miércoles, 15 de febrero de 2017






Vorágine

Vorágine

Es miércoles. Me levanto.
Veo un poco de luz filtrarse entre las esterillas de la cortina bambulita.
La lámpara está apagada. ¿Es ya el alba?
Sí, y dentro de poco será la aurora.
Enrosco las cortinas.

¿Estoy viva? ¿Soy superviviente?
Tengo sed; y no quiero apagar mi sed sino en la fuerza y la magia de la aurora obregonezca.
Estoy cansada, harta de todo este ruido político, de la corrupción y de la paz;
empachada de las pociones nocturnas y diurnas de los noticieros.
El dolor inexpresado de un país no necesita que lo difundan tanto;
él mismo sabe forjarse en el horno de la aflicción.

En esta hora se exacerba el ruido de la capital.
Aquí arriba, a más de dos mil metros, entre cima y cima,
el país se despierta y los trabajadores de la ciudad se disponen,
cada mañana, a rociar sus sienes y su rostro con agua fría,
concediendo a la suerte de los vivos
la fuerza de su trabajo, la lucha sin nombre, toda su vida, toda su voluntad, todas sus esperanzas.

Desesperado y esperanzado,
al otro extremo de la terraza adoquinada del Café Bronce,
alguien grita:
—¿Qué hay hoy para echar al fogón?—
Ante una vejez que no pide más que un mendrugo de pan, vuelve a gritar:
—Escúchenme, hermanos e hijos de puta.
Hay más generosidad en un perro callejero que en un político acicalado;
más pureza en un niño cualquiera que en el gesto indiferente de un ejecutivo banquero.

Mientras saboreaba mi taza de café,
me sentí empapada por un rocío que no era el del jardín.
“Es necesario calmarme, desestresarme.
Escribo con excesiva irritación. Rompo el teclado.”
En otros tiempos, por esa profunda necesidad,
me reconocía como hija de mi padre,
y lo miraba y me comparaba con él: pensativo y doloroso.
Toda su vida, su fuerza, su melancolía las recogí en mi lado izquierdo;
las he reunido en el corazón y en las pupilas que siempre ven y penetran…

No, no me entristezco.
No llora mi padre.
El llanto de mi padre no fue derramado en esta tierra.
Cada gota es más preciosa para los ángeles del Cielo
que una gotita de agua de vida para un anciano de la calle
que se inclina para recogerla, para lamerla.

Me levanto, pido la cuenta y sigo mi camino junto a mi hija.
“No hay motivo para atemorizarse” —le digo—.
Me hago cargo de la necesidad apremiante del anciano.
Seguramente habrá otros mendigos que lloran
y que, con su llanto, alivian su sed y mecen sus penas.


Hoy, junto a mi hija, no puedo hacer otro trayecto que no sea el de la muerte a la vida, el de la noche al alba. 



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