viernes, 21 de noviembre de 2025







Carta a mi hija 

“Hay historias que regresan como un eco sagrado.”

La de David y Salomón.
Pero no el David marmóreo, impecable y frío,
el primogénito imaginario de Miguel Ángel,
cuyo cuerpo perfecto jamás conoció la herida.

El David que nos ciñe es otro:
el que caminó entre espadas,
que buscó a Di-s en el polvo,
que aprendió a gobernar primero su corazón
antes que un reino.
Y Salomón, el que edificó sobre lo heredado,
—el uno lucha, el otro construye—
como también sucede entre nosotras.


Hija, hay algo que el Eterno me recordó.

Cuando tu padre falleció
y las crisis nos rodeaban como un cerco,
Di-s me dijo: “Pídeme lo que quieras.”
Y yo respondí: “Sion para mis hijos.”

Un refugio.
Un propósito.
Un destino que respire en Él.

Con los años descubrí que ya nos había dado Sion,
pero a veces —aun con la bendición en las manos—
se nos escapa el contentamiento,
y el camino se tuerce intentando controlar
lo que solo Di-s puede enderezar.

Él me llevó al final de Job:
tras la prueba, un nuevo capítulo.
Y luego a los Salmos:
las heridas y victorias de David,
su voz temblando y volviendo siempre a Di-s,
con la humildad que abre puertas
que el orgullo cierra.

David unió lo dividido,
pero lo hizo en el campo de batalla;
no desde su palacio.
Allí entendí que el “palacio”
es cualquier comodidad que adormece,
y que Di-s nos llama a permanecer despiertos
en medio de la lucha, del cambio, del aprendizaje.

Como David preparó todo para que Salomón edificara,
así también Di-s coloca en las manos de Sus hijos
los recursos, los planos, los proyectos, la fuerza, las ideas y el camino.
Porque hay misiones que no se delegan:
se cargan en el pecho, se oran en silencio
y se levantan con las propias manos.


Y ahora, hija, esto es lo que quiero que guardes:

Yo he peleado batallas que casi nadie vio:
campos removidos, heridas antiguas,
puertas que rechinaban antes de abrirse.

Tú, en cambio, tomas ese terreno
y haces surgir vida, claridad, orden.
Donde otros dejaron ruina, tú levantas palacios.

Esa es nuestra herencia:
espiritual, emocional, material;
una herencia que se sostiene en la verdad
incluso cuando se oscurece el cielo.

Y algo permanece intacto:

Di-s te dio sabiduría como herencia.
Y no permitirá que otros construyan tu templo,
tu vida, tus proyectos,
tu casa.

Esa misión —completa, luminosa, irrevocable—
es tuya.

Dejemos a los antiguos artistas
esculpir y pintar a su manera.
Al final, es más fácil romper el mármol
del David de Miguel Ángel
que descifrar la Palabra viva
que nos ciñe a las dos.



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