Tenla en la memoria
¿Qué futuro habrán contemplado los profetas de ligeras vestiduras,
tendidos sobre
las colinas día y noche como centinelas?
Tengo a veces la sensación de mis íntimas lejanías. Una
parte de mí duerme aún un sueño profundísimo que me revela, en ciertas noches,
señales no interpretadas. En tales andanzas divagaba mi espíritu, en una
especie de duerme-vela, donde la
imagen de mi abuela como enorme masa de alma, expresaba una grande e
indefinible ansiedad. Un ser que parecía mezclarse a la vida, alternando con
sombras flotantes al ritmo de mis pensamientos y perplejidad, alternando no sé…,
no sé qué vidas pasadas y qué miedos. Tengo
miedo ¿Debo vencer este miedo? ¿Y quién me asegura que me volveré más fuerte?
Pues bien: cuando sus ojos se abrieron en los míos, el
más humano temblor descompuso los rasgos de su rostro espiritual. Luego encontré
el aliento suficiente para formular las preguntas, deteniéndome a la muda
conversación de su mirada. Entonces, su llanto fue más fuerte que la conversación.
¿Un ser que parece no tener ya rostro tiene aún tantas lágrimas? Aquel sollozo
senil, desgarrador como la súplica de un niño era como la voz de mi tragedia de
soledad y muerte convertida en voz silenciosa de aquel ser incógnito contenido
en mí, como cuando uno solo es multitud y un rostro es como mil.
De pronto las manos de ella estrecharon las mías,
sentí su hielo y, sin embargo, conocí un nuevo extremo hasta entonces desconocido
porque me sentí besar sus manos, hasta que un torbellino brotado del suelo de
aquella habitación tranquila, nos separó. Luego, en la noche sin
caminos, todo aquello se entregó a una precipitada fuga que traspasó el umbral del fatal espejo
dejando a la zaga a la interlocutora silenciosa de mis diálogos y ese olor a lágrimas de resina, incienso y bálsamo.
Distante y próxima, me sigue
espiando a través del espejo de cristal lúgubre, entre la lámpara, la mesa y la noche, con su mirada atenta, y sus manos llenas de dones encerrados. Lo sé. Algo lejano e inviolable hay en ella, como
si el cristal del espejo la protegiera, como si una gran sombra velara su certeza, y, sin embargo, yo te reconozco...
Me encuentro apagada y oprimida. Rara vez mis raíces
experimentaron una sacudida tan dolorosa ¿Podré obtener de mi alma la
conversación silenciosa de lo que para ella es deshonroso? ¿O no lograré nunca
que ella me vuelva a decir lo que allí hablamos?
No
morirá. Está en el instante y en la eternidad… Hoy, mañana y siempre.

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