Un ángel de 27 años
Hace cerca de
veintisiete años, en la oscuridad de mayo, del día trece.
¡Hijo, mi amor, mi ángel!
Resurgen los retornos y los recorridos perpetuos que crean los más dolorosos enigmas de la vida. Pues bien, sí, …me quedé sola, con el corazón deshecho viendo como el silencio de lo profundo de la tierra mordió y desgarró un pedazo de mí, mientras una luz iluminaba aquel instante de la ascensión celeste y la muerte arrastraba a mi pequeño hijo primogénito hacia arriba.
Resurgen los retornos y los recorridos perpetuos que crean los más dolorosos enigmas de la vida. Pues bien, sí, …me quedé sola, con el corazón deshecho viendo como el silencio de lo profundo de la tierra mordió y desgarró un pedazo de mí, mientras una luz iluminaba aquel instante de la ascensión celeste y la muerte arrastraba a mi pequeño hijo primogénito hacia arriba.
No extendí mis brazos hacia él. No lo toqué, no le di ni siquiera un beso de
despedida. Y en una lápida marmórea sin tallar, quedó grabada la
más triste, pequeña oración:
“Donde yo voy, tú no
puedes seguirme”
Palabras que se habían hecho rocas. Espíritu maligno que sopló sobre mi angustia desde la máscara del hombre que
estaba en su pedestal de gloria y traición cargado de juventud adiposa. Ya no sabía si él era padre de mi hijo o un
imbécil. Todo cambió a mí alrededor. El infierno se había acercado, mientras descendí al fondo de los tormentos.
No tengo ya la mirada de ayer. No puedo apartar de mí la tristeza de los recuerdos. Pero quiero ser libre. ¡Vamos! Ya es hora.
Mamá

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