martes, 21 de febrero de 2017





Dulce sopor
¡Ay, ay! Un dolor agudo me atraviesa el lado izquierdo y siento apagarme. Me duele la pierna, las articulaciones de los huesos crujen bajo el peso de la vida, el estómago se me debilita... Y, sin embargo, aquella mañana aún se dibuja en mi memoria, tan llena de luz y despreocupación

Llegaron al alba, con esa alegría de siempre, trayendo vino y risas que termina por contagiarlo todo. Responsable del proyecto de la ampliación del área social, me vi obligada a aceptar: los acompañé para la supervisión de las obras. 

La casa de campo nos recibió abierta al cielo, con escalinatas de piedra flanqueadas por leones que custodiaban silenciosos cada paso, como si el tiempo se hubiera detenido para contemplar nuestra llegada. El clima templado envolvía todo en una calma dulce, respirable entre montañas antiguas donde habitaron los Muiscas, y donde el aire parecía contener la sabiduría de los siglos.

Todos los espacios de la casa convergían de manera natural hacia una pequeña plazoleta circular, centro de la vida cotidiana, donde se hallaba la alberca de un azul añil intenso y puro, testigo de risas, y momentos compartidos. Comimos, reímos, nos bañamos. Deduje que no tenían la menor intención de escuchar las recomendaciones y consejos relativos a la obra de construcción y, hasta cierto punto, me pareció bien.

«¡Cómo me gusta el comadreo!», decía Nidia. Pelo rojizo y rizado; obstinada y divertida, se movía impasible al compás de la música de flauta y bambú‑zen, envuelta en vestiduras blancas, con zapatillas en lugar de botas. Una sola sonrisa en su rostro moreno, curtido por el sol, dejaba ver su dentadura blanca como relámpago. Nando se rió, divertido, con esa risa que disfruta el sabor de la broma. Mientras ellos se abandonaban a la ociosidad, yo vigilaba cada plato con la cautela de la intolerancia al gluten. Cada bocado era un equilibrio entre placer y temor; cada risa, una prueba de paciencia y afecto. Así que allí estaba yo, aparentando fortaleza que, con cada mordisco de aquella dulce arepa de maíz boyacense, se resquebrajaba.

Así transcurrió la tarde, animada entre ociosidad y ternura. Nos separamos como en una tregua. Me fui a descansar y subí a la habitación de huéspedes, a la que se accedía por una puerta venida de la India, tallada en madera reciclada cuyos relieves contaban historias de mares lejanos y manos antiguas. Crucé el umbral cargado de magia y símbolos, sintiendo la transición entre el mundo exterior caótico y el espacio interior sagrado y ordenado, donde reinaban los dioses difuntos de la luz, del corazón, de la espada y del destino.

Allí, sobre la mesa, estaban los víveres: cestos con frutos exóticos —guamas, nonis, kiwis, mangostinos, chontaduros y algunos higos, mandarinas y bananos—; la opción de comer lo que no me haría daño no quedaba definitivamente eliminada. Pero el pan era el pan; la vida era la vida. No estaba caliente, recién salido del horno, sino dispuesto sobre la mesa, silencioso y tentador. Pensé: «Toda lucha no es más que resistencia a la tentación.»

La otra parte de mí se resistía. Cada “no” que pronunciaba ante la idea de tomar un bocado hacía que el hambre se intensificara, y mi mirada se fijaba en aquel pan endurecido mientras la noche se acercaba. Era una mirada que relampagueaba entre las pestañas, más arriba de la boca voraz, un diálogo silencioso entre el deseo y la tentación:

—¿Un pedazo de pan? —No. Queremos vivir.

Y ya no me vería morir en aquella montaña que, pese a su verdor tropical, me cobijaba con su sosiego y sus bichos de la noche.

Al día siguiente ascendimos de regreso a la capital por el camino rural, bordeado de pinos y eucaliptos; la luz de la tarde se deslizaba sobre los campos y el malestar comenzó a florecer dentro de mí como un fuego lento. Me esforzaba por sonreír mientras el dolor se expandía y el mundo se volvía borroso.  Al llegar a casa, no recuerdo quién abrió la puerta. Ni luego lo supe. Ni tampoco lo sé. Ni cómo crucé el jardín oscuro. Solo recuerdo el sopor, el sudor frío y la sensación de que quizá la vida se reduce a instantes suspendidos entre dulzura y fragilidad.

¿Se puede hacerles comprender a esos ricos sonrientes —necios y de buen corazón— que creyeron que yo exageraba? No ven las batallas diminutas que se libran a hurtadillas dentro del cuerpo, esas guerras sin trompetas ni testigos. Para algunos de nosotros el pan deja de ser bendición y se convierte en prueba: una tentación que interpela la vida, el dolor y la muerte. Y aun así los quiero: con su torpeza y su luz me enseñan que la risa, simple y retadora, es a veces el consuelo más verdadero.

¿Se puede luchar contra una condición de salud o contra el destino? Hay cosas que nos enferman y otras que nos salvan. Todo —incluso el dolor— puede tener un sabor dulce si uno aprende a mirarlo desde la orilla del amor. Y pienso ahora que quizá el alma, como el cuerpo, también tiene intolerancias.

Con todo, mis amigos siguen siendo personas maravillosas.











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