La mirada del mar
Para ella, la playa sirve para caminar sobre el viento salado,
no para asolearse.
No nada, no navega, no pesca.
Ama —en secreto— la ciudad del mar,
la sirena de niebla, intensa y profunda,
del barco errante cuando llega a puerto seguro.
Ama los olores antiguos,
la pátina dorada en los muros coloniales,
que se adhiere a su piel
como el viento que no quiere irse
cuando la tarde se apaga a lo lejos.
Camina sin prisa, entre ecos de campanas y espuma,
sintiendo que todo lo que toca
ya ha sido tocado por el tiempo.
Y entiende, sin decirlo,
que no hay posesión posible frente al mar,
solo presencia.
Porque hay miradas que no observan:
oran.
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