Camino
Levantándome por encima del comercio de frivolidades, huyo de las compras, bancos, impuestos, beneficios, rebajas, pagos vencidos. La hospitalaria naturaleza me abre sus puertas, honrándome y acogiéndome con la simpleza del exquisito y placentero campo, colmándome de presentes, a mí, una simple mujer, envuelta en sus penas.
¿Será que todos los que nos hallamos aquí presentes estamos dispuestos a confesar esta innegable certeza?
Unos vagan entre las sombras de las montañas y con su mirada aguileña remontan los confines del paisaje hasta ese extremo del bosque reverdecido, como un ritual de espera.
Otros corren a buscar en algún paraje solitario, volcar las inquietudes del alma en una fusión desinteresada en torno a la belleza ruda del campo, su luz, su olor incomparable, las quebradas, los ríos, las nubes, las flores, y lo que sobre la tierra es el cielo.
Desde este destierro, desde lejanas tierras, ¿cómo poder agradecer haberme acogido en este paraje agreste, en este hogar del espíritu, el más profundo de todos, coronada de buganvilias y javas, de cipreses y ciruelos, de arbustos y helechos custodiando la llama que arde en mi corazón y las fantasías de mis pensamientos?
La belleza de este lugar es tan fuerte que parece traspasarme, hendirme el pecho, herirme con sus cantos que suenan y resuenan con una alegría que es casi dolor. Todo es embriaguez y pasión.
A la entrada de la carretera polvorienta, caminando a lo largo del alambrado, veo al campesino inmune a la lección de los años, exhausto, con la frente cubierta de sudor, con el rostro encendido, luz de oriente, y he contemplado en sus límpidos ojos irrumpir la primavera más sagrada e impetuosa que la de las selvas, montañas o jardines. Firme y flexible mensajero de paz, peregrino de amor, va de monte en monte como la semilla de un nuevo amanecer.
Veo aún por la abertura del portón, resplandecer el campo, y no me canso de afirmar que el paraíso verdadero está aquí. No está, sin duda alguna, allí donde a fuerza de amenazas estúpidas se tapa la boca al trabajador levantado en protesta; ni en la línea de bloqueo, donde se arroja al estudiante contra el pavimento, como un saco de andrajos; ni entre el tumulto de la vida urbana donde se pisotea y se reprime con el Poder el grito que exalta la ciudad holocaustada. No está tampoco en las EPS donde todos los abusos se incitan para ejecutar de una vez por todas las miserias del enfermo en su lecho.
Digan lo que digan, lo que intenten o lo que hagan, no hay nunca en La Capital un estado semejante a éste. Hoy estoy de un excelente humor. No tengo el ceño fruncido. Me siento firme, tranquila, calmada, imperturbable. Las aguas vivas y límpidas del campo bastan para curar todos mis males: es demasiado, es demasiado.

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