Estoy en el
pequeño mirador de la casa capitalina. Es una sinfonía de grises. Las pequeñas
hojas se entretejen entre ramas y ramas dentro de la claridad alabastro. Mientras
bebo la más bella canción del mundo del ave nunca visto, escucho el aullido
lúgubre de sirenas seguido de una faja de humo que se alarga a lo lejos. El ruido del
amanecer me turba y el frío me entumece. Vuelvo a sufrir los asaltos y
tormentos de ese mal hereditario que hacía sufrir a mi padre, humillado y vencido.
Mientras, una voz se insinúa y dice indulgente:
“¿Qué hija mía?”

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