lunes, 21 de agosto de 2017






No; no; no te abandones.

No quiero celebrar este día sacro y profano,
de cordura y de demencia,
de rezo y de espejismo.

No; no; no quiero perpetuar su recuerdo
ni con señales de eclipses solares,
ni con redes sociales,
ni con un photobomb.

Ni aunque la temperatura caiga varios grados,
el viento cambie de dirección,
muera el día en la noche
y el sol se vuelva negro como el carbón;
ni aunque hablen del goatality,
ni de los animales que cambian de hábitos.
Aun así, las letras de mi imaginación plástica
no fallarían nunca, clavadas en la retórica mesa
atestada de papeles.
Cada página respira el misterio velado
que confiere al espíritu una gracia semejante
a esa gracia que los teólogos llaman “santidad”.

“Toma los regalos, ábrelos, quítales el celofán y tíralo” —
y luego, entre torpe y sutil
(porque no hay sutileza que no tenga algo torpe),
crecían en mí las ganas de reír,
imaginando la risa extendiéndose sobre el silencio
como aceite sobre el espejo de la mar en calma.

¿Quién de ustedes no recuerda la fecha de su cumpleaños?
Cada año, el nuevo rollo trae la misma frase:
Lissa — “Feliz cumpleaños”.

Es un propósito manoseado
que, de uno y de otro,
se desentierra cada año
con aires de cortesía y regalo.
Lo conocemos bien.
¿Quién, a pesar de todo,
no espera —con ánimo sincero—
la confirmación de los deseos generosos
de amigos y seres amados?
¿No es así?

Si fuera feliz —y no de la feliz vida—,
toda esa tristeza de la vida se disiparía poco a poco.
Pero todos lo sabemos, lo sentimos:
nuestra intuición más profunda advierte
que una felicidad falsa
es peor que una tristeza rebelde.

Lisa, “mujer feliz”,
se convertiría en un antro de oferta y demanda,
entregada a devoradores de carne,
a amigastros que miran y no ven.
Su rostro, tallado por la pasión
y surcado por las lágrimas,
se transformaría en una máscara presumida,
traicionándose a sí misma.

Dímelo:
¿podría traicionarse a sí misma
la que ya fue traicionada?

Respóndeme:
¿podría fallar a su verdad
quien de su verdad hizo
su íntimo secreto?

Habla:
¿podría renegar de su alma
la que hizo de su alma
el fuego impenetrable de su hogar?

De la vida feliz —
ese enemigo de este mundo
que, para alimentar su acción plástica,
codicia, domina, quita
y nos reduce a una jadeante agonía,
aprisionados en un círculo mundano
despiadado, demente y vil.

Turbada y triste,
me pregunto si ha llegado la hora
de precipitarme hacia el porvenir
y creer, aunque sea un instante,
que la felicidad del próximo año
no será una tentativa estúpida y vana.

Bajo el sol del 21 de agosto de 2017.



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