Débora — Mujer de luz y palabra
Mira, tú también eres de esta estirpe.
A veces —en medio del ruido del mundo—
el Eterno siembra a una mujer bajo una palma datilera.
No para que reine con cetro,
sino para que escuche. Para que observe.
Así era Débora.
Y así son las almas que llevan luz sin hacer ruido:
se sientan un momento,
respiran,
y el cielo les habla.
Dicen las Escrituras que ella juzgaba al pueblo,
pero en verdad era el pueblo del Libro quien subía a su sombra
a buscar un poco de Luz,
como quien sube a una colina
para ver dónde empieza el horizonte.
Tenía la voz dulce de la miel,
sabía cuándo callar
y cuándo levantar su palabra,
para que otros encuentren el camino,
solo obedeciendo la voz
que arde desde dentro.
Y cuando Barac tembló,
ella no lo avergonzó:
le ofreció compañía.
Porque hay batallas que solo se ganan
cuando una mujer de espíritu firme
camina al lado —
sin pedir reconocimiento,
sin exigir nada,
solo obedeciendo la voz
que arde dentro.
Dicen también que cantó.
Y uno imagina ese canto con olor a tierra y a relámpago;
como los cantos que brotan
después de una tormenta en el mar:
cantos que no buscan aplausos,
sino agradecer
que la vida sigue siendo vida.
Tal vez por eso te has visto en ella.
Porque tú también conoces
ese lenguaje silencioso:
esa manera de proteger
sin que nadie lo sepa;
de hablar con las plantas,
de entender a los animales;
de servir desde la generosidad oculta;
de permanecer firme
sin hacer ruido.
Hay mujeres que no necesitan coronas.
Solo sentarse bajo una palmera,
frente al viento que pasa,
con la certeza de que el cielo escucha.
Débora fue una de ellas.
Y tú —en tu propio tiempo,
en tu casa frente al mar, sobre la colina,
en tus luchas de justicia y memoria—
también lo eres.
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