Bajo la aurora siniestra, nubes de palomas vuelan hacia lo desconocido. Anuncian lo que está por redimir sobre el miedo de las ciudades, miedo que ha alcanzado los Andes, Atlántico, Pacífico y sus islas, semejantes a navíos que parecen estar encallados sobre el color azul. Es la guerrillerada que se concentra en las zonas rurales y que viene dotada, no de armas, pero sí de una violencia flexible y bizarra, igual que un cazador lo asociaría al hálito poderoso de una fiera con la cual ha luchado de cerca.
La gente permanece taciturna y recogida, seria y extraña ante el enemigo que amenazaba el país, que secuestraba y extorsionaba, que taló los bosques para el cultivo de coca y contaminó los riachuelos con la minería ilegal. Urbes violentadas reaparecen llenas de cicatrices, con sus casas de cartón y patios cercados de alambres de púas, condominios protegidos por rejas y alambrados de alta tensión, calles atestadas por el hormiguero humano, mientras en los poblados tristes se desplaza el infortunio sanguinario en travesía silenciosa.
Saludamos a un presidente que fue elegido por el destino y a su paloma de paz, revestida con señales que nos parecieron maravillosas. Pronto saludaremos a un pontífice, rey de los romanos con alma cristiana, un vicario de Cristo vestido con el peso del gran manto inspirado por la muerte, musa de resurrección. Vendrá escoltado, se inclinará sobre el suelo de la Capilla como aquellos hombres caídos en tierras de guerra, con los ojos y el Espíritu vueltos a un cielo surcado de presagios y de nubes que se desgarran en cálidas gotas de lluvia, como si chorrearan de una amplia herida. Se sentará sobre el trono preparado ante el altar para recibir el beso del héroe soldado que se inmortaliza, el beso del exguerrillero, el beso de los cardenales y el beso de Judas. Su mano se levantará tres veces trazando en el aire de la Nación el signo de la cruz, mientras la cruzada sin cruz se incorpora al tinglado político.
¿Qué poder trascenderá desde la aureola del alma cristiana del Pontífice, a la expectación del pueblo y la paz? ¿Dolor y esperanza conformarán un solo regocijo? La orden de paz desciende de la serena claridad de la aurora. Se ve ondear las alas blancas sobre las madres vestidas de luto, sobre las bocas entreabiertas de niños hambrientos, sobre cabezas vacilantes de hombres y mujeres cargados de atroces recuerdos, y sobre toda carne mísera y cansada que se consume sin lágrimas.
Horas de preocupación y tregua se viven ante la buena causa de la paz. Ahora bien, me preparo. Hay que prepararse para recibir al viejo enemigo. Cada uno de ellos ha asumido la actitud entre jactancia y arrogancia, entre osadía y firmeza. Se dicen ser hacedores de palabra en vez de disparar balas. El pasado no vale ya. Las milicias se levantan, entregan armas y el himno nacional parece mecer a las verdaderas víctimas: los muertos olvidados.
Cierro los ojos y vuelvo a ver la ardiente masa en el resto del mundo, como el lingote que debe soportar el yunque y el martillo. Todo este tiempo tiene el aspecto profundo de los sueños que son ilustrados por el intérprete de los destinos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario