miércoles, 25 de marzo de 2020




#Cuarentena

Crónica del viento frío – Era finales de marzo 2020


No fue pronosticado.
Cada mil años, cada dos mil, cada tres mil, surge —desde la naturaleza secreta de los animales— un virus.
Sucede que nadie lo prevé.
Y el pueblo, en silencio, habiendo soportado otras muchas lapidaciones, volvería a morir en el infortunio de tal fatalidad.

A pesar de todo, en medio de la batalla que se desvanece en la bruma, el pueblo —desmemoriado y extraviado— sigue reconociéndose en sus gobernantes, en alguna de las palabras que jamás fueron pronunciadas; en los coristas que cantan en cinco voces dispares, acordes o discordes; en el ritual de la Semana Mayor que, en esta época, no se pudo celebrar; en los templos vacíos; en los pastores de la victoria que, sobre el atril de los ritos inmundos, hojean el Libro que concede a la pobreza ese Paraíso donde quien no tiene nada lo tiene todo, gravitando sobre ellos todo el peso del sacrificio.

“Hermanos míos, somos pobres,
pero hay alguien más pobre que nosotros.”

Estamos en un tiempo de horror.
Un poder invisible —mil y mil veces más fuerte que cualquier bomba nuclear— se curva hoy sobre nosotros.
Todos podemos ser arrebatados por el virus de la corona.
No importa que en éste o aquel lugar estén cerrados:
se ve ascender la mortandad feliz,
una fuerza invisible que circula sobre la masa de viejos y pobres
que saben sufrir sin desesperar.

No ofrezco dinero, que es escaso y vil.
Hoy cuesta tanto.
Los despojados y los pobres lo sabemos y no lo decimos;
y sonreímos en silencio, mientras suena, de cuando en cuando, la moneda sacudida sobre los lutos andrajosos de esta guerra.

¿Qué le pueden ofrecer, pues,
a los pobres sonrientes?



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