El ‘dios consumo’ gira con la tempestad navideña
Crónicas del viento frío
“No te duela estar tan atormentada ni atormentarte tanto.
Y te sabrás libertar. Y cuando quieras ser libre, no tendrás más
que vencerte a ti misma para ir más allá de ti, para subir más alto que tú.”
Cierro los ojos. Me detengo. Estoy en un esplendoroso centro comercial colmado de luces. ¡Ay de mí! Mis pasos abrevian las largas circulaciones. Aromas de ceras derretidas. No sé por qué me disgusta hoy un poco más que otras veces. Por la escalera eléctrica subo hacia las tiendas de ropa. Estoy entre los aparadores. El peregrinar y el bullicio de la gente me atormentan, me penetran a fondo, me revelan que la soledad amarga y mística, y el sacrificio paciente, son mi verdadero destino.
¿Por qué padezco tan profundamente dentro de mí la prueba pagana?
Mi vista queda dominada por la visión: Santa Claus irrumpe en un trineo tirado por ocho renos que parecen colgar del cielo. El hombre alto, blanco, barbudo y bonachón está allí, con vestiduras de héroe. El seductor tiende las manos y se lanza ágil como un duende —aunque gordo— hacia la magia juguetona.
Las vidrieras relampaguean como malignas fuerzas dominantes; se impregnan de rayos multicolores. Otras se doran con un dorado de espiga madura y miel salvaje sobre fondos de oro, como si me sonrieran graciosamente, impacientándome... inspirándome... Al tiempo, imagino hasta qué punto de obsesión aluden a la tentación frenética que me invade y me impulsa a poseerlas.
El cansancio y la tristeza se apoderan de mí. Por fin, sentada en un café Starbucks, exclamo malhumorada:
¡No me reconozco!
Mientras aprieto contra mi pecho los paquetes de compras, cierro los ojos. Ante los párpados cerrados estoy yo, llena de esas cosas de embrujo y perversidad. Y es que, desde la dureza de mi encierro, desde mis deseos e imaginación, ante mí se resquebrajó el eterno estoicismo que no se resquebrajaba nunca.
¡Oh deseo, que te haces realidad, y de la realidad penetras, invades y te conviertes en engañosa dulzura!
En el umbral del café que hierve, ¡qué sombrío ruido de villancicos me domina en este momento, y qué alucinante sigue siendo el esplendor de las luces! Estoy colmada de profanaciones y de melancolía, desbordada de embrujo y desesperación, llena de repugnancia y de ansiedad.
Pero la dulzura de mi pequeña hija, tan querida, me oprime el corazón cuando me toma de la mano cariñosamente, como si adivinara mi caos y quisiera intentar sosegarme. Juntas nos detenemos a mirar una vez más las guirnaldas navideñas.

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