Crónica
En su camino de vuelta, tras haber entregado la nevera, observó a unos quinientos metros en la carretera, algunos automóviles aglomerados a los que rodeaban celosamente un grupo de hombres armados y vestidos con uniforme camuflado. Podía verse a lo lejos, cómo bajaban hombres y mujeres de sus vehículos, con las manos sobre la nuca mientras los celosos uniformados les apuntaban con sus armas; en tiempos como los de entonces, aquello no podía ser otra cosa. Se había topado con un retén de la guerrilla.
Jaime sabía lo que le esperaba a aquellos pobres diablos en manos guerrilleras, por lo tanto, abandonó su vehículo, dejándolo parado y con las puertas abiertas en medio de la carretera, y corrió intentando hacer el menor ruido posible hacia la larga y seca maleza donde podría esconderse. Permaneció allí por algunas horas hasta que el último de los hombres armados parecía haberse retirado y volvió a embarcarse para continuar su camino hacia Bogotá, pero tras avanzar aquellos quinientos metros de distancia que había guardado de aquel retén, pudo ver a un último joven uniformado poniéndose de pie entre la maleza, y abriendo fuego desesperadamente. Jaime fue alcanzado por una bala en el cuello.
Al día siguiente, Don Hernando recibió una llamada de la policía, que le pedía el favor de viajar hasta el municipio de Guasca para identificar un cadáver encontrado en la carretera, a lo que acudió de inmediato. La noticia de aquel horrible acontecimiento, no tardó en alcanzar a cada miembro y amigo de la familia Pérez.
Myriam Castillo, recibió aquel mismo día la llamada de su cuñada y compañera en el trabajo, Gladys Pérez, quien le contó sobre la muerte de su hermano. Una reunión de la familia Pérez y sus amigos cercanos se llevaría a cabo esa misma noche en la casa de Don Hernando, quien se encontraba en Guasca y volvería para encontrarse con toda la familia. Gladys le pedía a Myriam que asistiese con ella.
Gladys y Myriam se presentaron a la reunión, los miembros de todas las ramas de la familia Pérez se encontraban allí. La reunión parecía estar separada en dos grupos. Uno de ellos ocupaba el espacio de la cocina, mientras que el otro ocupaba la sala. En el grupo de la cocina se reunían los primos de Jaime Pérez, miembros de la rama menos adinerada de la familia, a quienes Myriam no pudo evitar oír entre pobremente disimulados chismorreos, uno que otro comentario acerca de la situación del difunto:
-“Jaimito era un buen tipo; primo querido. Pero francamente ese viejo ladrón de Hernando se merecía la pérdida”– Se oyó venir de entre los fuertes susurros.
Aquel comentario que parecía hacer alusión a la herencia que según tenía entendido Myriam, Hernando les había arrebatado a sus hermanos.
Aquel comentario que parecía hacer alusión a la herencia que según tenía entendido Myriam, Hernando les había arrebatado a sus hermanos.
Mientras tanto en la sala, se encontraban los familiares más cercanos a Jaime. Su hermana Gladys lloraba y se quejaba:
–“Jaimito… ¿ahora quién me va a lavar el carro? ¿Quién me va a tener limpio el carro?”_ se preguntaba exclamando entre llantos.
–“Jaimito… ¿ahora quién me va a lavar el carro? ¿Quién me va a tener limpio el carro?”_ se preguntaba exclamando entre llantos.
–“Jaime, mi hijo”_ se lamentaba Don Hernando –“Él era mis manos”_ repetía con voz quebradiza.
Mientras tanto Doña Ana María de López, la madre de Jaime, hablaba por el teléfono; contaba a otros algunos de los detalles del reciente suceso, y se ponía citas con ellos para discutirlo más a fondo.
Mientras tanto Doña Ana María de López, la madre de Jaime, hablaba por el teléfono; contaba a otros algunos de los detalles del reciente suceso, y se ponía citas con ellos para discutirlo más a fondo.
Finalmente concluyó la reunión cuando se avisó que el cuerpo de Jaime sería trasladado a la funeraria Cristo Rey, donde se llevarían a cabo las exequias a la mañana del día siguiente.
