viernes, 15 de mayo de 2020




#Cuarentena

El alma con sus matices

Tras una noche inquieta abrí los párpados.
Un rayo de sol acariciaba el paisaje;
una ciudad, o tal vez un mundo nuevo, despertaba con esperanza.
Los rayos delineaban las montañas, suavizando su desnudez.

Los cristales vibraron con la sirena de una ambulancia,
rebotando sobre mi corazón como un río golpeando una avalancha.

Antes de salir, me senté en la silla partera de Indonesia,
refugio de contemplación y tregua,
lugar para reencontrarme y mirar la cara de Dios que no nos abandona.

Tomé un café y salí.
Hacía frío.
Sobre casas y calles desiertas descansaba la claridad milagrosa de la mañana.
Mi garganta seca bebía aquel viento fresco y claro.

En cada esquina, fantasmas rendidos dormían entre cartones sucios,
montones de vencidos.
El escenario era sombrío; avanzaba con la esperanza
de llegar antes de que los rostros cubiertos invadieran el espacio comercial,
mezcla de hormigón, bullicio y muerte.

Algunos amigos se libran de la culpa con facilidad,
embalsamados en frases de ayuda,
ganando indulgencia con avemarías antiguas.

Desmenuzan el privilegio y lo mezclan con restos,
engordando sus cerdos. Ritual piadoso: SALVACIÓN.

—Allá voy, allá voy —me decía, tragando saliva y sudor.
—Casi no llegas —me recordó mi amiga, ansiosa por entregar el mercado.
—Aquí hay con qué freír unos huevos: jamón y queso.
—Que Dios te mantenga en buena salud —le agradecí, como una niña que quiere lucirse.

La admiré. La mujer justa, clara, generosa.
Pensé en el milagro sobre la isla, y me sentí continente en parajes desconocidos.

Suplir mis carencias con lo ajeno no es más indigno
que suplir las carencias ajenas con lo mío.
Orgullo que conoce carencias, pero ignora la humillación.

Aun así, el virus de la corona inquieta;
enemigo que penetra la carne frágil del mundo.
Hace poco, el mundo soplaba alegría en el rostro de los más favorecidos.
Hoy, el soplo es furioso, ruidoso, letal.

Basta una diminuta esfera brillante,
repleta de coronas, esparcida por una mano invisible,
para recordar que el mundo entero está conectado,
y que la fragilidad, por más que resistamos, es inevitable. 




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