
Percibí el olor hirsuto
de encima de las nubes,
teñidas por la arena del Sahara.
La belleza del día palidecía
al primer hálito del alba suspendido,
mientras la mano meticulosa
medía la poesía del universo.
El prodigio de la naturaleza
se reveló a mi extasiado corazón.
Caminé con paso callado,
llevando la vida de mi vida,
alimentándola con escritura y sufrimiento.
La novedad es vana.
Estos paños de arena dorada,
suspendidos a 4.000 metros,
surcando ríos y mares,
obstruidos por la lluvia,
desgarrados por el sol
sobre el cielo capitalino,
danzan al compás de la melodía terrestre.
Cerramos en ritual ventanas y puertas;
el cielo deposita su oro,
semillas de vida que caen sobre la selva,
mientras la ciudad suspira bajo su manto.
Cuando el estallido del mundo
se transforma sin pausa,
agitado por la pandemia
y la nueva normalidad,
estos paños no son sino
un bello y terrible monstruo
dominador de energías cósmicas,
para cuyo desplazamiento
es poca la vastedad del mundo.
O, quizás:
¡Mira un horizonte profético!
¿Prepara los caminos
al Mesías que viene:
grande, libre, justo, humano?
A pesar de todo,
si la armonía parece rota,
sumergida en oleadas de ideas, imágenes y adivinaciones
que hierven junto a la pandemia,
la vida nunca fue más rica.
Nada de cuanto vemos
debería ser más bello.
Un culto de expectación.
Bogotá, 11/7/20 9:01 p.m.
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