Aquel encuentro de despedida de la mañana fue ampliamente concurrido, el difunto fue llevado hacia La Iglesia Cristo Rey y puesto sobre el altar, y la misa, dictada enteramente en latín, transcurrió como es normal, entre suspiros y llantos, y palabras de los seres queridos que honraban su memoria. Tras finalizada la misa, el ataúd fue embarcado en la carroza funeraria, detrás de la cuál esperaba una caravana de varias docenas de automóviles conducidos por acudientes al funeral, desde los más cercanos seres
amados de Jaime, hasta quienes sólo se presentaban para presenciar más de cerca los lamentos del viejo Don Hernando, que se había hecho ya más de un enemigo con los años; mientras tanto Gladys Pérez llamaba por su celular a Israel Pulido, un viejo pero no demasiado cercano amigo de la familia, para que acercara su camioneta a la iglesia, y pudiesen embarcar más fácilmente las flores del velorio, las cuales ella y sus hermanas planeaban llevarse, pues habían sido costosas y harían una bonita decoración en
los jarrones de sus casas.
Myriam Castillo se encontraba en uno de los automóviles que debía seguir a la carroza funeraria hacia el lugar del entierro, éste iba conducido por Nayib, un chocoano que servía como chofer a la familia Castillo. Israel Pulido arribó en la camioneta y la estacionó en frente de la iglesia, justo entre la carroza funeraria y la caravana que pretendía seguirla.
Mientras Gladys y sus hermanas guardaban, cuantas flores pudiesen caber en el baúl de la camioneta; la carroza funeraria, sin que nadie se percatase, ya fuera porque su vista estaba siendo obstruida por el gran vehículo estacionado por Israel, que se interponía entre los automóviles y la carroza, o porque se encontraban demasiado ocupados ayudando a las señoras a cargar ramos de flores, tomó camino hacia el cementerio Jardines de la Memoria.
Pasaron algunos minutos antes de que el mismo Israel Pulido fuera el primero en percatarse de la ausencia de la carroza funeraria que se había llevado ya el cuerpo solitario de Jaime. Acto seguido, la camioneta conducida por él, partió a toda marcha, seguida por la caravana que pretendía acompañar al automóvil del difunto hacia el cementerio Jardines de la Memoria, en donde habría de ser enterrado.
En un afán preocupante, siguieron la vía más corta (una vía que no era la que habría tomado la carroza), y tras violar múltiples leyes de tránsito, Israel y la caravana funeraria llegaron al lugar del entierro. Nayib, que venía conduciendo el automóvil donde se encontraba Myriam, y que había llegado antes que nadie, bajó la ventanilla,
sacó la cabeza y preguntó levantando la voz al hombre que vigilaba el portón del cementerio
–“¿Ya llegó el muerto?”_
_“¿Cómo se llama el muerto?”_ respondió el vigilante tomando del suelo su bitácora escrita a mano.
–“¡El muerto Jaime Pérez!”- exclamó nuevamente Nayib. Tras ojear la bitácora por un momento el vigilante finalmente respondió:
–“Ese muerto no ha llegado!”_. Las voces de todos los acudientes en los automóviles que se iban llegando, comenzaron a zumbar disgustadas, y permanecieron haciéndolo por unos minutos hasta que finalmente callaron mientras veían llegar a la carroza que traía lentamente al difunto, tras haber recorrido las calles de aquella media ciudad, distancia que había entre la iglesia y el cementerio; en completa soledad.
Finalmente, el entierro dio lugar. Se dijeron las últimas palabras y rezos al difunto, y tras echar sobre el ataúd la última palada de tierra, tan sólo sobraba poner las flores sobre la tumba. Pero no hubo flores que poner, todas ellas se habían ido con Israel en su
camioneta, para adornar los jarrones de cristal y porcelana de las señoras de la familia.
(Escrito por mi hijo Carlos A. Espinosa de 17 años - 6/6/2012/ Gimnasio Moderno - Bogotá)
(Escrito por mi hijo Carlos A. Espinosa de 17 años - 6/6/2012/ Gimnasio Moderno - Bogotá)

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