viernes, 22 de diciembre de 2017




…a veces, en solitario.

Crónica del viento salado (IV) – La última sonrisa

Colección: Textos Poéticos Marigold Beach
por Elsa Patricia Marinovich Posso


Volví al mirador de mi casa del Bosque, en la capital. Una sensación maravillosa de libertad sopló en mi corazón, oprimido por la cautividad.
Era noche de octubre.
Era la noche viva y ardiente donde regresó, y volvió a partir.

Volvió la luna conmigo.
Todas las estrellas volvieron.

¿Cuándo le había visto sonreír por última vez?

¿No dicen que a veces la luna sonríe, reconociéndose bella sobre la Creación?
¿No sonrió él ante la perfección de aquel ocaso taciturno y sin palabras?

Por verme dibujada en su rostro, daría todas las… ¡No preguntar!

La luna sonríe.
Yo sonrío, casi sin aliento, sin tener ánimo para sonreír ni para llorar.

Volvió a partir.
¿Hacia dónde volvió a partir?
Quizá allá lejos, en aquel bote preparado en la playa de Barbacoa, para el viaje sin retorno.
En la ciudad, en la montaña destinada a mi exilio.
Allí estaba él.
Yo estaba allí, aunque también en otra parte.

Me acuerdo:
tenía los cabellos tan alborotados, un traje nuevo,
y un rayo de sol oculto lo atravesaba.

Y fue allí donde vi su última sonrisa.

Amanece…

Bien.
La tingua silba tan fuerte que parece posada sobre el canalón.

¡Esa tingua azul de pico rojo, cómo me molesta!
Canta todo el tiempo sin variar nunca su torpe canción.

Parece una de mis innumerables jueces.

¿Y quién fue nunca, en el mundo, más juzgada y menospreciada que yo?

Que Dios me conceda de tal modo morir,
que los mortales no puedan juzgarme.




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