Bastó para agitar mi melancolía.
Fue un viaje maravilloso, más allá de los sueños. Recuerdo cómo las ramas revoloteaban con los pájaros, mientras bandadas de grullas migraban en un cielo de gota de agua sobre la flor de loto, y todo palpitaba con una vida simple y profunda.
Cada día era un nuevo comienzo hacia la belleza desconocida. ¡Cuánta vida! Y no es novedad que vivamos en un mundo donde la belleza es inexplicable. La belleza no es para poetizarla, es para vivirla en su dimensión eterna y fugaz: formas, texturas, colores, sonidos, perfumes. Todo era nuevo para mí. Imágenes que asomaban con fascinante exuberancia, pasaban como flashes espontáneos, uno naciendo del otro e iluminando otros en ciclos de esplendores.
Contemplaba con visión panteísta tratando de retenerlas en mi alma: la brizna de hierba, las extrañas formas de las rocas, los castizos brotes de las montañas sagradas, los picos e innumerables senderos encumbrados, las gotas ligeras de rocío o densas como el granizo y hasta los cielos supremos que parecían evaporarse con un infinito e inagotable lamento. Adivino la lluvia. Es como la insurrección repentina de multitud de nubes rojas, grises y revolucionarias, que se levantan y embriagan a un ritmo legendario de himnos que gritan consignas que desconozco.
Y de repente tienes tus propias rutinas:
· La eternidad en un instante, lejos de casa, en poblados solitarios; y nuestras penas, tan difíciles de traducir a ese idioma extraño, solo entendido por ellos.
· La soledad que da origen a lo inusual y delicado: la poesía. Pero también, da a luz a lo opuesto: a lo peligroso y perverso, a lo insensato e irracional.
Como en sueños, elevada por la fuerza del sueño, estoy allí; en la región de los dioses y de los emperadores. Y el corazón me grita que voy hacia un asombroso “Oriente rojo”. Un mundo apenas cambiante hacia la apertura campo-ciudad de la China del post-Mao. El Mao Zedong anti-imperialista cuya herencia se ha ido desvaneciendo más allá del comunismo, socialismo, capitalismo o consumismo.
En la gran plaza, una fila interminable de cuerpos disciplinados avanzaba en silencio.
Vi al hombre que había sido dios y emperador.
Allí yacía Mao, embalsamado, en su urna de cristal,
custodiado por un aire solemne que olía a incienso y obediencia.
Los rostros a mi alrededor no expresaban dolor ni fe,
solo la costumbre de mirar hacia arriba,
como si aún esperaran su orden.
Yo, extranjera, lo miré en silencio.
Sentí que observaba el fin de una dinastía
y el comienzo de un espejismo.
A través de la calle principal de China —el gran río Yangtzé— barcas de pescadores navegan hacia la montaña prohibida. Voy errante por las playas de los Cientos y Mil Pasos. La ribera está fría, aquí y allá húmeda, rojiza, estriada de arenas de oro. Las cuevas están oscuras, desnudas, vacías; pero todos en pie como los guerreros de terracota, conquistadores. Soy todo ojo, oídos y toda imaginación. Escucho un fuego, un crepitar, un enfriarse y un apagarse como el final de una vela. Sudo y jadeo. ¿Quién es aquel hombre, de rostro amigable y sereno, túnica teñida de cúrcuma y azafrán, con el aspecto de un dolor que poco a poco la lluvia debilita, desvanece y apaga; y que se alza sobre la montaña sagrada, el relieve kárstico y las fértiles terrazas de cultivos de arroz remontándose por las escaleras de espejos que suben al cielo? Goza en paz.
Pasan y vuelven a pasar unas sombras ligeras. Son sombras débiles que me rozan; se disipan, vuelven. Las sigo atenta. Bastan para turbar mi retiro y para impacientar mi nerviosismo. Son las sombras de los antiguos espíritus en forma de viento que bordean los picos sagrados de las montañas.
Un fondo para una gran obra de arte.
Me palpita el corazón en la más fresca poesía; y no sé ni quiero saber si obedeceré al espíritu de exaltación de las cumbres arboladas de templos, pagodas, monjes budistas, o al espíritu del silicio.
Era el sosiego que amaba, así de simple, sin significado alguno, la miel cayendo en cascadas. Aunque debo admitir que me gustan las palabras de Thomas Fuller, quien dijo: “La poesía es una miel peligrosa. Te aconsejo que solo la pruebes con la punta de tu dedo y no vivas de ella. Si lo haces, desordenará tu cabeza y te dará vértigos peligrosos.”
Confieso que me seducía más la ciudad cuando no estaba segura de lo que significaba. Da esa visión de un rostro brillante, irradiando la apariencia de las cosas. Mi destino inseparable es ése. Me dan ganas de llorar.
La muchedumbre crece, me golpea, me atormenta. Ya no hay sombras que engullen los cielos. Ni fascinación matutina, ni un alma atónita que se contempla así misma, ni un tallo cargado de florecillas rosáceas o violetas, sino columnas de humo oscuro que vuelan hasta el cielo. Y un ruido amargo y ensordecedor que sube desde el corazón de la Capital.

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