martes, 20 de junio de 2017






Adivino el día 

¿En un día laboral, estarás condenada, por siempre, a La Capital holocaustada,
la insensible maestra que no perdona nada?

Es lunes 19 de junio. He escapado de la noche. Todas las apariciones de la insomne noche se han disipado en la luz de la mañana. Vuelvo a estremecerme con el primer temblor del alba. La pena de mi insomnio ha sido velada por mis lecturas matutinas, que refrescan el alma. No puedo hacer ya otro trayecto que el de la muerte a la vida, el de la noche a las primeras luces.

Ciertamente, he aprendido a moverme minimizando el esfuerzo de trepar aquí y allá en el tenebroso y profundo cobalto que arrastra la ciudad. Sé absurdamente cauteloso y audaz, porque la prudencia y el coraje son lo que humanamente te protege. No hay manera de enfrentarle, excepto a través del intercambio místico y del mudo sacrificio que traes contigo de otros lugares y que te condujeron allí. Es la única manera de poseerla. Hay caminos secretos en su alma; ve a su encuentro. Contempla sus límites. Para ella, los límites no son un punto extremo al final de sus amplias autopistas; siempre habrá otro más que avanza sin respiración y que asciende desde el bullicio hacia la altura del silencio, donde se alimentará de sus muertos. Encontrarás un espacio verde con sus osamentas de montañas, sus cabelleras de cipreses azules, sus urdimbres de riachuelos donde se refleja en el cielo triste, todos los rostros vueltos ansiosos y lo que en el hombre es vulgar.

Más allá de los rascacielos, centros de negocios internacionales e islas de locales comerciales con sus espirales de parqueaderos y supermercados de la felicidad, detrás de las paredes de zinc corrugado, se oculta el vergonzoso acto de despojarla de la magia y del alma de los viejos barrios. Una grúa se alza y su demoledora bola de acero va destruyendo casas, patios y jardines, satisfaciendo apetitos mercantiles de constructores que exprimen la máxima cantidad de ganancias en superestructuras diseñadas a modo de pilas de diminutos espacios multifamiliares, más muertos que la muerte, con fachadas contra calles más vivas que la vida.

Y más allá de los largos turnos laborales, hacia el mediodía, la gente sale a comer, masticar y rumiar. Algunos desganados y soñolientos. La mayoría, empleados eficientes pero mal remunerados, gente con la cabeza más baja que los pies —¡ay de ellos!—. La mano dura y severa los humilla. Probablemente desplazados del campo, o tal vez nuevas víctimas del posconflicto armado; otros, maestros en manifestaciones callejeras e interminables, se atreven a rebelarse ante el gobierno indiferente.

Me invade un ligero sopor. Los segundos son lentos y veloces. El reloj señala las dos de la tarde. Mis pasos abrevian la calle de camino al trabajo. Como la mayoría de los trabajadores, tengo que trabajar. Nada me hace tanto daño y tanto bien. Nadie me fue nunca tan cercano como me son ellos. Sin embargo, tengo la suerte de poder disfrutar haciendo el trabajo que amo.

Recibo la claridad sobre mis ojos y puedo ver más allá de las bocanadas de humo vehicular la ciudad industriosa que hierve en la tarde que se oscurece. En su palpitación acelerada se empieza a ver la luna nueva como un puñado de azufre que arde, de cuando en cuando la nube negra de la chimenea la esconde, o bien parece arrastrarla como una chispa fugaz en su voluta. Es una tarde severa y cruda. El malvado frío se precipita. La gente vencida se tapa la boca y la nariz con su bufanda. El trueno de motores sacude el atardecer como el viento esparce las cenizas de un tronco que se consume. Una masa gris indistinta penetra la noche para luego desaparecer sobre la autopista, revestida de la cruda blancura de las luces y de autos lujosos sin privilegios, sin más gloria que transitar a un kilómetro por hora, para luego sumergir y emerger de los puentes como si fuera desde el fondo de la mar erizada de asechanzas.

No hay nada que hacer; tranquilo, aceptas tu drama sin expresarlo y decidido a defender tu vida, te cuidas, sin embargo, del otro que de ti mismo. De las horas que siguen, solo queda un camino más allá por el que siempre has transitado y en el que el hombre parece eliminado: el breve momento de la profunda e irrespirable soledad, donde el sombrío ruido es como un sepulcro suspendido sobre un remolino de tinieblas.

Cedo lentamente al sueño, y sé que podría no volver a despertarme.


 

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