martes, 28 de octubre de 2025

 




Cántico del viento salado 

El calor era un manto de fuego,
tendido sobre las calles adoquinadas,
hasta que un día el aire comenzó a soplar fuerte,
con un rumor que parecía venir
de algún rincón secreto del cielo.

Le llamaron Melissa,

pero para mí fue solo un suspiro del cielo,
una brisa que bajó despacio,
rozando los muros,
moviendo los cristales,
como si quisiera despertarnos de un largo letargo.

El Mar se agitó con un brillo antiguo,

y los almendros alzaron sus brazos
en un saludo de hojas temblorosas.
Las cortinas danzaban libres,
las palmas contaban historias al viento,
y todo el Caribe respiró, por fin, en calma.

—Eso no puede ser, mamá —me dijo mi hija—,
el clima no cambia así. 
El horizonte se apagaría.

Y yo reí,
porque hay cosas que no se explican,
solo se sienten.

Durante días, Melissa  se quedó entre nosotros,

jugando con las olas,
peinando los techos,
dejando en el aire un murmullo limpio,
una melodía de agua y sal.

Sin daño, sin furia,
solo el encanto de quien sabe ser brisa,
y expresa ternura en movimiento.

Así la recuerdo:
Melissa , viento de gracia,
la visitante luminosa
que refrescó la piel de Cartagena
y dejó en mi alma Caribe
el suave milagro de un respiro.


🕊️ Escrito durante los días de la tormenta Melissa,

cuando el viento trajo frescura al alma del Caribe.


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