:
paciente, profundo y justo.
No olvida.
No se distrae.
No negocia la verdad.

Hoy hay menos gente alrededor.
Pero hay más claridad.

Hay menos ruido.
Pero más paz.

Perdimos dinero.
Perdimos pertenencias.
Perdimos relaciones que no soportaron la luz.

Pero no perdimos el carácter.
No perdimos la conciencia.
No perdimos la fe.

Prefiero una casa abierta al viento
que un salón lleno de acuerdos oscuros.

Prefiero la brisa que despeina
a la calma que encubre.

Si el precio de la limpieza fue la soledad temporal,
lo acepto.

Porque cuando el mar termina su trabajo,
la orilla queda distinta.

Más limpia.
Más honesta.
Más verdadera.

Y yo me quedaré aquí,
con las ventanas abiertas,
esperando la próxima marea,
sabiendo que el mar —tarde o temprano—
siempre vuelve por lo suyo.


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