domingo, 12 de febrero de 2017







Paraíso

_ ¡Aquí lo tenemos! _dijo interrumpiéndonos, echando atrás el asiento y quitándose su alegre chaqueta azul: “Lago Tabacal”.

Nidia y yo nos miramos. Y yo, llena de un asombro sagrado, no pude más que abrir la puerta del auto y posar mis pies con delicadeza sobre ese paraíso eterno, abrir los ojos en un puro espíritu, y unirme a aquella imprevista belleza. "¡He visto lo que quizá muchos vieron jamás!", me dije, y por unos instantes, no supe más.  Y luego, pensé: “Ciertamente soy afortunada en mi sacrificio y en mi dolor. Creo en los milagros”.

Aún lo recuerdo: 

De pronto, el camino hacia el lago se abrió en una soberana belleza resplandeciente. Las aves comenzaron a entonar un coro de cantos desconocidos, que yo, no solo percibía con mis oídos sino con la cima del alma. Nos bajamos del auto… quedando todos con la mirada fijos en el paisaje irresistible, mientras las avispas volaban, ebrias y soñolientas por los cálidas ciruelas rojas que estallaban maduras.  

Cuando volví a prestar atención, a este punto, Nidia interrumpió entonces, con un ligero movimiento de impaciencia y dijo: 

_Escucha lo que te diga este guía turístico de rutas verdes_ .

Di un salto minúsculo y me giré hacia ellos.

_El plan es el siguiente_ lo dijo muy serio_. Te trajimos aquí porque te necesitamos.

_ ¿A mí? ¿Para qué?_ me incomodé. 

_Verás, _ y cuidadosamente me contó de qué se trataba todo ese asunto dándome instrucciones hasta del último detalle para la aventura de aquel día. Así que ya sabes por donde van a ir las cosas… 

Y fue así como la opción de quedarnos en aquel lugar quedaba definitivamente eliminada.

_ ¿Aquí, no? _ Les interrumpí_. ¿No podemos saltarnos esa parte de tener que ir hasta la casa?  

_Pues no, doctora, vinimos hasta aquí solo para hacer un poco de ejercicio de calentamiento y estiramiento, ya que tuvimos la suerte de que, todo este largo trayecto, cómo pudiste comprobar, transcurrió por carretera asfaltada y ahora tomaremos la trocha de piedra_.

_Creí  que pasaríamos el día aquí, rodeados de vegetación y 
pájaros_ comenté aguantándome la risa. 

Luego nos dirigimos a la casa por caminos tortuosos, pero lo que parecía una instrucción definitiva era para mí, algo que no entendía o, lo que es lo mismo, tenía que tratar de averiguarlo directamente en el sitio.

Mientras cambiaba de postura en el asiento de atrás, volví a cerrar los ojos, pensando que lo mejor sería entregar las riendas a la vida en lugar de llevarlas yo, mientras iba abriendo los ojos conforme mis amigos me contaban sobre sus planes y proyectos.

Atravesamos el umbral encontrándonos en un patio de pequeñas dimensiones en el que había altas palmeras y un templete en miniatura que cobijaba la figura de un buda en contemplación.  No dejó de llamarme la atención el hecho de que, todo el complejo de pequeñas casas tuviera un marcado aire zen rodeado de muros de piedra y cercado de bamboo

_Aquí están las casas. Aquí la puerta. Y aquí las escalinatas. ¡Sigue adelante! ¡Sigue!_. Hizo un gesto con la mano indicándome el camino. 

_Bajen ustedes _dijo Nidia_. Yo tengo cosas que hacer.

Durante más de una hora, con inmensa paciencia, deambulamos arriba y abajo, revisando e inspeccionando todo, para, al final, decidir lo que haríamos, luego de estudiar las incontables propuestas que a mi paso se me iba ocurriendo. Al final, solo nos quedaba examinar la excavación sobre la piedra, que se situaba en la zona cercana a la entrada principal y en donde se proyectaría la ampliación de aquellas edificaciones.

Para cuando estábamos terminando nuestra inspección, junto a los obreros, Nidia bostezando tiró al suelo la corteza amarilla y vacía de un mango y se volvió para recoger las gafas y dirigirse hacia nosotros. Con sombrero de paja, vestida de camisas a rayas azulitas y blancas, con sus grandes pendientes de plata y turquesas, se quedó inmóvil por un momento con la mano en la cadera, contemplándonos, para luego encaminarse hacia nosotros. Él le aseguró, que mi asesoría estuvo perfecta para la obra de construcción que se realizaría en aquel lugar.

Luego ella me llevó de la mano hasta la terraza de la piscina; y me dijo:

_Pasa, el almuerzo está servido. Sonreía. No miré su sonrisa materna que acompañaba esa palabra, porque ya la conocía en su aspecto fugaz resplandeciente, como si la boca al sonreír, se dispersara en los límites de la hospitalidad de pocas personas que lo hacen de corazón y de un amor, incondicional.  

Azul celeste, dorada, aérea, cálida, nevada, confundida con las nubes resplandecientes, en su altivez taciturna, como el aire y el agua que hace buena toda cosa, que hace sencilla toda cosa. Esta montaña que se había convertido en colina, fue para mí como una iniciación a la bondad de Dios. 

En cuanto esta aventura terminó, la vida tornó a su cauce; volví a mi casa para enterrarme entre mis libros, mi rutina, mi trabajo y todo fue como antes.

Ocho de febrero de 2017. La Vega, colina del Paraíso.



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