La danza del velo
Reflexión poética sobre la raíz compartida entre Purim,
Samhain y el Carnaval Caribeño.
En cada orilla del mundo,
hay un día en que la sombra se sienta a la mesa
y la luz no se asusta.
Los antiguos encendían antorchas
para guiar a los espíritus del camino,
los persas compartían pan y vino,
y los hebreos hacían ruido con matracas
para borrar al enemigo del alma.
Más tarde, los europeos
pintaron calabazas y rezaron con incienso,
mientras los niños —sin saberlo—
repetían un gesto de los siglos:
pedir dulces para endulzar la muerte.
En el Caribe, todo eso se mezcla:
Purim, Samhain, Carnaval,
nombres distintos para la misma certeza:
que lo oculto no da miedo
cuando el tambor suena,
que el disfraz no engaña,
solo revela la verdad con colores.
Porque al final,
cuando el velo baila,
nadie muere:
todos celebran la memoria,
y el alma —por un instante—
se reconoce en la risa de los vivos.
La verdad no siempre se pronuncia con palabras,
sino que a veces se pinta, se baila y se comparte.
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