Entonces,
en una casa blanca frente al mar, ella solía escapar cuando su espíritu era brasa de pasión infatigable, como uno de esos pelícanos que se sumergen
a gran velocidad batiendo sus alas contra viento y marea para luego elevarse en vuelo confundiéndose
entre el murmullo del mar y las gaviotas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario