
I. La penumbra del lecho
En la Amurallada Ciudad, rica en puestas de sol, prolongo la noche.
Me escondo del día, me cuelgo del viento, retengo la tempestad.
Intento verle y no puedo, por la presencia de mujeres que entran en trance mientras susurran el salmo del viejo; todas reunidas en torno a él. Luego lo cubren con mixturas.
"No se va a morir, lo tenemos más reza’o", dice una mujer, dirigiéndose al médico de turno.
La tragedia prolonga al hombre el drama satírico de las dos mujeres sentadas a los pies del lecho: abrazan su pobre cuerpo inmovilizado y besan los labios de una inerte línea horizontal, en una burlesca y desmesurada, patética escena.
La luz es escasa. Estampas de vírgenes y santos piadosos se trenzan en guirnaldas sobre la cabecera blanca. ¡Guirnaldas y más guirnaldas! La habitación está atestada de gente. Las bocas de las mujeres lanzan risas en estallidos, otros miran y se apesadumbran.
Cuando su gente se hubo alejado y la habitación quedó desierta, solo él estaba: solo con su alma. Esa noche aquel hombre era de un solo color, como si Dios lo hubiese modelado en mármol blanco. Ahora lo peregrino no tenía más cuerpo que aquél: una pobre cosa encorvada, mísera, humillada, perdida.
¡Pobre de él! Me dejó helada. Con una mirada que no me ve, que no me reconoce. Parecía mirar a la oscuridad, pero sus ojos estaban mirando a Dios. Permanecí allí, acurrucada en silencio, suspensa, escuchando su queja.
II. La voz del dolor
Mientras escribo en la oscuridad, adentrándome en su aflicción, escucho sus palabras:
“¡Dios ha enviado sus cuerdas sobre mí!
¡Cómo quisiera que mi angustia se pesara y se pusiera en la balanza, junto con mi desgracia!
¡De seguro pesarían más que la arena de los mares!
Las flechas del Todopoderoso me han herido,
y mi espíritu absorbe su veneno.
Me siento muerto, muerto sin morir.”
Me quiebro. La mano se detiene, sin ruido.
“¿Por qué debo comer esta comida tan amarga?
Mi paladar se niega a probarla;
¡esa comida de enfermos!
¡No más sorbos de agua!
¡Ah, quiero salir, quiero salir de aquí,
¡quiero irme! ¡Suéltenme!
¡Rose! ¡Rose! ¡Rose!”
Y luego, en medio de su dolor, surge la fuerza:
“Aún me quedan fuerzas para seguir viviendo.
¡Tengo la fuerza del toro!
¿Acaso no puedo valerme por mí mismo?
¡Poseo todos mis bienes!
Mis amigos no me negarán su lealtad.
Mis hermanos, ¡jamás!
¡Mi familia, jamás echarían suertes por un hijo mío huérfano.”
III. Reflexiones en la penumbra
“Lo mismo pasa con mi mujer:
¡Vea lo que vea, siempre estará dispuesta!
Me libra de la responsabilidad de tener hijos,
o me rescata de las garras de compromisos y deudas.
Muéstrenme en qué estoy equivocado.
¿Me van a juzgar por mis palabras o mis acciones?
¡Los argumentos de ustedes no prueban nada!
¿Acaso hay maldad en mis actos?”
No quise ver más. No soporté más aquella mirada sin luz.
Más triste que su muerte, fue su manera de morir.
No tuvo mis ojos para morir y remontarse al cielo de paz.
Haber vivido juntos y morir solo.
Todavía pienso en ese último día del último año…
IV. La procesión de la ausencia
Toda su vida se detiene, pierde color, no es ya nada. La camilla avanza sobre ruedas hacia la morgue. La luz blanca irrumpe; la bolsa cubre su rostro. Un horrible embotamiento me sobrecoge, y salgo.
En la avenida del Mar, una multitud de mujeres se hacina en las verjas del patio de la sala de velación. Rostros dolorosos, atormentados por el calor, la fatiga y la desgracia. Bajo el cielo gris, húmedo y frío, negro que grita, morado que retumba.
Cuando franqueo el umbral del oratorio, solo veo el féretro, rodeado de coronas y cirios encendidos. Los hermanos están allí. Todos los demás me parecen extraños. Estoy sola.
Todos los rostros olvidados al anochecer se mezclan. No hay más sonrisas, solo lágrimas. Las pisadas se confunden con las cruces de bronce, tan pesadas de llevar. Gritan, tocan campanas que no podrán traerlo de nuevo. Mi hijo lee un poema de despedida a su padre, ronco y quedo, mientras seca una lágrima y dice adiós una vez más.
Cuatro hombres levantan la caja. Coronadas coronas entran una tras otra. Flores vivas y flores muertas llenan la habitación. Lo llevan hacia la carroza adornada de negro y plata. Se va, eternamente para siempre. Camino sin ver nada más. El dolor me embota, me invade una sombría rigidez, estoy exhausta.
V. El vacío que queda
Desde que te fuiste, los días son largos y silenciosos.
El mar frente a tu casa borró toda huella.
Los lugares de tus deleites, las noches de verano, las noches de luna llena y de mujeres que no eran tuyas, tienen allí su sitio profundo. Melancolía y desdén. Cesaron las carcajadas y las bromas.
La casa está en quietud sepulcral, con sus matas secas, su aspecto de abandono salvaje, como una mansión legendaria donde vagan los fantasmas.
Desde que te fuiste…
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