¡Ojalá fuese esa máscara!
Que no mienta el rabino, que no lo engañe el bramido profético.
Nadie ve si lloro o río.
Esta soy yo, la única presente ante todos, visible para todos.
¿Sientes la prosa? Cada fragmento tiene una vida propia y plena.
No es indiferente a la intención de construir una identidad absoluta con el sello impreso a través de la escritura.
No amo las palabras medidas.
Mi lenguaje me pertenece por entero, circula en mí, se desenvuelve, se acrecienta y se multiplica como la savia que hace del árbol una sola fuerza vegetal.
Esto no es el hielo del alba, sino un estremecimiento más profundo que mide “la pureza”.
¿No lo sientes? Cuento mis fuerzas, y energías; mis sacrificios y luchas; mis heridas y dolores; mis gritos y agonías; mi valor y mis muertos: muertos en la guerra y en el destierro.
Todo ello enumera mi carne abatida y la turbulencia de las razas que se fecundan en mí, colmada de esa sangre que corre por mis venas con la voluntad indómita de hacer y de sufrir.
Comenzaron las dificultades, comenzó la decadencia.
Mi mundo agonizante se corrompe, se va extinguiendo en una especie de balbuceos seniles, de locura pútrida que palidece y tambalea ante lo voraz.
Luego sola.
La soledad me preserva del éxito; condena a la cual parece condenado todo artista.
¡Ay de mí!, no soy nada.
Pero en mi vida espiritual, en mi meditación oculta y en mi acción manifiesta, hay horas mucho más duras que las que pesan sobre el rabino encerrado en su aposento ante la Torá:
Mi expresión y mi verdad que no son de este tiempo.

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