—La orilla que no se desprende—
Un día dejé mi costa.
Y entonces lo entendí:
la orilla natal
se queda atada al borde del alma.
No se desprende.
Solo aguarda.
Cuando el mundo grita,
yo regreso.
Oh mar…
enséñame a vivir.
Aquí la brisa entra sin pedir permiso.
Aquí el agua se desliza
y traduce un idioma antiguo
que no se escribe:
solo se siente.
Camino descalza.
El mar me nombra.
Me reconoce.
No busco nada.
Encuentro todo.
Y en este borde del tiempo,
mi espíritu —por fin—
descansa.
Silencio.
El agua guarda su voz.
Yo también.
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