jueves, 5 de marzo de 2020

A 4 marzo de 2020




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¿Qué haré para esperar el mañana?

Dedicado a Cartagena,
herida y hermosa,
que guarda lo que fuimos y lo que perdimos.

“Todo exilio es un espejo.”

Murallas corallines, fuertes, cristales de sal; trocitos de conchas blancas y rosadas, paredes desconchadas, y olas envolviendo la belleza herida de la Cartagena del mar.

A cada paso de un barco, olas claras, olas oscuras, azuladas por la sombra de la nube, van y vienen danzando sobre la nada en el vetusto vacío del alma.

La espuma flota a ratos, como pompas frágiles, tan dulces al recuerdo, que se desvanecen a lo lejos bajo el sol dorado y durmiente. Todo es oro otoñal, azul de lontananza.

¿Por qué estas cosas alivian el dolor?

Ella pasó como una tempestad antigua, una Jezabel renacida en cuerpo ajeno. Dejó tras sí un despojo silencioso, un exilio donde aprendí la hondura de la soledad y lo que permanece en mí cuando todo lo demás se pierde.

Y, sin embargo, ningún deseo de volver a casa. La araña ha tejido su tela en un espacio muerto.

¿Por qué este pensamiento no me asusta?



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